Los precios mayoristas aumentaron 0,8% en julio y quedaron por debajo del 2,1% del IPC, pero detrás del promedio aparecen aumentos fuertes en energía, productos agropecuarios y distintos insumos industriales. Los bienes nacionales acumulan una suba del 17,2% en siete meses, más del doble que los importados. La diferencia expone uno de los problemas del actual esquema económico: importar resulta relativamente más barato mientras producir en Argentina continúa encareciéndose.
La inflación mayorista dio en julio un número que, visto aisladamente, parece favorable para el Gobierno. El Índice de Precios Internos al por Mayor (IPIM) aumentó 0,8% mensual, bastante menos que el 2,1% registrado por los precios minoristas. Sin embargo, cuando se abre el indicador aparece una fotografía bastante más compleja: en los primeros siete meses de 2026 los precios mayoristas acumularon 16,6% y durante los últimos doce meses aumentaron 31,1%.
La diferencia entre mayoristas y minoristas tampoco significa que el consumidor tenga garantizada una desaceleración semejante durante los próximos meses. El IPIM mide los precios a los que productores e importadores colocan sus bienes en el mercado interno, mientras que el IPC incorpora una canasta distinta y, fundamentalmente, una participación mucho mayor de servicios. Por eso uno puede desacelerar mientras el otro permanece por encima del 2%.
Pero julio dejó un dato especialmente relevante para entender qué está ocurriendo con la estructura productiva: los productos nacionales aumentaron 0,8%, mientras los importados lo hicieron apenas 0,5%.
La diferencia mensual parece pequeña. La acumulada ya no.
Entre enero y julio, los productos fabricados en Argentina aumentaron 17,2%, mientras los importados subieron solamente 8,4%. En doce meses la brecha también es considerable: 31,8% contra 21,3%.
Importar se abarata relativamente frente a producir
Ese diferencial ayuda a entender uno de los principales conflictos que atraviesa actualmente a la industria argentina. No significa que los productos importados estén bajando de precio: también aumentan. Lo que ocurre es que se encarecen mucho más lentamente que los bienes nacionales.
Para una empresa argentina que compite contra productos provenientes del exterior, esa diferencia importa mucho. Mientras el productor local enfrenta aumentos de energía, insumos, salarios, logística, servicios y otros costos domésticos, el importador introduce mercadería cuya evolución de precios viene siendo considerablemente menor.
El resultado es una modificación progresiva de los precios relativos. Un producto extranjero puede ganar competitividad no porque necesariamente sea más eficiente que ayer, sino porque el costo argentino aumenta más rápidamente que el precio de aquello que llega desde afuera.
Esto ayuda a poner en contexto las dificultades que vienen mostrando textiles, metalúrgicas, fabricantes de maquinaria, calzado y otros sectores industriales expuestos simultáneamente a un mercado interno debilitado y una mayor competencia importada.
La apertura comercial puede disciplinar precios en determinados mercados y ampliar la oferta disponible para los consumidores. El problema aparece cuando esa competencia ocurre mientras los costos domésticos permanecen elevados y la producción nacional pierde capacidad para competir. En ese escenario, bajar algunos precios relativos puede tener como contrapartida menos producción y empleo local.
Y hay otro elemento importante: los productos importados representan apenas 7,29% de la ponderación del IPIM, contra 92,71% correspondiente a los nacionales. Por lo tanto, aunque los importados aumenten mucho menos, su capacidad para arrastrar hacia abajo el índice general es limitada.
Energía y agro: lo que el 0,8% esconde
El promedio mayorista también oculta aumentos muy superiores en algunos componentes relevantes para los costos productivos.
La energía eléctrica aumentó 5,8% solamente en julio, el mayor incremento entre los rubros relevados. Los productos agropecuarios avanzaron 3,6%; el tabaco, 3,2%; muebles y otros productos industriales, 2,9%; vehículos, carrocerías y repuestos, 2,7%; y distintos productos metálicos registraron incrementos superiores al 2%.
