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Archivos, poder y la pedagogía obscena de la impunidad.
El archivo no absuelve: administra
Cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos liberó tres millones de páginas, 180.000 imágenes y más de 2.000 videos vinculados a Jeffrey Epstein, el gesto fue presentado como un acto de transparencia histórica. Sin embargo, leído en clave política, el movimiento se parece menos a la verdad y más a una operación de cierre.
“La publicación de hoy marca el final de un proceso exhaustivo de revisión”, afirmó el fiscal general adjunto Todd Blanche. Las sobrevivientes respondieron con otra frase, mucho más precisa: “esto no es justicia; es exposición”.
El archivo no llega para juzgar: llega cuando el principal acusado está muerto, cuando los delitos prescribieron, cuando los vínculos ya no pueden ser procesados penalmente. Llega tarde y llega selectivo.
Los números que el poder intenta volver neutros
Los números del caso Epstein suelen presentarse como datos cerrados, como si la aritmética tuviera la virtud de la inocencia, pero basta mirarlos sin la anestesia del lenguaje técnico para advertir que no describen hechos: describen decisiones, elecciones políticas tomadas por un sistema judicial que no actúa en abstracto, sino situado, atravesado por relaciones de clase, por jerarquías de prestigio y por una racionalidad que distingue con precisión quirúrgica entre quién puede ser castigado y quién debe ser protegido.
En 2008, Jeffrey Epstein fue condenado en Florida por solicitar servicios sexuales a una menor de 14 años, un delito que no admitía ambigüedad jurídica ni margen interpretativo, porque hubo confesión, pruebas, víctimas identificadas y una fiscalía que conocía perfectamente el alcance de la conducta imputada; sin embargo, la condena no se expresó como sanción sino como administración del riesgo, y así Epstein recibió 13 meses de prisión bajo un régimen excepcional que le permitió salir seis días a la semana, trabajar desde su oficina privada y regresar a dormir a la cárcel, un acuerdo que no fue producto de la torpeza sino de una decisión consciente orientada a evitar el juicio, porque el juicio —con su oralidad, su publicidad y su capacidad expansiva— amenazaba con abrir la trama, con nombrar vínculos, con incomodar a demasiados.
El entonces fiscal Alexander Acosta habló de un caso “complejo”, pero la complejidad no residía en el delito, que era simple y brutal, sino en la posición social del acusado, en su capacidad de arrastre, en la densidad de relaciones que lo conectaban con el mundo financiero, político y académico, y en el temor explícito del sistema judicial a producir un efecto dominó que excediera a un solo nombre; por eso el derecho penal actuó con una lógica conocida, castigando lo suficiente para preservar la apariencia de legalidad, pero blindando el núcleo del poder que hacía posible el delito.
Once años después, en 2019, Epstein fue detenido nuevamente, esta vez por tráfico sexual de menores, un delito federal que por su naturaleza exigía un proceso amplio, con investigación estructural y responsabilidades múltiples, pero ese proceso nunca ocurrió porque Epstein murió bajo custodia estatal en una prisión de máxima seguridad, en una secuencia de fallas simultáneas —cámaras inactivas, guardias ausentes, protocolos incumplidos— que el discurso oficial intentó reducir a un suicidio individual, aunque el efecto político fue otro: la desaparición del principal imputado y, con él, la clausura definitiva de la posibilidad de un juicio que obligara al Estado a explicar no solo qué hizo Epstein, sino qué permitió, qué encubrió y a quién protegió.
Hasta ese momento, más de 250 sobrevivientes habían sido documentadas judicialmente, con relatos que no describían episodios aislados sino un patrón sostenido de captación, traslado, abuso y pago, un circuito que funcionó durante años con regularidad logística y tolerancia institucional, y aun así, cuando el expediente se cerró de facto con la muerte del acusado, el dato más elocuente quedó flotando como una acusación muda contra el sistema entero: no hubo una sola condena penal para los clientes de la red, ni empresarios, ni políticos, ni financistas, ni representantes del mundo cultural o tecnológico, a pesar de que los testimonios, los registros y los propios acuerdos judiciales reconocían que Epstein no operaba en soledad.
Aquí el número deja de ser estadística y se convierte en estructura, porque el sistema penal estadounidense —rápido, implacable y ejemplificador cuando se trata de pobres, racializados y migrantes— mostró una parsimonia exquisita cuando los nombres involucrados pertenecían a la élite, no por falta de evidencia sino por falta de voluntad política, confirmando que el derecho no fracasa frente al poder concentrado, sino que funciona exactamente como está diseñado para hacerlo: individualizando la culpa, reduciendo el daño a un sujeto controlable y evitando cuidadosamente cualquier investigación que comprometa a la red.
