El crucero Ambience está confinado en Burdeos con 1.700 personas a bordo tras la muerte de un pasajero de 90 años y medio centenar de casos de gastroenteritis. El barco llegó de las islas Shetland con escalas en Belfast, Liverpool y Brest, donde se registró el pico de contagios. Las pruebas no detectaron norovirus y las autoridades no descartan un origen alimentario. Es el segundo crucero en menos de una semana que sufre un brote sanitario. El primero, el MV Hondius, dejó tres muertos y 30 pasajeros dispersados por el mundo sin control sanitario.
El mar, que alguna vez fue sinónimo de libertad, se está convirtiendo en un hervidero de virus. Dos cruceros en menos de una semana. Dos brotes. Cuatro muertos. Miles de personas confinadas.
El MV Hondius llegó a Tenerife el 10 de mayo con tres muertos a bordo y ocho contagiados de hantavirus. La cepa Andes, la única que se transmite entre humanos, se paseó por el Atlántico durante semanas mientras la Organización Mundial de la Salud miraba para otro lado. Los 30 pasajeros que desembarcaron en Santa Elena se dispersaron por el mundo en vuelos comerciales, sin control sanitario.
El Ambience, un crucero operado por Ambassador Cruise Line, llegó el martes al puerto de Burdeos. No fue una escala turística. Fue una llegada forzada: un pasajero de 90 años había muerto y medio centenar de personas presentaban síntomas compatibles con gastroenteritis. Las autoridades francesas decidieron confinar a las más de 1.700 personas a bordo.
El barco partió de las islas Shetland. Paró en Belfast, Liverpool y Brest. En esta última ciudad, el 11 de mayo, se registró el pico de casos: vómitos, diarreas y dolor abdominal. El anciano falleció antes de llegar a Brest, según confirmaron las autoridades sanitarias.
Las primeras pruebas realizadas a bordo no detectaron norovirus, el principal sospechoso. Pero las autoridades no cierran el diagnóstico: se están realizando análisis adicionales en el hospital de Burdeos. Tampoco descartan un origen alimentario, una negligencia mayúscula en un barco que transporta a más de mil personas.
El portavoz de la compañía salió con el manual de crisis: «Nos tomamos cualquier enfermedad a bordo con extrema seriedad», dijo. Y enumeró las medidas: limpieza reforzada, servicio asistido en restaurantes, recomendaciones de higiene de manos y notificación inmediata de síntomas.
El confinamiento, por ahora, no afecta a tierra firme. Los pasajeros están atrapados en el barco, pero Burdeos sigue su curso.
La industria de los cruceros vive de la promesa de un viaje seguro, controlado, higiénico. Pero la realidad es otra. Los barcos son un hervidero de gérmenes. Los pasajeros comparten buffets, piletas, ascensores, camarotes. Los sistemas de ventilación reciclan el mismo aire durante días. Y los protocolos sanitarios fallan.
El MV Hondius navegó semanas con un cadáver en la bodega. Los pasajeros seguían compartiendo mesas. El médico del barco se contagió. Las autoridades recién reaccionaron cuando la OMS les obligó a hacerlo.
El Ambience, en cambio, fue confinado de inmediato. Pero las primeras pruebas no detectaron el virus. ¿Entonces qué está causando la gastroenteritis? ¿Una bacteria? ¿Una intoxicación alimentaria? ¿Un cóctel de desidia empresarial y controles laxos?
El norovirus es común. Se propaga rápido. Pero no suele matar. La muerte del pasajero de 90 años es un dato que nadie quiere analizar en profundidad. ¿Murió por el virus? ¿Por una complicación preexistente? ¿Por negligencia? Las autoridades no lo dicen. La compañía tampoco.
El MV Hondius dejó tres muertos y ninguna respuesta. El Ambience deja uno y un puerto bloqueado. La industria de los cruceros no tiene un problema con el hantavirus o el norovirus. Tiene un problema con la falta de control, con la opacidad de las empresas, con la lentitud de las autoridades.
Dos cruceros. Dos semanas. Cuatro muertos. Miles de confinados. El mar se está convirtiendo en un hervidero de virus. El MV Hondius sigue siendo un misterio. El Ambience, también. Las autoridades francesas reaccionaron rápido, pero no saben qué está matando a los pasajeros. La OMS, todavía, no se pronuncia.
La industria de los cruceros tiene que repensar sus protocolos. Las autoridades tienen que exigir transparencia. Y los pasajeros, mientras tanto, tienen que pensar dos veces antes de subirse a un barco donde el buffet libre puede ser la última cena.



