Alimentos y bebidas aumentaron 1,4%.
Entonces, ¿cómo terminó el IPIM en apenas 0,8%?
Una parte fundamental de la respuesta está en petróleo crudo y gas, cuyos precios cayeron 9,2% durante julio. Ese movimiento tuvo una incidencia negativa de 0,91 puntos porcentuales y compensó buena parte de los aumentos registrados en el resto del índice.
Es un detalle importante. El 0,8% no describe una economía en la que prácticamente todos los precios mayoristas se hayan estabilizado alrededor de ese nivel. Describe un promedio en el que una fuerte caída de petróleo y gas contrarrestó incrementos bastante mayores en otros componentes.
Los productos agropecuarios, por ejemplo, aportaron 0,39 puntos porcentuales al índice; sustancias y productos químicos agregaron 0,19; vehículos y autopartes, 0,17; y alimentos y bebidas, otros 0,16 puntos.
Sin el fuerte movimiento descendente del petróleo y el gas, la fotografía de julio habría sido diferente.
El problema detrás del mostrador
Esta dinámica también permite entender por qué una inflación mayorista del 0,8% no necesariamente termina inmediatamente en una inflación minorista semejante.
Entre la fábrica y la góndola existen salarios, alquileres, transporte, energía, impuestos, logística, servicios financieros y márgenes comerciales. Muchos de esos componentes no forman parte del IPIM de la misma manera que aparecen, directa o indirectamente, en el precio final.
Además, las empresas no trasladan necesariamente sus costos en el mismo mes en que se producen. Pueden absorberlos durante un período, reducir márgenes, utilizar stocks comprados anteriormente o trasladarlos posteriormente.
Por eso el menor aumento mayorista constituye una señal favorable para la inflación futura, pero no permite afirmar por sí solo que los precios minoristas estén a punto de converger al 0,8%.
Construir también volvió a encarecerse
El otro indicador difundido muestra que el costo de la construcción en el Gran Buenos Aires aumentó 2,1% durante julio, exactamente lo mismo que el IPC minorista.
Los materiales subieron 1,6%, mientras la mano de obra y los gastos generales aumentaron 2,5%.
En este caso influyeron el acuerdo salarial de la UOCRA y las actualizaciones de distintos servicios regulados. Los gastos generales incorporaron, entre otras cosas, nuevos valores de electricidad, conexión de gas, agua y cloacas.
La construcción resulta particularmente sensible porque reúne buena parte de los costos que atraviesan la economía real: materiales industriales, salarios, energía, transporte y servicios. Que ese indicador continúe moviéndose alrededor del 2% muestra que la desaceleración tampoco es uniforme.
Una estabilidad con ganadores y perdedores
Los números de julio permiten, entonces, una lectura más profunda que celebrar simplemente un IPIM del 0,8%.
La inflación mayorista está creciendo menos que la minorista y eso constituye un dato favorable para la estrategia antiinflacionaria. Pero simultáneamente los bienes nacionales acumulan 17,2% de aumento en 2026 frente a apenas 8,4% de los importados, la energía eléctrica subió 5,8% en un solo mes y la construcción avanzó 2,1%.
La brecha entre nacionales e importados es probablemente el dato estructural más importante. Puede contribuir a moderar determinados precios mediante la competencia externa, pero también coloca presión adicional sobre una industria que ya enfrenta consumo débil, cierres de empresas y baja utilización de su capacidad instalada.
Ahí aparece la contradicción que el promedio del 0,8% no muestra: el mismo esquema que utiliza importaciones relativamente baratas para disciplinar precios puede deteriorar la competitividad de quienes producen dentro del país si sus costos continúan aumentando mucho más rápido.
La inflación puede bajar y, al mismo tiempo, una fábrica puede quedar fuera de mercado. Estabilizar los precios y abaratar el costo argentino no son necesariamente la misma cosa.

