Por eso, en el caso Epstein, el dinero no borró el delito, porque el delito fue reconocido, documentado y narrado; lo que borró fue la consecuencia, esa parte del derecho que debería producir reparación, prevención y límite, pero que aquí fue sustituida por acuerdos, silencios y archivos, dejando al descubierto una verdad incómoda que el poder preferiría no enunciar: que la justicia no es ciega, que ve perfectamente a quién mira, y que cuando decide no avanzar, no lo hace por incapacidad, sino por conveniencia.
Leídos sin neutralidad, estos números no absuelven al sistema ni lo muestran defectuoso; lo describen con precisión, como una maquinaria que administra el castigo según la posición social del cuerpo que tiene delante, y que en el caso Epstein no falló ni se equivocó, sino que enseñó, con brutal claridad, cuál es el verdadero contenido de la igualdad ante la ley cuando el abuso se sienta en la cima del poder.
Epstein como operador político del abuso
Los correos electrónicos liberados por el Departamento de Justicia no agregan morbo ni color a la historia conocida; agregan algo mucho más perturbador: intencionalidad política, porque en ellos Epstein deja de aparecer como un abusador aislado para revelarse como un articulador consciente de poder, un hombre que entendió temprano que la violencia sexual no se sostiene solo con dinero, sino con relatos, intermediarios, silencios estratégicos y legitimación simbólica, y que por eso tejió vínculos simultáneos con el mundo financiero, la política partidaria, los servicios de inteligencia, las monarquías europeas, la industria cultural y el incipiente complejo tecnológico que hoy define la economía global.
En ese entramado, el intercambio con Steve Bannon, exasesor de Donald Trump, resulta particularmente revelador, no porque exponga un delito concreto, sino porque exhibe la lógica de gestión del escándalo que las élites aplican cuando uno de los suyos queda expuesto; “Primero debemos rechazar las mentiras; luego aplastar la narrativa de pedofilia y tráfico de personas; luego reconstruir tu imagen como filántropo”, escribe Bannon en un mensaje que funciona como manual condensado de guerra cultural, donde el problema no es el abuso, sino el daño que su nombre produce en la circulación pública del poder.
La frase no propone negar los hechos, sino algo más sofisticado y más eficaz: desplazarlos del centro del sentido, convertir la pedofilia en “narrativa”, el tráfico sexual en “exageración”, y al abusador en víctima de una campaña, porque lo que está en juego no es la verdad, sino quién tiene derecho a definirla, quién puede imponer el marco desde el cual algo se vuelve escándalo o se diluye en ruido informativo.
La respuesta de Epstein —“YO SOY el verdadero camino”— lejos de ser una bravata o un delirio narcisista, condensa una comprensión profunda del sistema que lo sostuvo, porque Epstein sabía que no era una pieza prescindible sino un nodo funcional, alguien que había acumulado información, favores, secretos y lealtades suficientes como para convertirse en infraestructura política, y que por eso no necesitaba defenderse como individuo, sino presentarse como garantía de estabilidad para una red que prefería un abusador controlado antes que una verdad descontrolada.
Ese “camino” no era la inocencia ni la absolución moral, sino la impunidad estructural, esa zona donde el poder no niega el daño pero lo administra, no absuelve el delito pero lo encapsula, no protege a las víctimas sino a la arquitectura que hace posible seguir gobernando, financiando, produciendo cultura y acumulando riqueza sin que el abuso interrumpa el flujo.
Leídos en conjunto, estos correos no muestran a Epstein pidiendo ayuda, sino negociando su lugar, recordándole al sistema que su caída no sería quirúrgica, que arrastraría demasiados nombres, demasiadas fotos, demasiados encuentros incómodos, y que por lo tanto convenía reordenar el relato antes que permitir que la justicia hiciera su trabajo, una lógica que no pertenece a Epstein ni a Bannon, sino a una forma histórica de ejercer el poder, donde la verdad no se elimina, se gestiona, y donde el abuso no se erradica, se vuelve compatible con la continuidad del orden.
En ese sentido, Epstein no fue un abusador que rozó la política, sino un operador político del abuso, alguien que entendió que la violencia sexual, cuando se ejerce desde arriba, no es solo un crimen, sino una relación de dominación, y que esa dominación puede ser sostenida si se la protege con discursos, alianzas y una narrativa que convierta lo intolerable en discutible y lo criminal en “controversial”, dejando claro que, en la cima del poder, el problema nunca es lo que se hace, sino quién controla el sentido de lo que se dice sobre ello.
