Durante generaciones nos prometieron que estudiar, trabajar y ahorrar alcanzaba para comprar una casa, formar una familia y jubilarse con dignidad. Ahora nos ofrecen monoambientes, empleos que apenas cubren los gastos y créditos para financiar el supermercado. Mientras tanto, algunos argentinos siguen creyéndose burgueses porque tienen un televisor de 65 pulgadas en doce cuotas. Conservan las aspiraciones de los ricos, comparten las angustias de los pobres y todavía encuentran tiempo para despreciar a quienes tienen menos.
En 1912, el Titanic se hundió en el Atlántico Norte. Los pasajeros de primera clase disfrutaban de camarotes lujosos y mejores posibilidades de acceder a los botes salvavidas. Los de tercera enfrentaron mayores dificultades para sobrevivir. Más de un siglo después, algunos argentinos parecen viajar en tercera mientras presumen de tener camarote de primera. La diferencia es que ahora pagan el pasaje en cuotas y defienden apasionadamente al dueño de la compañía naviera.
El empleo estable, la vivienda propia y el ahorro fueron durante décadas símbolos del ascenso social argentino. Hoy, esas conquistas resultan difíciles de alcanzar para numerosos trabajadores. Lo curioso es que, cuanto más se deterioran las condiciones económicas de ciertos sectores, mayor parece ser su necesidad de diferenciarse de quienes viven en la pobreza.
El burgués con tarjeta Visa
Conozco personas que se consideran de clase media porque tienen automóvil, vacaciones ocasionales y una computadora que todavía funciona sin necesidad de amenazarla con un martillo. Trabajan diez horas diarias, destinan buena parte de sus ingresos al alquiler y financian compras domésticas. Pero pronunciar la palabra «trabajador» frente a ellas puede provocar una crisis de identidad más profunda que descubrir una infidelidad matrimonial.
«Yo soy clase media», aclaran con el orgullo de quien acaba de recibir un título nobiliario.
Perfecto, querido. ¿Cuántos meses podrías vivir si mañana perdieras el empleo?
Ahí empieza el silencio.
Tener bienes de consumo y disponer de patrimonio son asuntos distintos. Un televisor enorme demuestra que tenés una pantalla enorme; para acreditar riqueza hace falta algo más que el control remoto.
La publicidad convirtió el consumo en una señal de estatus y las entidades financieras facilitaron la adquisición de productos antes de contar con el dinero necesario. Así nació una criatura fascinante: el argentino que se siente propietario de un estilo de vida mientras todavía está pagando el anterior.
Cuando llega el resumen de la tarjeta descubre que, en realidad, su principal accionista vive en el banco.
De la casa propia al monoambiente alquilado
Nuestros abuelos soñaban con una casa, un patio y una mesa donde reunir a la familia. Hoy una inmobiliaria puede ofrecerte un ambiente donde la cocina está a treinta centímetros de la cama y describirlo como «experiencia habitacional minimalista».
Minimalista, por supuesto. Si estirás los brazos mientras dormís, abrís la heladera.
El lenguaje inmobiliario merece un estudio independiente. El departamento diminuto es «funcional», la ausencia de comedor se llama «concepto abierto» y la falta de dormitorio constituye una «integración de ambientes». Con semejante creatividad, pronto nos alquilarán un placard y lo anunciarán como residencia de diseño escandinavo.
El acceso a la vivienda se ha convertido en un desafío para numerosos trabajadores que deben destinar buena parte de sus ingresos al alquiler y los servicios. Comprar una propiedad exige una capacidad de ahorro difícil de sostener en condiciones de inestabilidad económica.
Pero siempre aparece algún gurú de las redes sociales para explicar que las nuevas generaciones prefieren no tener casa propia.
Claro. También prefieren respirar oxígeno gratuito, aunque todavía no apareció una empresa suficientemente creativa para venderles una suscripción.
El robot trabajador y el humano descartable
La automatización y la inteligencia artificial están modificando profesiones, industrias y formas de contratación. Una máquina puede fabricar productos y procesar información sin reclamar vacaciones, aguinaldo ni aportes jubilatorios.
Maravilloso. El sueño patronal de la Revolución Industrial, pero con conexión inalámbrica.
Estas tecnologías pueden reducir trabajos agotadores y mejorar la productividad. El conflicto aparece cuando sus beneficios se concentran mientras los trabajadores soportan la incertidumbre laboral.
En Argentina, donde una parte importante de la población ocupada enfrenta informalidad o ingresos insuficientes, la incorporación tecnológica plantea interrogantes sobre capacitación, derechos laborales y distribución de las ganancias.
