La salida de Adrián Ravier le abre la puerta a Martín Matzkin, funcionario de Seguridad, hombre de Patricia Bullrich y sobrino de un ex ministro de Eduardo Duhalde. La fuerza que prometía terminar con la casta sigue encontrando familiares en lugares cada vez más estratégicos.
La política argentina tiene una capacidad extraordinaria para reciclar apellidos. Cambian los logos, cambian los colores, cambian los discursos, cambian los enemigos y hasta cambian los próceres de ocasión. Lo único que nunca cambia es que, tarde o temprano, aparece un sobrino.
Esta vez le tocó a La Libertad Avanza.
El reemplazo de Adrián Ravier en Diputados no llegará desde alguna remota reserva moral de la sociedad civil ni desde un laboratorio de outsiders antipolíticos. Tampoco emergerá de una asamblea espontánea de contribuyentes indignados.
No.
El afortunado sería Martín Matzkin.
Funcionario de Patricia Bullrich.
Dirigente de larga trayectoria.
Y sobrino de Jorge Rubén Matzkin, ex ministro del Interior de Eduardo Duhalde.
La noticia tiene una belleza casi artística.
Porque el movimiento político que pasó años denunciando a la casta acaba de sumar a un hombre cuyo árbol genealógico tiene más kilómetros recorridos en la política que algunas líneas ferroviarias argentinas.
Naturalmente, nadie dice que Matzkin llegue únicamente por ser sobrino de alguien.
Tiene recorrido propio.
Tiene actividad política.
Tiene experiencia.
Pero tampoco ayuda que el apellido venga con manual de instrucciones incorporado.
La escena resulta todavía más divertida cuando se observa la trayectoria completa.
Peronismo.
Duhaldismo.
PRO.
Bullrichismo.
Libertarismo.
Una carrera tan flexible que podría dictar cursos de adaptación evolutiva.
Mientras tanto, los libertarios siguen explicando que la casta son siempre los otros.
Los que estaban antes.
Los que ya no están.
Los que todavía no llegaron.
Los que están en otro espacio.
Los que aparecen en otro canal.
Porque cuando un dirigente propio aterriza desde alguna rama histórica de la política nacional, automáticamente deja de ser parte del problema y pasa a convertirse en un valioso cuadro técnico.
Es una transformación milagrosa.
Casi religiosa.
Lo más interesante es que la llegada de Matzkin no fortalece a Milei.
Fortalece a Patricia Bullrich.
Y ahí aparece el verdadero dato político.
Porque mientras Karina Milei intenta controlar cada rincón del oficialismo, la ministra sigue construyendo poder propio con la paciencia de quien ya vio pasar varios gobiernos, varias crisis y varios mesías autoproclamados.
Cada diputado que suma.
Cada senador que influye.
Cada funcionario que ubica.
Cada aliado que conserva.
Es un ladrillo más en una estructura que ya no responde únicamente a la Casa Rosada.
Por eso, detrás del reemplazo parlamentario se esconde una pelea mucho más grande.
La pelea por el día después.
Porque mientras el mileísmo vive consumido por el caso Adorni, las internas, las denuncias patrimoniales y las operaciones cruzadas, Bullrich sigue ampliando silenciosamente su presencia dentro del oficialismo.
Y lo hace con una habilidad que sólo tienen quienes aprendieron política cuando todavía existían los teléfonos públicos.
La paradoja es espectacular.
Los libertarios llegaron prometiendo dinamitar el sistema.
Dos años después discuten bancas entre ex peronistas, ex macristas, ex radicales, ex duhaldistas y familiares de dirigentes históricos.
La revolución terminó pareciéndose bastante a una reunión de ex alumnos de la política argentina.
Con una diferencia.
Ahora todos llevan una motosierra en el logo.
Y algunos también un apellido conocido en el bolsillo.



