Trump, el poder y la negación organizada
El nombre de Donald Trump aparece cientos de veces en los archivos vinculados a Jeffrey Epstein, y frente a esa reiteración el Departamento de Justicia de Estados Unidos respondió con una aclaración jurídicamente correcta pero políticamente insuficiente, subrayando que no existen pruebas penales en su contra y que muchas de las denuncias recibidas por el FBI fueron “no verificadas”, una precisión técnica que cumple su función legal mientras elude deliberadamente la discusión de fondo: cómo opera el poder cuando decide proteger su propio ecosistema.
Trump admitió haber mantenido una relación personal con Epstein y sostuvo luego que se había distanciado mucho antes de que los delitos fueran conocidos públicamente. La secuencia busca ordenar el problema en clave biográfica —una amistad que empieza y termina— cuando lo que está en juego es algo más profundo: la naturalización de ciertas presencias dentro de un mismo circuito de poder, un mundo donde empresarios, políticos, financistas y celebridades comparten espacios, códigos y silencios sin que la proximidad con un abusador condenado genere alarma institucional, ni ruptura simbólica, ni consecuencias materiales.
La pregunta, entonces, no es si Trump cometió un delito concreto, sino qué tipo de régimen político permite que figuras como Epstein circulen sin fricción durante años, incluso después de una condena por abuso sexual infantil, y qué dice eso de una elite que no se organiza alrededor de principios éticos compartidos, sino de lealtades funcionales y beneficios mutuos. La convivencia no es casual: responde a una lógica donde el poder masculino, el capital económico y la capacidad de daño se convierten en garantías tácitas de pertenencia.
El trumpismo, entendido como forma de ejercer la política y no solo como liderazgo personal, aporta una clave decisiva para comprender este mecanismo: la conversión sistemática del daño en ruido, una estrategia que no busca refutar los hechos sino erosionar su gravedad, desplazar la atención hacia la intencionalidad de quien denuncia y reconfigurar la violencia como parte del juego sucio de la disputa pública. El abuso deja de ser un crimen para transformarse en munición retórica; las víctimas dejan de ser sujetos de derecho y pasan a ocupar el lugar de variable política incómoda.
Esta operación no requiere censura ni represión directa. Funciona mediante saturación, relativización y cinismo. Cada aclaración técnica, cada comunicado defensivo, cada discusión sobre “falta de pruebas” cumple una función precisa: impedir que el escándalo se convierta en pregunta estructural. No se trata de demostrar inocencia, sino de garantizar que nada obligue a revisar el modo en que el poder se reproduce, se protege y se absuelve a sí mismo.
En ese marco, Trump no aparece como un actor aislado dentro del archivo Epstein, sino como la expresión política de una cultura de negación organizada, una cultura capaz de convivir con el abuso siempre que este no altere el equilibrio de fuerzas, no fracture alianzas estratégicas ni exponga la fragilidad moral de un orden que necesita presentarse como fuerte, exitoso y legítimo, incluso cuando se sostiene sobre cuerpos dañados y verdades postergadas.
El archivo, lejos de incriminarlo penalmente, ilumina algo más incómodo: la compatibilidad entre poder concentrado y violencia sistemática, una compatibilidad que no se explica por desvíos individuales, sino por un régimen político que aprendió a gestionar el horror sin dejar que se convierta en límite.
Canibalismo, tortura y el límite de lo decible
Entre los millones de documentos desclasificados aparecen menciones que incomodan incluso a quienes creían haberlo visto todo: canibalismo, asesinatos, torturas, esclavitud sexual, referencias a bebés como posibles víctimas, escenas que el propio lenguaje jurídico parece incapaz de contener sin recurrir a aclaraciones preventivas, como si nombrarlas fuera ya un exceso, una irresponsabilidad, un riesgo para la estabilidad del relato institucional.
El Departamento de Justicia de Estados Unidos se apresuró a fijar un marco interpretativo estricto, señalando que muchas de esas afirmaciones “no están judicialmente probadas” y que forman parte de denuncias, testimonios indirectos o comunicaciones no verificadas, una advertencia que es jurídicamente correcta pero políticamente reveladora, porque desplaza la discusión desde qué tipo de red permitió que estas narrativas existieran hacia un problema técnico de acreditación probatoria.
Ahí aparece la trampa discursiva.
