El Presidente soñaba con conquistar el Nobel de Economía, pero Demián Reidel reveló un pequeño inconveniente: todavía no terminaron el paper. Milei se consoló diciendo que no hace «macro berreta», sino «equilibrio general intertemporal». En Suecia premiaron a dos economistas que sí tenían el trabajo hecho. Una injusticia: nadie les avisó que en Argentina alcanza con prometer resultados.
Javier Milei no ganó el Nobel de Economía.
¡Qué hijos de puta los suecos!
Le dieron el premio a Robert Hall y Michael Woodford, dos economistas con investigaciones reconocidas, en lugar de entregárselo al Presidente argentino por anticipado.
¿Y saben por qué?
Porque, según explicó Demián Reidel, todavía no terminaron el paper.
¡El tipo quiere revolucionar la ciencia económica y todavía está preguntando si la carátula lleva apellido y división!
En julio, Milei había anunciado: «Habemus paper».
¡Habemus las pelotas!
En octubre apareció Reidel a explicar que todavía lo están escribiendo.
Es como anunciar que descubriste la cura contra el cáncer y después aclarar que por ahora solamente compraste el guardapolvo.
Pero Reidel no perdió la fe.
«Todavía no lo merecemos. Todavía», aseguró.
¡Qué belleza ese «todavía»!
No publicaron el trabajo, no ganaron el premio, pero ya están preparando el discurso de agradecimiento.
Es la primera pareja de investigadores que quiere pasar directamente de «Nuevo documento de Word» a Estocolmo, sin esa molestia burocrática de demostrar algo.
Mientras tanto, Milei fue consultado por los ganadores y decidió explicar por qué los neokeynesianos evolucionaron después de recibir las críticas de Milton Friedman.
Hasta que no aguantó más y lanzó:
«Si hay alguien que sabe de microeconomía, soy yo».
¡Chupate esa mandarina, Academia Sueca!
Veinticinco años enseñando microeconomía, recordó el Presidente.
Y después aclaró que él no hace «macro berreta».
No, señor.
Él hace «equilibrio general intertemporal».
¡Ah, bueno! ¡Ahora entiendo por qué no me alcanza para comer! ¡Yo venía haciendo hambre berreta!
Cuando el jubilado tiene que elegir entre los remedios y la comida, no es pobreza.
Es optimización intertemporal del presupuesto.
Cuando una familia pierde la casa, no es un desalojo.
Es un cambio de domicilio hacia el equilibrio general debajo de un puente.
Y cuando Caputo sale a buscar dólares prestados, no es endeudamiento.
Es una excursión académica para conocer la restricción presupuestaria de otros países.
Lo extraordinario es que Milei pretende cambiar la historia de la economía mientras gobierna un país donde la gente hace cuentas para ver si puede comprar un kilo de carne.
El hombre está tan adelantado a su tiempo que los salarios argentinos todavía no consiguieron alcanzarlo.
Pero no hay que ser injustos.
Cualquiera puede investigar, escribir un paper y aspirar a un Nobel.
Lo raro es festejar el descubrimiento antes de terminar de escribirlo.
Es como inaugurar un hospital sin médicos, cortar la cinta y después explicar que las operaciones van a empezar cuando llegue el quirófano.
Aunque, pensándolo bien, eso último en Argentina ya ni siquiera sería una sátira.
Y hay algo más fascinante.
Reidel explicó que nadie le exige a un presidente ganar el Nobel para no ser considerado un fracaso.
¡Exactamente, Demián!
Con que gobierne razonablemente bien ya nos conformábamos. ¡No hacía falta que se pusiera a competir con Einstein mientras Toto busca dólares abajo del colchón!
Además, Milei tiene una ventaja que los científicos suecos jamás van a comprender.
Si un investigador presenta un trabajo incompleto, se lo devuelven.
Si Milei presenta un programa económico incompleto, lo anuncia por cadena nacional y le echa la culpa al kirchnerismo.
Y si el experimento sale mal, tampoco pasa nada.
El científico pierde prestigio. El Presidente cambia de ministro. Y el pueblo pone los ratones de laboratorio, la jaula y el queso.
Así que paciencia.
Que terminen el paper.
Que lo publiquen.
Que otros economistas lo estudien.
Y que, si realmente revolucionan la disciplina, les den el Nobel.
Pero mientras tanto, alguien debería explicarle a Javier que el premio no se entrega por autoestima.
Porque Milei todavía no terminó el paper, pero ya se siente Premio Nobel.
Y los argentinos todavía no terminamos de pagar su experimento, pero ya sabemos quiénes somos los boludos del laboratorio.
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