De Gaza al tanque de nafta: cómo la guerra en Medio Oriente está precarizando aún más el trabajo en Argentina

La escalada militar en Medio Oriente volvió a disparar el precio internacional del petróleo y sus efectos ya se sienten lejos del frente de batalla. En Argentina, el impacto recae sobre uno de los sectores más frágiles del mercado laboral: los trabajadores de plataformas como Uber, Rappi o PedidosYa, que deben pagar cada vez más caro simplemente para poder salir a trabajar.

Las guerras modernas no solo se libran en los campos de batalla. También se combaten en los mercados energéticos, en las rutas comerciales y, finalmente, en los bolsillos de millones de trabajadores que jamás estuvieron cerca de una zona de conflicto.

La nueva escalada de violencia en Medio Oriente volvió a demostrarlo. El precio internacional del petróleo superó los 108 dólares por barril, impulsado por el temor a interrupciones en el suministro global y por la tensión permanente en una región que concentra cerca del 30% de la producción mundial de crudo, según datos de la Agencia Internacional de Energía (IEA) y la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA).

Cada salto en ese precio se traslada rápidamente al resto del planeta. Y Argentina no es la excepción. Esta semana, las principales petroleras del país volvieron a aumentar los combustibles. La nafta súper ya supera los $1.800 por litro, mientras que las versiones premium superan los $2.000, después de un aumento cercano al 10% solo en marzo.

Pero el impacto no se distribuye de manera uniforme. Para una parte creciente de la sociedad argentina —los trabajadores de plataformas digitales— ese aumento no es simplemente un dato económico: es la diferencia entre trabajar o perder dinero.

El laboratorio argentino de la precarización

El caso argentino se ha convertido en un ejemplo especialmente revelador para analizar cómo los shocks energéticos internacionales se superponen con procesos de transformación estructural del mercado laboral, generando nuevas formas de precarización. En los últimos años, la economía del país experimentó una recomposición profunda de su estructura ocupacional: la destrucción de empleo formal en sectores tradicionales —como industria, comercio o construcción— fue acompañada por una expansión acelerada de actividades laborales informales o semi-informales vinculadas a plataformas digitales. En este contexto, el trabajo mediado por aplicaciones como Uber, Rappi, PedidosYa o Cabify se consolidó como una de las vías de ingreso más rápidas para quienes quedaron fuera del mercado laboral tradicional. Sin embargo, esa expansión no representó la creación de empleo en términos clásicos, sino la consolidación de un modelo laboral donde la mayor parte de los riesgos económicos es trasladada al trabajador.

Investigaciones del CIPPEC, de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y de diversos centros académicos argentinos coinciden en que la economía de plataformas constituye hoy una de las formas de inserción laboral más visibles en las grandes ciudades del país. Estas plataformas permiten una incorporación casi inmediata al trabajo, pero lo hacen bajo la figura de trabajadores independientes o monotributistas, sin derechos laborales básicos, sin cobertura frente a accidentes o enfermedades laborales y sin estabilidad contractual.

La lógica económica del modelo se basa en la externalización de costos. Mientras la empresa digital controla la aplicación, el algoritmo de asignación de viajes o pedidos y el sistema de reputación que organiza la competencia entre trabajadores, el conjunto de gastos necesarios para realizar la actividad recae sobre el propio trabajador. Este esquema incluye combustible, mantenimiento del vehículo, seguros, conectividad móvil, impuestos y el tiempo improductivo entre pedidos o viajes. En términos económicos, significa que el ingreso bruto que recibe el trabajador debe descontar una estructura de costos que en muchos casos absorbe una proporción significativa del ingreso total, reduciendo drásticamente el ingreso real disponible.

Los estudios sobre trabajo en plataformas en Argentina muestran que la organización del trabajo está determinada por algoritmos que distribuyen tareas y evaluaciones en tiempo real, generando lo que diversos investigadores han denominado “control algorítmico del trabajo”. Las aplicaciones asignan pedidos, determinan rutas, establecen tarifas dinámicas y aplican sistemas de reputación que pueden penalizar a los trabajadores si rechazan pedidos o reducen su actividad. Esta forma de organización laboral produce una paradoja central: el trabajador es considerado independiente desde el punto de vista legal, pero su actividad cotidiana está fuertemente condicionada por el sistema digital que administra la plataforma.

La expansión de este modelo en Argentina se vincula directamente con el deterioro del mercado laboral formal. Diversos informes periodísticos y académicos señalan que, desde fines de 2023, el país perdió cerca de 300.000 puestos de trabajo, muchos de ellos empleos asalariados registrados en sectores industriales o comerciales. Una parte significativa de los trabajadores desplazados encontró en las plataformas digitales una forma inmediata de generar ingresos, aunque bajo condiciones mucho más precarias.

