En el Congreso sospechan que el Gobierno prepara las condiciones para favorecer al Grupo México, del multimillonario Germán Larrea, en la privatización del Belgrano Cargas. La licitación todavía no fue lanzada, pero ya circulan versiones sobre su posible ganador. Mientras tanto, Salta reclama inversiones, Caputo no pone un peso y los libertarios descubren que el mercado puede competir mucho mejor cuando alguien le reserva el primer puesto.
¡Atención, pasajeros!
El Gobierno de Javier Milei está por inaugurar una nueva maravilla ferroviaria.
Un tren que todavía no tiene concesionario, una licitación que todavía no empezó y un ganador que, según sospechan en el Congreso, ya estaría elegido.
¡La puta madre, qué eficiencia!
¡Estos tipos no pueden garantizar que llegue el tren, pero aparentemente ya saben quién va a cobrar el boleto!
Según publicó La Política Online, fuentes parlamentarias sostienen que el Gobierno estaría dispuesto a modificar las condiciones de la futura licitación del Belgrano Cargas para facilitar la participación del Grupo México, propiedad del magnate Germán Larrea.
Un legislador opositor lanzó una frase maravillosa: «Todavía no se lanzó la licitación pero el gobierno ya sabe que la van a ganar los mexicanos».
Por supuesto, se trata de una sospecha política, no de una adjudicación demostrada. El propio grupo empresario asegura que espera conocer los pliegos definitivos antes de decidir si participa.
Pero si la versión fuera cierta, estaríamos ante una innovación extraordinaria.
¡La primera licitación de la historia donde los competidores se presentan para conocer al ganador!
El Belgrano Cargas es una infraestructura estratégica para transportar producción, conectar provincias y sacar mercancías hacia los puertos.
Y eso explica por qué Gustavo Sáenz viene reclamando inversiones para los ramales que atraviesan Salta.
El gobernador quiere vías en condiciones para que la producción provincial pueda circular.
¡Un caprichoso!
¡Mirá si ahora las provincias van a pretender que los trenes sirvan para transportar cosas!
El problema es que las inversiones reclamadas no aparecieron en el proyecto de Presupuesto 2027, según la información publicada.
Y ahí entró en escena Toto Caputo.
El hombre que encuentra tiempo para negociar con medio planeta, pero cuando le piden arreglar unas vías se convierte en inspector de la austeridad.
Desde Salta reclamaron obras. Santilli habría asumido compromisos durante una conversación telefónica. Y Economía mantuvo el freno presupuestario.
¡Hermoso trabajo en equipo!
Uno promete, el otro no paga y el tercero explica que el Estado es el problema. ¡Son los Tres Chiflados, pero con responsabilidad sobre la infraestructura nacional!
Mientras tanto, el Grupo México aparece como uno de los interesados en el negocio ferroviario.
Según las versiones recogidas por LPO, la empresa habría planteado objeciones a un esquema de concesión dividido entre vías, talleres y material rodante, así como al sistema de acceso abierto a la infraestructura.
También se le atribuye resistencia a hacerse cargo de servicios de pasajeros.
Es decir, querría concentrarse en la parte del negocio que considera rentable.
¡Qué descubrimiento!
El empresario quiere quedarse con lo que da ganancias y dejarle a otro lo que cuesta plata. ¡Un genio! ¡Inventó el capitalismo antes que Adam Smith!
Y acá aparece la pregunta importante.
Si el ferrocarril es estratégico para las economías regionales, ¿las condiciones de su explotación deben organizarse alrededor de las necesidades productivas de la Argentina o de las preferencias comerciales de un posible concesionario?
Porque privatizar no significa necesariamente mejorar.
Y mucho menos si el Estado termina absorbiendo las inversiones costosas mientras el privado administra los tramos más rentables.
Eso no sería achicar el Estado. Sería convertirlo en el padre que paga el departamento mientras el hijo se queda con el alquiler.
El detalle político tampoco es menor.
En medio de las negociaciones por el DNU 70/23, los diputados salteños Pablo Outes y Bernardo Biella aparecían como posibles participantes de la sesión convocada por la oposición.
Y el ferrocarril pasó a ocupar un lugar central en las conversaciones entre la provincia y la Casa Rosada.
¡Qué coincidencia ferroviaria!
Cada vez que el Gobierno necesita apoyo parlamentario, descubre una obra pública que hasta cinco minutos antes era una herejía fiscal.
¡La motosierra no cortó las vías: las dejó guardadas para cuando hubiera que negociar diputados!
Pero lo más fascinante es la contradicción ideológica.
Milei construyó buena parte de su discurso prometiendo terminar con los privilegios, la intervención política y los negocios arreglados desde el Estado.
Por eso, si efectivamente se modificaran pliegos para favorecer a un interesado, sería exactamente el tipo de práctica que el Presidente prometió combatir.
No hay pruebas suficientes para afirmar que eso ya ocurrió. Precisamente por eso será fundamental conocer los pliegos, los criterios de evaluación y las obligaciones de inversión antes de sacar conclusiones.
Porque el Belgrano Cargas no es un juguete para millonarios.
Es una herramienta de desarrollo para provincias que necesitan producir, transportar y competir.
Y si el negocio termina diseñado para beneficiar a un empresario antes que al país, los argentinos tendremos motivos para preguntar qué ganamos nosotros.
Por ahora, el tren de la libertad económica tiene una particularidad: no sabemos cuándo sale, cuánto costará arreglarlo ni quién va a manejarlo.
Pero en el Congreso sospechan que el boleto de primera clase ya tiene nombre y apellido.
Y lo peor es que, si las sospechas se confirman, el magnate viajará en primera, el Estado pagará las vías y los argentinos seguiremos esperando en el andén, como unos pelotudos, el tren de la prosperidad que Milei nos prometió.



























