El axelismo amagó con bloquear la llegada de Máximo Kirchner a la presidencia del Congreso del PJ bonaerense, pero el gobernador ordenó respetar el acuerdo. Hubo llamado telefónico, instrucciones a Magario y convocatoria partidaria para noviembre. El peronismo encontró una forma novedosa de renovar sus autoridades: cambiar todo para que no cambie el apellido.
Axel Kicillof quiere ser presidente de la Nación, tiene cada vez más peso dentro del peronismo bonaerense y cuenta con doce diputados que impulsan su candidatura.
Pero cuando algunos de los suyos insinuaron que podían impedir que Máximo Kirchner presidiera el Congreso del PJ provincial, Axel levantó el teléfono.
Una cosa es disputar el poder y otra encontrarte a Cristina en el identificador de llamadas.
El gobernador se comunicó con Máximo y garantizó que respetaría el acuerdo que permitió su propia llegada a la presidencia del PJ bonaerense. Después instruyó a Verónica Magario y Mariano Cascallares para organizar la convocatoria partidaria de noviembre.
La rebelión duró menos que un ministro de Economía explicándole a Milei que el consumo está cayendo.
El axelismo había preparado el golpe palaciego, pero Axel apareció con el matafuegos y el contrato de alquiler.
“No podemos imponer la voluntad del MDF a un acuerdo del PJ”, explicó Kicillof a quienes pretendían bloquear la designación.
Una frase histórica.
El Movimiento Derecho al Futuro descubrió que el futuro tenía una cláusula firmada en el pasado.
La discusión nació porque sectores cercanos al gobernador consideran que la relación de fuerzas ya cambió y que Máximo no debería conservar semejante espacio de poder.
Un razonamiento comprensible en cualquier partido político.
Pero estamos hablando del peronismo, donde un acuerdo puede sobrevivir a tres elecciones, cuatro traiciones y una resurrección.
La única institución más estable que el PJ bonaerense es el cementerio: también está lleno de gente que se niega a irse.
Máximo, mientras tanto, venía de una actividad en San Juan con Sergio Uñac que no consiguió reunir a los gobernadores ni a las principales figuras que esperaba el armado político.
Volvió de una convocatoria con ausencias y terminó consiguiendo que Axel le garantizara un cargo.
Hay dirigentes que necesitan llenar estadios. Máximo necesita que alguien intente sacarle una silla.
El Congreso partidario deberá reunirse en noviembre para cumplir las formalidades legales y actualizar su representación ante el PJ nacional. Pero la pelea política ya tuvo su primer desenlace: el gobernador prefirió sostener el acuerdo antes que abrir otra guerra interna.
Una decisión pragmática.
Porque el peronismo necesita construir una alternativa nacional y, antes de discutir cómo gobernar a 46 millones de argentinos, todavía tiene que resolver quién se sienta en la cabecera de una reunión.
La patria está en peligro, pero primero hay que ordenar las sillas.
Así quedaron las cosas: Kicillof quiere llegar a la Casa Rosada, Máximo conservará el camino despejado hacia la presidencia del Congreso partidario y los sectores más impacientes del axelismo deberán guardar los cuchillos hasta nuevo aviso.
Cristina ni siquiera necesitó aparecer en la negociación.
En el PJ bonaerense el poder puede cambiar de manos. Lo que todavía no consiguieron es que cambie de familia sin pedir permiso.



























