El bolsillo no arranca: el consumo lleva ocho meses consecutivos en caída

El gasto de los hogares retrocedió 1,2% interanual en julio y acumuló una baja del 1,5% durante los primeros siete meses de 2026. El dato más sensible aparece en el consumo masivo, que representa cerca de la mitad del gasto relevado y volvió a caer. También retrocedieron las compras con tarjeta y los préstamos personales, una señal de que el crédito tampoco alcanza para sostener el bolsillo.

La desaceleración de la inflación todavía no consiguió llegar a una de las variables que más directamente reflejan la situación económica de las familias: el consumo volvió a caer en julio y completó ocho meses consecutivos de retroceso interanual. La contracción ya no aparece como un episodio aislado de determinados rubros, sino como una tendencia persistente que atraviesa buena parte del gasto cotidiano de los hogares.

El Índice de Consumo Privado elaborado por la Facultad de Negocios de la Universidad de Palermo (ICP-UP) registró en julio una caída del 1,2% respecto del mismo mes de 2025. Frente a junio, y eliminando los efectos estacionales, el indicador también bajó 0,2%.

Con este resultado, entre enero y julio el consumo privado acumuló una contracción del 1,5% interanual.

El número resulta especialmente significativo porque junio había mostrado una mejora mensual. El retroceso de julio volvió a interrumpir cualquier posibilidad de hablar de una recuperación sostenida y confirmó una economía doméstica que alterna algunos rebotes sectoriales con una debilidad persistente del gasto agregado.

El ICP-UP funciona como un indicador adelantado del consumo privado que posteriormente informa el INDEC con frecuencia trimestral. Para construirlo, la Universidad de Palermo utiliza más de 30 variables mensuales relacionadas con los gastos de los hogares y las pondera según su participación dentro del consumo.

La fotografía que surge de esos componentes muestra que no todos los argentinos dejaron de comprar ni todos los sectores están cayendo al mismo tiempo. El problema es otro: los rubros que mejoran no tienen todavía la magnitud suficiente para compensar aquellos vinculados con buena parte del consumo cotidiano.

El dato más preocupante está en el changuito

Uno de los números centrales del informe está en el consumo masivo, que cayó 1,7% interanual en julio y acumuló una contracción del 2,4% durante los primeros siete meses de 2026.

No es un componente marginal. Representa aproximadamente la mitad del gasto de los hogares utilizado para construir el índice e incluye productos de compra frecuente como alimentos, bebidas, artículos de limpieza y combustibles.

Por eso su comportamiento permite observar una dimensión que los indicadores agregados pueden esconder. Una familia puede postergar determinadas compras, reemplazar productos, cambiar marcas o buscar opciones más baratas, pero existe un conjunto de gastos cotidianos difícil de eliminar completamente.

Cuando ese núcleo del consumo cae, el dato habla menos de decisiones extraordinarias y mucho más de presupuestos familiares que continúan ajustados.

La situación también permite matizar la discusión sobre la recuperación económica. Durante los últimos meses aparecieron indicadores positivos en algunos segmentos, pero el informe de la Universidad de Palermo muestra que esas mejoras conviven con una contracción precisamente en la parte del consumo que tiene mayor peso dentro del gasto relevado.

Crece la ropa, pero cae el consumo total

La aparente contradicción se observa al abrir los números por categorías.

Los bienes semidurables crecieron 12,9% interanual en julio y acumularon una expansión del 5% durante 2026. En esta categoría aparecen, entre otros productos, indumentaria y calzado.

Los bienes durables también tuvieron una variación positiva, aunque bastante menor: 3% interanual.

A primera vista, esos números podrían interpretarse como una recuperación del consumo. Sin embargo, el índice general continúa cayendo porque el comportamiento de los hogares es mucho más heterogéneo.

La propia Universidad de Palermo advierte que las variaciones de cada categoría deben entenderse como una orientación sobre el comportamiento del gasto y no como índices exhaustivos de cada mercado.

El punto fundamental es que el crecimiento de determinados bienes no alcanza para compensar la caída de otros componentes de mucho mayor peso.

Por eso mirar únicamente aquellos productos cuyas ventas aumentan puede producir una imagen distorsionada de lo que sucede con el presupuesto familiar.

Motos arriba, autos abajo: otra señal del cambio de consumo

Uno de los contrastes más fuertes aparece dentro de los bienes durables.

Durante julio, el patentamiento de motos aumentó 31,2% interanual y acumuló un crecimiento extraordinario del 43,1% en los primeros siete meses del año.

En sentido contrario, el patentamiento de automóviles cayó 31,2% interanual.

No se trata simplemente de dos mercados moviéndose en direcciones diferentes. La divergencia también puede leerse como parte de una transformación en las decisiones económicas de los hogares.

Una motocicleta tiene un costo de adquisición y mantenimiento considerablemente menor que un automóvil y, además, se convirtió en una herramienta de trabajo para miles de personas vinculadas con aplicaciones de reparto y otras modalidades de empleo por cuenta propia.

En un mercado laboral donde crecen las ocupaciones informales y el trabajo independiente, parte de la expansión de las motos puede estar relacionada no solamente con una decisión de consumo, sino también con la necesidad de generar ingresos.

El aumento del patentamiento de motos, por lo tanto, no necesariamente significa que las familias dispongan de más dinero para consumir. Puede expresar simultáneamente sustitución de un vehículo más caro por otro más económico y adquisición de una herramienta laboral.

Las tarjetas tampoco sostienen el consumo

Otra señal importante aparece en el financiamiento.

Durante julio, las compras mediante tarjetas de crédito cayeron 4,6% interanual, mientras que los préstamos personales retrocedieron 4,9%, según el relevamiento de la Universidad de Palermo.