En ese contexto, el aumento de los precios internacionales del petróleo —impulsado por conflictos geopolíticos en Medio Oriente— tiene un impacto directo sobre los trabajadores de plataformas, ya que incrementa uno de los principales costos de su actividad: el combustible. A diferencia de los modelos laborales tradicionales, donde el aumento de los costos operativos es absorbido parcialmente por las empresas, en la economía de plataformas ese aumento se traslada casi íntegramente al trabajador. Cada incremento en el precio de la nafta o del gasoil reduce el ingreso neto del conductor o repartidor, obligándolo a realizar más viajes o entregas para mantener el mismo nivel de ingresos.

El resultado es un fenómeno que puede describirse como precarización ampliada por shocks globales. Una variación en el precio del petróleo —que puede estar asociada a conflictos armados o tensiones geopolíticas en Medio Oriente— termina redefiniendo las condiciones laborales de trabajadores que operan a miles de kilómetros de distancia. La economía de plataformas funciona, en ese sentido, como una estructura altamente sensible a las fluctuaciones globales, donde el trabajador se convierte en el punto final de transmisión de las crisis energéticas internacionales.

Datos estructurales del trabajo en plataformas en Argentina

IndicadorDatos relevantesFuente
Expansión del trabajo en plataformasCrecimiento acelerado en grandes ciudades como forma de inserción laboral inmediataCIPPEC
Condición laboralTrabajadores considerados independientes o monotributistas, sin relación de dependenciaOIT
Derechos laboralesAusencia de estabilidad contractual, cobertura social limitada y falta de protección frente a accidentesOIT
Organización del trabajoAsignación de tareas y evaluación mediante algoritmos que controlan la actividad del trabajadorEstudios académicos sobre plataformas
Horas de trabajo global promedioMás de 59 horas semanales en muchos casos dentro de la economía de plataformasOIT
Estructura de costosCombustible, mantenimiento, seguros, conectividad y tributos asumidos por el trabajadorInvestigaciones laborales sobre plataformas

Fuentes: OIT, CIPPEC, investigaciones académicas sobre trabajo en plataformas.

En este escenario, Argentina se convierte en un caso particularmente ilustrativo de las tensiones que atraviesan el capitalismo de plataformas en el siglo XXI. La combinación entre crisis económica interna, expansión del trabajo informal y dependencia de la energía fósil produce un mercado laboral donde la precarización no es solo una condición estructural, sino también una variable directamente influida por conflictos geopolíticos globales. Así, una guerra en Medio Oriente puede terminar definiendo cuántas horas adicionales debe trabajar un conductor o repartidor en Buenos Aires para cubrir el costo de su propio trabajo.

Cuando la guerra llega al alquiler y al trabajo cotidiano

El encarecimiento del combustible provocado por la escalada del petróleo en los mercados internacionales no se limita a aumentar el costo de circular por la ciudad; su impacto se extiende a toda la estructura de precios de la economía y termina repercutiendo en los gastos básicos de los hogares. En Argentina, donde el transporte y la logística dependen fuertemente de combustibles fósiles, cada aumento en el barril internacional se traslada rápidamente a la inflación doméstica, encareciendo alimentos, servicios y alquileres. De acuerdo con relevamientos recientes de consultoras privadas del sector consumo, el gasto mensual en servicios para una familia tipo se acerca a los $2,9 millones, un nivel que refleja la presión simultánea de varios rubros: los alquileres en el Gran Buenos Aires acumularon aumentos cercanos al 51% interanual, las tarifas de electricidad y gas subieron tras la reducción de subsidios, mientras que sectores como salud privada y educación registraron incrementos que en algunos casos superan el 70% anual. El resultado es una estructura de gastos donde los costos fijos crecen a mayor velocidad que los ingresos, lo que profundiza el deterioro del poder adquisitivo en un contexto donde buena parte de los trabajadores depende de actividades informales o de ingresos variables.

En ese escenario, el modelo laboral de las plataformas digitales revela con especial claridad cómo se redistribuyen los riesgos económicos en la economía contemporánea. Durante buena parte del siglo XX, las fluctuaciones en el precio del petróleo afectaban principalmente a las empresas de transporte o logística, que absorbían una parte de los costos adicionales mediante ajustes de tarifas o reorganización de operaciones. En el capitalismo de plataformas del siglo XXI, en cambio, esos riesgos se trasladan casi íntegramente al trabajador individual. El conductor o repartidor no solo debe financiar su propio vehículo y su combustible, sino que además enfrenta ingresos variables determinados por algoritmos y por el nivel de competencia entre trabajadores conectados a la aplicación. Cuando el combustible aumenta, el trabajador paga; cuando la demanda cae, el trabajador espera; cuando más personas ingresan a la plataforma, el ingreso por viaje o pedido se reduce. Las empresas, por su parte, continúan operando con una estructura relativamente estable basada en la intermediación digital.

El aumento reciente del combustible muestra con claridad esa dinámica. Según estimaciones académicas y relevamientos de consultoras privadas, llenar el tanque de un automóvil que a fines de 2025 costaba alrededor de $112.000 hoy supera los $125.000, lo que implica un incremento de más del 10% en el costo operativo para los conductores que trabajan con aplicaciones de transporte. Sin embargo, ese aumento no se traslada automáticamente al precio de los viajes. En ciudades con alta densidad de conductores conectados, como Buenos Aires, la lógica algorítmica de las plataformas tiende a presionar las tarifas hacia abajo para sostener la demanda de los usuarios. La consecuencia es un círculo económico que obliga a trabajar más para sostener el mismo ingreso: aumenta la cantidad de conductores disponibles, disminuye el ingreso promedio por viaje y se incrementan los costos operativos.