Una fábrica automatizada puede producir más con menos trabajadores, pero todavía necesita consumidores capaces de comprar lo que fabrica.
El robot cumple su función. La responsabilidad corresponde a quienes deciden cómo organizar el trabajo y distribuir sus beneficios.
Inventar máquinas que nos liberen de tareas agotadoras debería ser una conquista de la humanidad. Convertirlas en una amenaza permanente de desempleo sería una manera bastante miserable de administrar el progreso.
La jubilación y el milagro de sobrevivir hasta cobrar
En Argentina, envejecer puede convertirse en una especialidad contable. Hay jubilados que necesitan calcular cuánto destinar a medicamentos, alimentos, servicios y transporte, procurando que la suma no supere sus ingresos.
Es una disciplina que ninguna universidad enseña, probablemente porque los profesores tampoco sabrían cómo cerrar semejante presupuesto.
La jubilación debería permitir cierta tranquilidad después de décadas de trabajo. Sin embargo, el poder adquisitivo de los haberes ocupa un lugar permanente en las disputas económicas.
A veces, cuando escucho hablar del gasto previsional, tengo la impresión de que los adultos mayores cometieron una imprudencia imperdonable: sobrevivir a su vida laboral.
Qué falta de consideración. Después de trabajar cuarenta años, algunos insisten en seguir vivos.
El pequeño empresario que se creyó el Lobo de Wall Street
Hay comerciantes argentinos que tienen un local, emplean a dos personas y pagan impuestos, pero hablan sobre las necesidades del gran capital con una pasión conmovedora.
Defienden la desregulación como si dirigieran una multinacional. Reclaman libertad económica mientras negocian con proveedores que tienen mucho más poder comercial, enfrentan aumentos de alquiler y descubren que sus clientes ya no llegan a fin de mes.
Ser empresario no convierte automáticamente a nadie en integrante de la élite económica. Un pequeño comercio puede depender de sus ventas semanales, mientras una corporación dispone de financiamiento, reservas y capacidad de negociación.
Pero explicáselo al comerciante que se imagina protagonista de El lobo de Wall Street porque compró una impresora láser y aprendió a decir cash flow.
Querido, ser dueño de una fotocopiadora no te convierte en Jordan Belfort. Podés imitar sus discursos sobre riqueza y éxito empresarial, pero seguís dependiendo de que tus clientes tengan dinero para pagar las copias.
Al capitalismo le encanta hablar de competencia. El detalle es que algunos llegan a la carrera en un Fórmula 1 y otros todavía estamos pagando las zapatillas en doce cuotas.
El clasismo también viaja en transporte público
Hay una contradicción que merece atención: personas que conocen las dificultades económicas pueden reproducir prejuicios contra quienes se encuentran en situaciones todavía más precarias.
El empleado formal desconfía del trabajador informal, el propietario mira por encima del hombro al inquilino y algunos profesionales consideran que su título universitario les confiere superioridad sobre quienes no pudieron estudiar.
Cuando alguien cae en la pobreza, aparece el tribunal de los exitosos.
No se esforzó. Administró mal su dinero. Tuvo demasiados hijos. No quiso progresar.
Qué interesante resulta la sociología cuando la practica alguien que jamás tuvo que elegir entre comprar medicamentos y pagar la electricidad.
El prejuicio de clase ofrece una ilusión de seguridad: creer que la posición económica depende exclusivamente del mérito personal permite imaginar que las dificultades ajenas jamás nos alcanzarán.
Como mujer negra y migrante, conozco demasiado bien esa costumbre de convertir desigualdades estructurales en supuestas deficiencias individuales.
Al pobre le falta voluntad. Al migrante, adaptación. A la persona racializada, mérito. A la mujer, capacidad de organización.
Y al multimillonario, aparentemente, solo le falta otra reducción impositiva para alcanzar la felicidad.
La nostalgia de una Argentina que tampoco era para todos
Cuando escucho hablar de aquella Argentina donde una familia podía comprar una casa con el salario de un trabajador, me pregunto cuántas personas aparecen realmente en esa fotografía.
Durante buena parte del siglo XX, sectores de la población accedieron a mejores condiciones laborales, vivienda y educación. Sin embargo, miembros de pueblos originarios, negros, mujeres, familias migrantes, trabajadores informales, LGBTQ+ enfrentaron obstáculos que rara vez ocupan un lugar central en esos recuerdos.
La nostalgia tiene una capacidad extraordinaria para seleccionar protagonistas.