El mismo sistema que exige prueba absoluta para permitir que el horror sea nombrado sin comillas es el que durante años no exigió prueba absoluta para proteger a los acusados, para cerrar acuerdos, para firmar pactos de confidencialidad, para permitir regímenes penitenciarios excepcionales o para evitar juicios orales que habrían expuesto la trama completa. La vara no es la misma cuando se trata de acreditar el daño que cuando se trata de blindar el poder.
Como señaló una fuente citada en los propios documentos del FBI, en referencia al volumen y al tenor de las denuncias recibidas:
“Muchas de las acusaciones eran difíciles de verificar, pero el patrón era imposible de ignorar”.
Esa frase, que el aparato judicial suele leer como advertencia metodológica, debería leerse como alarma política.
Desde una perspectiva crítica, estas menciones extremas no funcionan como pruebas penales en sí mismas, pero tampoco pueden descartarse como delirio colectivo, exageración o fantasía morbosa, porque emergen de un contexto donde la trata sistemática de niñas fue real, documentada y sostenida durante décadas, donde la violencia sexual operó con logística, financiamiento y tolerancia institucional, y donde los límites éticos ya habían sido corroídos mucho antes de que alguien escribiera la palabra “canibalismo” en un correo o en una denuncia.
Cuando una estructura permite que niñas sean captadas, trasladadas, abusadas y descartadas como mercancía, el umbral de lo impensable se desplaza, y prácticas que en otro contexto sonarían inverosímiles comienzan a circular como posibilidad narrable, no porque todas hayan ocurrido, sino porque el sistema dejó de garantizar cualquier frontera moral.
El problema no es probar cada una de esas afirmaciones en términos judiciales —eso le corresponde a los tribunales—, sino entender qué tipo de orden social produce un escenario donde tales relatos no resultan inmediatamente absurdos, donde no provocan incredulidad sino inquietud, donde el espanto no nace de la sorpresa sino del reconocimiento de un patrón previo de deshumanización.
En ese marco, insistir únicamente en la falta de prueba funciona como mecanismo de clausura, porque desplaza la atención desde la pregunta incómoda —qué permitió que una red de abuso alcanzara ese nivel de impunidad— hacia una discusión técnica que, aun siendo necesaria, resulta insuficiente para dar cuenta de la dimensión política del daño.
La historia reciente demuestra que muchos horrores fueron primero “imposibles”, luego “no verificados” y finalmente indiscutibles, y que el escepticismo institucional rara vez protegió a las víctimas; casi siempre protegió al orden que las había producido.
Por eso, leer estas menciones únicamente como morbo sería un error, pero descartarlas como ruido sería una forma más de negación organizada, porque lo que señalan no es tanto la comisión comprobada de cada acto extremo, sino el colapso del límite ético en una red donde el poder, el dinero y el silencio funcionaron durante años como autorización implícita para todo.
Cuando la trata infantil se vuelve compatible con la normalidad institucional, lo monstruoso deja de ser excepcional y pasa a ser una posibilidad latente, siempre a resguardo del mismo argumento que hoy intenta contenerlo: la exigencia de una prueba perfecta en un sistema que nunca fue exigente consigo mismo.
Ahí, precisamente ahí, es donde el archivo deja de ser un conjunto de documentos y se convierte en acusación histórica.
Raza y colonialidad del abuso
Aunque el archivo Epstein esté dominado por apellidos blancos del Norte Global —financieros, políticos, magnates tecnológicos, herederos de dinastías económicas—, la violencia que documenta no fue racialmente neutra, porque el abuso sexual que allí se describe se apoyó de manera sistemática en cuerpos empobrecidos, migrantes, racializados, cuerpos con escasa o nula capacidad de defensa institucional, cuerpos para los cuales el acceso a la justicia era una promesa lejana y abstracta, cuando no una ficción directamente inexistente.
Las víctimas no fueron seleccionadas al azar. Provenían de márgenes sociales precisos, de trayectorias atravesadas por la precariedad, la dependencia económica y la desprotección estatal, en un esquema que replica con exactitud la lógica colonial clásica: centros de poder que consumen cuerpos periféricos, geografías del privilegio que extraen placer, obediencia y silencio de territorios y sujetos considerados prescindibles. El abuso, en este sentido, no fue solo sexual; fue colonial, porque organizó el deseo como derecho y la desigualdad como condición de posibilidad.