La situación es aún más delicada en el universo del reparto urbano. Una motocicleta que consume aproximadamente 3,5 litros de combustible por jornada pasó de gastar cerca de $5.600 a alrededor de $7.000 en pocos meses. Aunque la diferencia pueda parecer marginal en términos absolutos, para trabajadores que dependen de ingresos diarios y que suelen permanecer conectados entre 10 y 12 horas al día, ese aumento implica la necesidad de realizar más entregas simplemente para cubrir los mismos costos de subsistencia. Estudios de la Fundación Encuentro ya advertían hacia fines de 2025 que los repartidores necesitaban completar al menos 8% más pedidos que en el trimestre anterior para cubrir gastos básicos como alimentos, monotributo o alquiler; con la nueva suba energética, ese porcentaje probablemente se amplíe. En este contexto, la economía de plataformas funciona como un sistema donde los shocks globales —desde guerras hasta variaciones del petróleo— terminan traduciéndose en jornadas laborales más largas y en una creciente presión sobre los ingresos reales de quienes dependen de estas aplicaciones para vivir.

Comparación del impacto económico en trabajadores de plataformas

IndicadorDiciembre 2025Marzo 2026Variación estimada
Costo de llenar tanque de auto (aprox.)$112.000$125.000++10%
Costo de combustible diario moto (3,5 litros)$5.600$7.000 aprox.+25% aprox.
Pedidos necesarios para cubrir gastos básicosBase 100108++8% o más
Horas promedio de trabajo diario8–10 horas10–12 horasaumento por caída de ingresosv

Evolución reciente de los gastos básicos en Argentina

RubroVariación reciente
Alquileres en Gran Buenos Aires+51% interanual
Servicios básicos familiarescerca de $2,9 millones mensuales
Salud privadaaumentos superiores al 70% anual
Educación privadaaumentos superiores al 70% anual
Electricidad y gassubas tras reducción de subsidios

En conjunto, estos datos muestran que la combinación entre inflación interna, encarecimiento energético global y expansión del trabajo en plataformas produce un fenómeno particularmente visible en las grandes ciudades argentinas: mientras el costo de vida continúa aumentando, el modelo de las aplicaciones empuja a miles de trabajadores a prolongar sus jornadas para sostener ingresos que, en términos reales, valen cada vez menos. Así, un conflicto geopolítico ocurrido a miles de kilómetros puede terminar expresándose en algo tan cotidiano como el precio del combustible, el valor del alquiler o la cantidad de horas que un repartidor debe pasar en la calle para llegar a fin de mes.

De la guerra al volante: cuando la geopolítica decide cuánto cuesta trabajar

La crisis que hoy atraviesan los conductores de Uber y los repartidores de aplicaciones en Argentina no es un fenómeno aislado ni meramente local. Es el resultado de una convergencia entre conflictos geopolíticos globales, transformaciones tecnológicas del trabajo y fragilidades estructurales del mercado laboral argentino. Cuando el precio del petróleo se dispara por tensiones en Medio Oriente, el impacto no se limita a los mercados energéticos o a las decisiones de los grandes Estados; termina filtrándose en la vida cotidiana de miles de trabajadores que dependen de un tanque de combustible para poder generar ingresos.

En la economía de plataformas, ese impacto se amplifica porque el modelo empresarial desplaza casi todos los riesgos hacia el trabajador. Lo que antes absorbían las empresas —la volatilidad del petróleo, los cambios en la demanda, los costos operativos— hoy recae directamente sobre el individuo que maneja, pedalea o reparte durante jornadas cada vez más largas. Así, los conflictos internacionales y las fluctuaciones del mercado energético global se traducen en una ecuación brutalmente simple: trabajar más para ganar lo mismo o incluso menos.

En ese sentido, la precarización laboral en la economía digital no es solo una cuestión tecnológica o empresarial, sino también una expresión concreta de cómo las crisis globales se redistribuyen socialmente. Mientras las plataformas continúan expandiéndose como intermediarias digitales del trabajo urbano, quienes sostienen físicamente ese sistema —los trabajadores en la calle— se convierten en el último eslabón de una cadena donde las guerras, el petróleo y la inflación terminan definiendo algo tan básico como cuánto cuesta trabajar para sobrevivir.

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    Melina Schweizer

    Melina Schweizer es periodista, escritora, compositora y poeta dominicana naturalizada argentina, fundadora y editora de infonegro.com. Coeditó y coordinó la antología Aquelarre de Negras (2021), actualmente en su primera edición impresa, y en 2022 recibió una mención especial en los Premios Lola Mora por su trabajo periodístico en defensa de los derechos de las mujeres. Es autora de la novela El mundo de Laurita: el secreto del museo antártico (2026).

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