En el álbum familiar aparecen el automóvil, la casa y los chicos jugando en el patio. Quedan fuera quienes limpiaban esas casas, realizaban trabajos precarios o jamás tuvieron acceso al crédito.
Recuperar condiciones de bienestar resulta necesario, pero también corresponde preguntarnos para quiénes fueron posibles y a quiénes dejaron afuera.
Elver Gacorta, economista de sobremesa
La precariedad económica tiene sus propios predicadores y mi primo Elver Gacorta merece una cátedra.
«Si no podés comprar una casa, alquilá algo más pequeño», aconseja este economista autodidacta, libertario de billetera ajena y presidente vitalicio de la República Nacional de Narnia Trading, cuya actividad productiva consiste en transformar la jubilación de sus abuelos en milanesas con papas fritas.
Elver tiene treinta y pico, vive con sus padres, jamás pagó una factura de luz y habla de meritocracia con una seguridad que ya quisiera Milei explicando su especialización en teoría del crecimiento económico con y sin dinero.
Sostiene que el Estado es una máquina de mantener vagos, aunque su principal fuente de financiamiento es la ANSES, administrada mediante la tarjeta de débito de la abuela.
«Si no conseguís trabajo, emprendé. Si tu emprendimiento fracasa, aprendé programación. Si la inteligencia artificial te reemplaza, reinventate otra vez», sentencia mientras se limpia la mayonesa de la boca.
Y si después de semejante peregrinación económica seguís siendo pobre, Gacorta diagnostica que tu problema es la mentalidad.
Elver sueña con un país sin subsidios, sin impuestos y sin parásitos viviendo del esfuerzo ajeno. El día que falte la abuela, este hijo de puta va a descubrir tres cosas: que la jubilación no se hereda automáticamente, que las milanesas no se reproducen por generación espontánea y que el primer ñoqui que debería revisar sus ingresos lleva treinta años durmiendo en su habitación.
Ahora decime, ¿quién es el Elver Gacorta de tu vida? ¿Ese parásito que predica la meritocracia con más impunidad que Patricia Bullrich atravesando un control de alcoholemia mientras le explica al agente que el alcoholímetro es un invento del kirchnerismo?.
Los últimos escalones de la pirámide tienen color
Hay algo que suele desaparecer de estas discusiones: los negros, marrones e indígenas llevamos siglos soportando desigualdades que atraviesan el trabajo, la educación, la vivienda y el reconocimiento social.
La esclavización, el despojo territorial, el colonialismo y la discriminación racial contribuyeron a construir desventajas transmitidas entre generaciones. La pobreza tiene territorio, género y color, aunque a algunos les incomode que las estadísticas contradigan sus discursos sobre igualdad de oportunidades.
Cuando además sos mujer, migrante o pertenecés a una comunidad históricamente excluida, la escalera del ascenso social viene con varios peldaños menos y un señor blanco arriba explicándote que todo depende de tu esfuerzo.
La interseccionalidad permite comprender cómo se combinan las desigualdades de clase, raza, género y origen. En una crisis económica, sus consecuencias pueden ser especialmente severas para quienes ya enfrentaban barreras de acceso al empleo, al patrimonio y a los servicios.
Lo verdaderamente obsceno es escuchar a ciertos privilegiados lamentarse por la pérdida de un nivel de vida que millones de personas jamás alcanzaron.
Y cuando quienes ocuparon los pisos superiores de la pirámide descubren que también pueden empobrecerse, quienes llevamos generaciones abajo comprobamos que hasta para caer en la miseria existen categorías VIP.
La última cuota del sueño argentino
Tal vez la clase media no esté muerta, sino de parranda, aunque por sus cuentas bancarias parece que la fiesta terminó hace rato. Le prometieron prosperidad, le vendieron estabilidad en cuotas y ahora le explican que perder poder adquisitivo forma parte del progreso.
Lo admirable es su compromiso con el sistema: ya no le alcanza para vivir, pero sigue trabajando para que quienes viven de su trabajo no pierdan calidad de vida.
Mientras tanto, los bancos siguen cobrando intereses, los vencimientos llegan puntualmente y Elver Gacorta continúa dando conferencias sobre libertad económica desde la cocina de su abuela.
El problema es que la tarjeta de crédito jamás respetó las jerarquías sociales.
Y cuando llega el resumen, no pregunta si sos burgués, trabajador o aspirante a millonario.
Te cobra como rico, te deja viviendo como pobre y todavía te ofrece aumentar el límite para que puedas seguir creyéndote de clase media.


























