El superávit energético se convirtió en una de las principales fuentes de divisas de la Argentina, pero una parte creciente de esos dólares termina absorbida por la compra de billetes y el giro de utilidades al exterior. Según el CESO, en 2026 ya salieron US$12.957 millones por formación de activos externos, mientras que las empresas remitieron US$3.245 millones en dividendos durante los últimos doce meses.
La Argentina consiguió algo que durante años parecía lejano: transformar su sector energético en una fuente estructural de dólares. El crecimiento de Vaca Muerta, combinado con una reducción de las importaciones de energía, permitió construir un superávit que alivió una de las restricciones históricas de la economía nacional. El problema es lo que ocurre después con esas divisas.
Los dólares entran, pero una porción considerable vuelve a salir.
Un informe del Centro de Estudios Económicos y Sociales Scalabrini Ortiz (CESO) pone números a esa contradicción. En lo que va de 2026, la formación de activos externos de los hogares —es decir, principalmente la compra de moneda extranjera para atesoramiento— acumuló US$12.957 millones. A eso se agregan US$3.245 millones girados al exterior en concepto de utilidades y dividendos durante los últimos doce meses.
Entre ambos conceptos suman más de US$16.200 millones.
El fenómeno permite observar la otra cara de la flexibilización cambiaria impulsada por el gobierno de Javier Milei. La mayor disponibilidad para comprar dólares y remitir ganancias eliminó restricciones, pero también abrió nuevos canales de demanda sobre las mismas divisas que el Gobierno necesita acumular en el Banco Central.
Vaca Muerta produce los dólares, pero no garantiza que se queden
El cambio estructural del sector energético es indiscutible. Vaca Muerta incrementó aceleradamente la producción de petróleo y gas y convirtió a los hidrocarburos en uno de los pilares de la generación de divisas.
Pero producir dólares no equivale necesariamente a acumularlos.
Ese es precisamente el punto que plantea el CESO. Mientras la cuenta corriente recibe los dólares generados fundamentalmente por el agro y los hidrocarburos, la cuenta financiera funciona como una vía de salida mediante el atesoramiento privado y la remisión de ganancias.
La paradoja resulta evidente: el país consigue aliviar su histórica restricción externa gracias al crecimiento exportador, pero simultáneamente flexibiliza mecanismos que permiten que parte de esas divisas abandone nuevamente el circuito económico.
No significa que cada dólar comprado por un ahorrista provenga literalmente de un barril producido en Neuquén. Las divisas son fungibles y circulan dentro de un mercado más amplio. Lo relevante es el balance agregado: los dólares comerciales que ingresan ayudan a abastecer una demanda privada de moneda extranjera que volvió a crecer con fuerza.
La dolarización se llevó casi US$13.000 millones en 2026
La formación de activos externos es uno de los fenómenos más importantes para entender esa dinámica.
Según el CESO, durante 2025 el saldo negativo por este concepto rondó los US$34.000 millones. En lo transcurrido de 2026 se agregaron otros US$12.957 millones.
Es una cifra enorme porque representa dólares que podrían permanecer depositados, financiar inversiones o contribuir indirectamente a fortalecer el sistema financiero, pero que en buena medida terminan destinados al atesoramiento.
La apertura cambiaria produjo así un resultado que contradice parcialmente una de las expectativas oficiales: liberar la compra de moneda extranjera no necesariamente implica que los dólares guardados regresen al sistema.
También puede ocurrir exactamente lo contrario.
Los pesos ingresan al mercado buscando dólares y esos dólares terminan nuevamente en cajas de seguridad, cuentas en moneda extranjera o distintas formas de ahorro privado.
La liberalización elimina la restricción. No elimina la histórica preferencia argentina por dolarizar excedentes.
Las empresas también volvieron a girar ganancias
El segundo canal de salida son las utilidades y dividendos.
Según el informe citado, entre julio de 2025 y junio de 2026 las empresas remitieron al exterior US$3.245 millones.
Pero más importante que el monto acumulado es la aceleración.
Durante 2023 y buena parte de 2024, las remisiones mensuales se ubicaban aproximadamente entre US$15 millones y US$60 millones. Con la flexibilización de las restricciones cambiarias comenzaron a aumentar.
En diciembre de 2025 alcanzaron US$246 millones.
En mayo de 2026 fueron US$490 millones.
Y en junio saltaron hasta US$1.029 millones en un solo mes.
El dato permite dimensionar el cambio: solamente en junio las empresas giraron al exterior más de mil millones de dólares.
Desde la perspectiva oficial, permitir la remisión de dividendos forma parte de la normalización cambiaria y constituye una condición para atraer inversiones extranjeras. Una empresa difícilmente invertirá indefinidamente en un país si después no puede retirar sus ganancias.