El dato adquiere mayor relevancia porque el crédito suele funcionar como un mecanismo para sostener el gasto cuando los ingresos corrientes resultan insuficientes.

Una familia puede financiar un electrodoméstico, comprar indumentaria en cuotas o incluso trasladar gastos cotidianos hacia la tarjeta esperando los ingresos del mes siguiente. Pero esa estrategia tiene límites: cuando aumenta el costo financiero, se acumulan vencimientos o disminuye la capacidad de pago, seguir endeudándose deja de ser una solución.

La caída simultánea de tarjetas y préstamos personales muestra que el financiamiento tampoco está funcionando como un motor generalizado de recuperación del consumo.

Y esto plantea un problema adicional. Si el salario disponible no alcanza para impulsar una expansión significativa de las compras y el crédito tampoco acompaña, las posibilidades de una recuperación rápida del mercado interno se reducen.

El IVA mejora, pero no alcanza para cambiar la tendencia

El informe contiene, sin embargo, un dato positivo.

Después de seis meses consecutivos de caída, la recaudación del IVA medida en términos reales aumentó 5,9% interanual.

Como el IVA está asociado con las operaciones de compra y venta, su evolución puede funcionar como un indicador indirecto del movimiento de la actividad y el consumo.

Pero ese crecimiento convive con la caída del índice general, de las tarjetas y de los préstamos personales. Es precisamente esa combinación la que obliga a evitar conclusiones apresuradas.

Existen sectores en recuperación y determinadas transacciones muestran mayor dinamismo, pero todavía no aparece una expansión suficientemente extendida como para modificar la tendencia general del consumo de los hogares.

La economía vuelve a mostrar así un comportamiento fragmentado: algunos indicadores avanzan mientras otros, especialmente los relacionados con el gasto cotidiano, continúan en terreno negativo.

Doce meses comprando menos carne vacuna

La transformación del consumo también puede verse directamente en la mesa.

El informe muestra que el consumo de carne porcina aumentó 22,1% interanual en junio y el de carne aviar creció 15,8%.

La carne vacuna siguió el camino contrario: cayó 1,8% interanual y completó doce meses consecutivos de retroceso.

La diferencia entre los tres productos permite observar cómo las familias modifican la composición de sus compras cuando necesitan administrar un presupuesto limitado.

No necesariamente desaparece el consumo de proteínas animales. Lo que puede ocurrir es una sustitución: disminuye la compra de una alternativa más costosa y aumenta la participación de opciones relativamente más accesibles.

Ese desplazamiento importa porque muestra algo que una cifra general puede esconder. Mantener determinada cantidad de consumo no significa necesariamente conservar la misma calidad o composición del gasto.

Los hogares también ajustan sustituyendo.

También se consume menos combustible

Las ventas de combustibles al público agregan otra señal. Durante junio retrocedieron 1,9% interanual.

El combustible ocupa un lugar particular dentro del presupuesto porque su consumo está asociado tanto con actividades personales como laborales. Una reducción puede reflejar menor utilización del automóvil, cambios en los medios de transporte o simplemente decisiones destinadas a recortar gastos.

En cualquier caso, vuelve a aparecer el mismo patrón: las familias reorganizan consumos para adaptarlos a los ingresos disponibles.

Y esa reorganización es importante para entender por qué una inflación más baja no produce automáticamente una recuperación.

Bajar la inflación no devuelve lo perdido

Una desaceleración inflacionaria significa que los precios aumentan a menor velocidad. No significa que vuelvan a los niveles anteriores ni que los ingresos recuperen automáticamente el poder adquisitivo perdido.

Ese punto resulta central para interpretar los datos actuales.

Si durante un período los precios crecieron mucho más rápido que los ingresos, una posterior reducción de la inflación puede estabilizar parcialmente la situación, pero no reconstruye por sí sola la capacidad de compra perdida anteriormente.

Para que el consumo se recupere de manera sostenida hacen falta otras variables: ingresos reales, empleo, estabilidad laboral, crédito accesible y expectativas que permitan a las familias gastar sin temor a no poder afrontar posteriormente sus compromisos.

Los números de julio muestran que esa combinación todavía no aparece con suficiente fuerza.

Ocho meses que cuentan otra historia

El problema para el discurso de recuperación no reside en un único número negativo. Está en la persistencia.

Ocho meses consecutivos de caída interanual del consumo indican que el deterioro atraviesa un período suficientemente prolongado como para no poder explicarse únicamente por cuestiones estacionales.

Además, la composición del retroceso ofrece información todavía más relevante: cae el consumo masivo, retroceden las compras con tarjetas y los préstamos personales, disminuye el consumo de carne vacuna y bajan las ventas de combustibles.

Al mismo tiempo, algunos bienes semidurables crecen, aumentan determinados consumos alternativos y las motos muestran un salto extraordinario.

La fotografía no es la de una economía completamente paralizada. Es la de una sociedad que reorganiza sus gastos porque el ingreso disponible sigue siendo insuficiente para recuperar el nivel de consumo anterior.

Por eso resulta insuficiente buscar un único indicador positivo para proclamar que los hogares finalmente despegaron. Puede crecer la venta de motos, recuperarse el IVA o mejorar algún segmento de bienes durables y, aun así, continuar cayendo el gasto agregado.

La verdadera prueba de una recuperación no está solamente en cuánto baja la inflación ni en cuántos productos consiguen mostrar números positivos durante un mes.

Está en saber si los hogares pueden volver a comprar lo cotidiano sin recortar otra cosa, sustituir alimentos, postergar gastos o depender permanentemente del endeudamiento.

Por ahora, los datos de julio dicen otra cosa: el consumo lleva ocho meses en baja y el bolsillo todavía no arrancó.

  • GONZALO SCHWEIZER

    Lic. en Economía por la Universidad UCES

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