La desocupación abierta llegó al 7,8%, pero la presión efectiva sobre el mercado laboral alcanzó al 23,7% de la población económicamente activa. La informalidad fue del 44,2% y golpeó especialmente a jóvenes, mujeres y trabajadores de establecimientos pequeños.
La cifra oficial de desempleo cuenta solamente una parte de la crisis laboral argentina. Durante el primer trimestre de 2026, tres de cada diez personas desocupadas llevaban más de un año buscando trabajo sin conseguirlo. A esa dificultad estructural se sumaron una informalidad del 44,2%, el crecimiento del pluriempleo y una presión laboral que alcanzó a casi uno de cada cuatro integrantes de la población económicamente activa.
Los datos surgen de la Encuesta Permanente de Hogares del Indec y fueron analizados por el Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas, coordinado por Claudio Lozano. El estudio expone un mercado incapaz de generar suficientes puestos de calidad, incluso cuando las estadísticas generales muestran una economía en crecimiento.
El producto interno bruto aumentó 2,3% interanual durante el primer trimestre de 2026. Sin embargo, ese crecimiento no se tradujo en una mejora equivalente del empleo: la tasa de ocupación quedó en 44,8%, por debajo del 45% registrado tres años antes.
La economía creció, pero la proporción de personas con trabajo disminuyó. La recuperación pasó por los balances antes que por las casas.
El 7,8% muestra solamente la superficie
El Indec informó que la tasa de desocupación abierta llegó al 7,8% durante los primeros tres meses del año. En los 31 aglomerados urbanos relevados, aproximadamente 1,1 millones de personas no tenían empleo, lo buscaban activamente y estaban disponibles para comenzar a trabajar.
Ese indicador no incluye a quienes consiguieron alguna ocupación de pocas horas y necesitan trabajar más, a quienes buscan cambiar de empleo ni a quienes desean ampliar su jornada, pero dejaron de buscar activamente ante la falta de oportunidades.
Cuando se suman la desocupación y la subocupación, la subutilización de la fuerza laboral asciende al 19% de la población económicamente activa. Si se incorporan los ocupados que buscan activamente otra actividad, la presión efectiva sobre el mercado de trabajo llega al 23,7%.
El universo se amplía todavía más al contar a quienes quieren trabajar más horas, aunque no estén realizando una búsqueda activa. Bajo ese criterio, la disponibilidad laboral alcanza al 29,4% de la población económicamente activa.
No significa que el 29,4% esté desempleado. Significa que casi tres de cada diez personas activas no tienen trabajo o disponen de capacidad laboral que el mercado no logra aprovechar plenamente.
La diferencia es importante: la tasa del 7,8% mide la desocupación abierta; el 23,7%, la presión ejercida por desocupados y ocupados demandantes; y el 29,4%, una disponibilidad más amplia. Son indicadores distintos de un mismo mercado tensionado, no porcentajes intercambiables.
Las cifras básicas pueden consultarse en el informe oficial del Indec sobre el primer trimestre de 2026.
Buscar durante más de un año
El dato más grave aparece en la duración del desempleo. El 30% de las personas desocupadas llevaba más de doce meses intentando ingresar al mercado laboral.
El desempleo prolongado deteriora las posibilidades de volver a trabajar. Con el paso del tiempo se agotan los ahorros, aumentan las deudas, se interrumpen capacitaciones y los empleadores comienzan a considerar la ausencia laboral como una desventaja. Buscar trabajo se convierte en una ocupación sin salario y con una sucesión de puertas cerradas.
Ese fenómeno desarma la idea de que la desocupación responde simplemente al tiempo necesario para pasar de un empleo a otro. Para cientos de miles de personas ya no existe una transición: existe una exclusión persistente.
La situación también ejerce presión sobre quienes todavía conservan su puesto. Cuando existe un ejército de trabajadores esperando una oportunidad, disminuye la capacidad de rechazar salarios bajos, jornadas excesivas o condiciones abusivas. El desempleo disciplina incluso a quienes no están desempleados.
Casi la mitad trabaja en la informalidad
La precariedad no termina cuando se consigue una ocupación. El 44,2% de los trabajadores argentinos se desempeña en condiciones de informalidad laboral. Sobre unos 13,5 millones de ocupados relevados por la EPH, apenas el 55,7% tenía una inserción considerada formal.