Pero existe una segunda parte de la ecuación: cuando esa normalización ocurre antes de que exista un flujo suficientemente grande y estable de nuevas inversiones, las utilidades acumuladas durante años pueden transformarse rápidamente en una demanda adicional de reservas.
La contradicción del RIGI
Aquí aparece otra tensión dentro del modelo.
El Gobierno creó el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) precisamente para atraer proyectos de gran escala, especialmente hacia energía y minería.
Son sectores capaces de generar cantidades extraordinarias de dólares.
Pero también concentran empresas extranjeras que eventualmente remiten parte de sus ganancias hacia sus casas matrices.
Por lo tanto, el resultado neto no depende solamente de cuánto exporten Vaca Muerta o la minería.
Importa cuánto invierten, cuánto importan para desarrollar sus proyectos, cuánto exportan, cuánto se endeudan, cuánto reinvierten y cuánto terminan girando al exterior.
La verdadera discusión sobre el aporte de estos sectores a la restricción externa argentina no puede reducirse al volumen de exportaciones.
La pregunta central es cuántos dólares netos quedan finalmente dentro de la economía.
Reservas récord, pero con letra chica
El Banco Central cerró el jueves mencionado por el informe con reservas brutas por US$49.546 millones.
A primera vista, el número ofrece una imagen considerablemente más sólida.
Sin embargo, el CESO advierte sobre la composición de esas reservas. Una parte importante del crecimiento registrado desde abril de 2025 no correspondería a dólares propios de libre disponibilidad, sino a componentes como depósitos privados y desembolsos del Fondo Monetario Internacional.
Esta diferencia es fundamental.
Las reservas brutas muestran los activos externos contabilizados por el Banco Central, pero no todos esos dólares pueden utilizarse indistintamente.
Dentro del stock aparecen obligaciones y componentes que tienen contrapartidas. Por eso, observar solamente el número bruto puede ofrecer una imagen incompleta de la capacidad efectiva de intervención del Central.
La fortaleza externa argentina depende entonces de dos fotografías diferentes: cuántos dólares aparecen contabilizados y cuántos son efectivamente propios y disponibles.
Caputo quiere meter los dólares nuevamente al sistema
La estrategia financiera del ministro Luis Caputo intenta resolver precisamente una parte de ese problema.
El Gobierno habilitó mayores posibilidades de financiamiento en dólares incluso para empresas que no generan directamente ingresos en esa moneda. La apuesta consiste en ampliar el mercado crediticio en dólares y darle una utilización productiva a los depósitos que permanecen dentro de los bancos.
El razonamiento oficial tiene lógica financiera: si existe mayor demanda de préstamos en dólares, los bancos pueden tener mayores incentivos para captar depósitos en esa moneda, mejorando eventualmente la remuneración ofrecida a los ahorristas.
Pero también existe un riesgo.
Una de las enseñanzas que dejó la Convertibilidad fue precisamente el peligro del descalce de monedas: empresas que generan pesos pero contraen deudas en dólares quedan particularmente expuestas frente a una devaluación.
Mientras el tipo de cambio permanece estable, el mecanismo puede parecer atractivo. Si el peso se deprecia fuertemente, la deuda medida en moneda local aumenta aunque los ingresos de la compañía no lo hagan en la misma proporción.
Por eso las restricciones posteriores a la crisis de 2001 no habían surgido por casualidad.
El problema no es que falten dólares: es conseguir retenerlos
La discusión revela una transformación interesante del viejo problema externo argentino.
Durante décadas, la restricción podía resumirse fácilmente: el país necesitaba más dólares de los que producía.
Vaca Muerta está empezando a modificar esa ecuación.
Argentina dispone ahora de un sector energético capaz de generar superávits comerciales importantes y con posibilidades de ampliarlos durante los próximos años.
Pero aparece una segunda restricción: generar dólares no sirve de demasiado para fortalecer las reservas si simultáneamente salen por otros canales a una velocidad similar.
El desafío ya no consiste únicamente en exportar.
También consiste en conseguir que una parte suficiente de esas divisas permanezca dentro del sistema económico.
La formación de activos externos por US$12.957 millones durante 2026 y los US$3.245 millones remitidos como utilidades durante los últimos doce meses muestran la magnitud de esa disputa.
Vaca Muerta puede convertirse en una formidable máquina de producir dólares. Pero ningún yacimiento, por gigantesco que sea, puede resolver por sí solo la restricción externa si la economía mantiene abiertos mecanismos capaces de absorber rápidamente las divisas que genera.
El Gobierno celebra que finalmente aparecieron los dólares. El verdadero examen comienza ahora: lograr que no entren por Vaca Muerta para terminar saliendo por la ventanilla financiera.


