El caso muestra con crudeza cómo la racialización no siempre aparece en el discurso explícito, pero sí en la distribución del daño, en quiénes son nombradas como víctimas y quiénes permanecen protegidos por capas sucesivas de prestigio, dinero y soberanía simbólica. El poder no necesita decir “raza” para ejercerla: le alcanza con administrar la vulnerabilidad.
América Latina entra en el mapa
La última desclasificación introduce una ruptura incómoda: la impunidad deja de presentarse como un problema ajeno, anglosajón, distante, y se revela como una gramática también latinoamericana, porque los archivos incorporan nombres, escenas y territorios del sur global que hasta ahora habían sido tratados como decorado o periferia narrativa.
Correos electrónicos de Ghislaine Maxwell, condenada por tráfico sexual, mencionan al expresidente colombiano Andrés Pastrana, no en términos vagos ni laterales, sino en una escena que condensa con brutal claridad la articulación entre poder político, aparato estatal y sociabilidad de élite.
En un mail fechado en 2003, Maxwell escribe:
“Tengo otras fotos… con el presidente de Colombia, quien me invitó y organizó toda la fiesta, incluyendo a los terroristas corriendo para que yo les apuntara desde el helicóptero”.
La escena no admite eufemismos. Helicópteros del Estado. Uniformes militares. Violencia convertida en espectáculo. La guerra reducida a entretenimiento privado. No se trata de una anécdota pintoresca ni de una exageración retórica: es el Estado funcionando como anfitrión, ofreciendo logística, símbolos y cuerpos para el consumo simbólico de una élite transnacional acostumbrada a no reconocer límites.
La referencia a “terroristas corriendo” —sin nombres, sin contexto, sin humanidad— expone además una pedagogía colonial persistente: la deshumanización del otro como condición para el juego, el señalamiento armado como gesto lúdico, la violencia estatal como escenario de sociabilidad privilegiada. América Latina aparece así no solo como territorio visitado, sino como espacio disponible, donde el poder global ensaya su impunidad con la complicidad de dirigencias locales.
El derecho que no llega
Desde el punto de vista jurídico, el caso Epstein no deja zonas grises: confirma tres verdades incómodas que el discurso legal intenta suavizar pero no logra ocultar.
La primera es que los expresidentes son, en la práctica, penalmente intocables, no por ausencia de vínculos problemáticos, sino porque su sola condición de exjefes de Estado activa mecanismos de autoprotección institucional que bloquean cualquier investigación de fondo. La segunda es que el derecho internacional no persigue redes de abuso de élite, porque carece —o decide no usar— las herramientas necesarias para confrontar estructuras de poder que atraviesan fronteras, capitales y alianzas estratégicas. La tercera es que el archivo sustituye al juicio cuando el juicio resulta políticamente costoso, peligroso o desestabilizador.
La Corte Penal Internacional mira hacia otro lado no por desconocimiento, sino por selectividad estructural. El derecho penal internacional se muestra implacable frente a actores débiles, Estados periféricos o enemigos geopolíticos, pero extraordinariamente cauto cuando las redes de abuso involucran a quienes financian, gobiernan o sostienen el orden global existente.
Así, la legalidad se transforma en un lenguaje de contención, no de justicia, y el procedimiento reemplaza a la verdad como valor central.
Lo que el archivo no puede cerrar
Epstein murió. Maxwell está presa.
Pero la estructura que permitió décadas de abuso permanece intacta, respirando bajo nuevas formas, protegida por las mismas lógicas que hoy presentan la publicación de documentos como punto final, como si la acumulación de papel pudiera compensar la ausencia de justicia material.
Mientras no exista un procesamiento real de las redes de poder que hicieron posible el abuso; mientras no haya reparación material y simbólica para las víctimas, y mientras no se investigue de manera efectiva el rol del Estado y de las élites políticas, económicas y culturales, todo archivo seguirá siendo apenas eso: documentación sin consecuencia, memoria sin responsabilidad, transparencia sin ética.
Epstein no fue una anomalía. Es un sistema perfectamente funcional, sostenido por dinero, prestigio, colonialidad y silencio.
Y ese sistema —patriarcal, racista, clasista y profundamente antidemocrático— no pertenece al pasado. Sigue gobernando.
Melina Schweizer es periodista, escritora, compositora y poeta dominicana naturalizada argentina, fundadora y editora de infonegro.com. Coeditó y coordinó la antología Aquelarre de Negras (2021), actualmente en su primera edición impresa, y en 2022 recibió una mención especial en los Premios Lola Mora por su trabajo periodístico en defensa de los derechos de las mujeres. Es autora de la novela El mundo de Laurita: el secreto del museo antártico (2026).
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