La informalidad no se limita al trabajo asalariado sin aportes jubilatorios. También comprende distintas formas de cuentapropismo precario y ocupaciones sin acceso efectivo a derechos laborales y protección social.
Una cuarta parte de los trabajadores es cuentapropista y, dentro de ese grupo, el 65% trabaja informalmente. Entre los asalariados, que representan el 71,8% del total de ocupados, el 37,9% no cuenta con descuento jubilatorio.
El problema se agrava entre los jóvenes: la informalidad asalariada alcanza al 64% de quienes se encuentran en ese segmento de edad. Para muchos, el primer contacto con el mercado laboral ya ocurre sin estabilidad, vacaciones pagas, aguinaldo, cobertura frente a accidentes ni aportes para una jubilación futura.
El tamaño del establecimiento también resulta determinante. En las unidades productivas de hasta cinco personas, la informalidad llega al 66%. Desciende al 30,8% en los establecimientos medianos y al 13% en los grandes.
En el sector privado, la tasa alcanza al 50,5%; en el público, al 10,7%. La mitad de quienes trabajan para empresas o empleadores privados lo hace por fuera de una relación completamente registrada.
Mujeres y jóvenes, los más golpeados
La desigualdad laboral también tiene género. La tasa de empleo de los varones fue del 50,8%, mientras que la de las mujeres quedó en 39,1%: una diferencia de 11,7 puntos porcentuales.
Las mujeres no solamente acceden menos al empleo. También registran niveles superiores de desocupación y subocupación. La subutilización de la fuerza laboral alcanzó al 21,5% entre ellas, frente al 16,9% de los varones.
Parte de esa brecha se explica por la distribución desigual de las tareas domésticas y de cuidado. Millones de mujeres sostienen actividades indispensables para la reproducción cotidiana de los hogares, pero ese trabajo no aparece como empleo remunerado ni genera ingresos propios.
Para los jóvenes de entre 18 y 24 años, la desocupación llegó al 19,5%. Casi uno de cada cinco jóvenes económicamente activos buscaba trabajo y no lo conseguía. Entre quienes sí encontraron una ocupación, la informalidad fue la puerta de entrada predominante.
El mercado les exige experiencia antes de ofrecerles la primera oportunidad y luego llama “falta de cultura del trabajo” al resultado de su propia exclusión.
Trabajar más para ganar menos
El ingreso promedio mensual de los trabajadores fue de $1.076.056 durante el primer trimestre. Pero esa media oculta diferencias profundas según la modalidad de inserción.
Los cuentapropistas percibieron aproximadamente $524.000 mensuales, un 51% menos que el promedio. Los asalariados informales llegaron a cerca de $700.000, un 35% por debajo de la media general.
La insuficiencia de los ingresos explica el avance del pluriempleo. El 10,4% de los ocupados ya tenía dos o más trabajos. Lejos de expresar una diversificación profesional voluntaria, para millones representa una estrategia de supervivencia frente a salarios que no cubren el costo de vida.
El fenómeno vuelve a castigar con mayor intensidad a las mujeres: el pluriempleo alcanza al 13,7% de las trabajadoras y al 7,9% de los varones. A la suma de ocupaciones remuneradas se añade, en numerosos casos, una jornada doméstica que las estadísticas laborales no pagan ni descuentan.
Crecimiento sin trabajo de calidad
El Gobierno puede exhibir el 7,8% como si toda la fragilidad laboral estuviera contenida en esa cifra. Pero detrás aparecen los subocupados, quienes buscan otro empleo, los informales, los cuentapropistas empobrecidos y las personas que llevan más de un año entregando currículums sin obtener respuesta.
La crisis no consiste solamente en que falten puestos. También faltan estabilidad, derechos, salarios suficientes y horas de trabajo para quienes las necesitan. Al mismo tiempo, otros deben acumular dos empleos para completar un ingreso que antes podía obtenerse con uno.
El modelo laboral de Milei no convirtió masivamente a los desocupados en trabajadores formales. Repartió la inseguridad entre quienes no consiguen empleo, quienes tienen uno precario y quienes necesitan varios para sobrevivir.
La estadística oficial dice que el 7,8% está desempleado. La vida cotidiana responde que casi nadie puede sentirse completamente seguro de su trabajo.


























