El vocero Adrián Ravier pidió a los periodistas que le den «una mano» al Gobierno y eviten presentar la política universitaria como un ajuste o un incumplimiento de la ley de financiamiento. Mientras la Justicia exige aplicar la norma y las universidades reclaman recursos, el oficialismo encontró una solución revolucionaria: no cambiar la realidad, sino pedir que nadie la cuente.
¡Atención, periodistas argentinos!
El Gobierno de Javier Milei acaba de descubrir la solución definitiva para terminar con el malhumor social.
No hace falta mejorar los salarios, financiar las universidades ni cumplir las leyes que molestan.
¡Hay que dejar de contar las cosas que hacen enojar a la gente!
La brillante propuesta llegó de Adrián Ravier, vocero oficial, que pidió una ayudita al periodismo porque, según explicó, cuando los medios dicen que el Gobierno está en contra de las universidades públicas o incumple la ley de financiamiento, «la gente se enoja».
¡Y claro, Adrián!
¡Qué falta de consideración!
¡Uno se mata haciendo un ajuste y vienen estos hijos de puta con una cámara a mostrarlo!
Ravier sostuvo que no es cierto que el Gobierno incumpla la Ley de Financiamiento Universitario. Afirmó que la norma está «interrumpida» y mencionó un fallo judicial.
El pequeño inconveniente es que, según la información publicada, la resolución judicial precisamente exige que el Gobierno cumpla con la ley.
¡Una maravilla jurídica!
Para el oficialismo, la Justicia funciona como el VAR: si el fallo no te gusta, lo mirás de nuevo hasta que aparezca un penal a favor.
Pero lo más hermoso fue el pedido de colaboración a los periodistas.
Sí, a los mismos periodistas que Milei insulta habitualmente y que incluye en su particular índice de odio presidencial.
¡Qué reconciliación emocionante!
Ayer eran enemigos de la libertad, operadores y basura humana.
Hoy son compañeros indispensables para mejorar la comunicación oficial.
Es como que tu ex te prenda fuego la casa y después te pida que le prestes la manguera porque se le está quemando el auto.
Ravier no pidió que se investigara mejor una cifra concreta ni presentó, en las declaraciones reproducidas, una explicación presupuestaria detallada que permitiera despejar el conflicto.
Pidió que se cambiara el foco.
¡Ahí está!
El problema no es el financiamiento universitario.
El problema es el foco.
¡Que alguien desenchufe la cámara, carajo, que se nos está viendo el ajuste!
Y la propuesta tiene aplicaciones extraordinarias.
Si aumenta el desempleo, no digamos «desocupados». Digamos «argentinos disfrutando de una pausa laboral no remunerada».
Si un jubilado no puede comprar medicamentos, no hablemos de pobreza. Hablemos de «administración creativa de la longevidad».
Si una universidad no tiene recursos suficientes, no digamos «desfinanciamiento».
¡Digamos que está haciendo un máster en supervivencia extrema, modalidad presencial y sin calefacción!
Porque la educación pública necesita exigencia, como bien señaló Ravier.
¡Por supuesto!
Los estudiantes tienen que esforzarse.
Los profesores tienen que enseñar.
Los investigadores tienen que investigar.
Y los funcionarios, aparentemente, tienen que aprobar una sola materia: Introducción a Cómo Echarle la Culpa al Periodista.
El vocero también cuestionó la marcha federal universitaria y preguntó si se trataba de una movilización política o de una protesta por la educación.
¡Qué pregunta profunda!
Porque resulta que reclamar el cumplimiento de una ley votada por el Congreso también es una acción política.
Como lo es aprobar un presupuesto, vetar una norma o decidir cuánto dinero recibe una universidad.
¡La política es una porquería cuando la hacen los estudiantes, pero una ciencia exacta cuando la hace Toto con la calculadora!
Y atención: Ravier pidió discutir la calidad educativa, la formación docente y la responsabilidad de las provincias.
Son debates legítimos.
El detalle es que no reemplazan la obligación de explicar cómo se financian las universidades nacionales ni qué ocurre con una ley cuya aplicación está judicializada.
Es como que el dueño de un restaurante no les pague a los cocineros y, cuando protestan, les organice una charla sobre la importancia de la gastronomía francesa.
Mientras tanto, la controversia llegó también al terreno penal: Gabriel Solano presentó una denuncia contra Milei y Caputo por el presunto incumplimiento de una medida judicial. La presentación es una acusación que deberá ser evaluada por la Justicia, no una condena.
Pero en el universo de Ravier, todo sería mucho más sencillo si los periodistas se dedicaran a concientizar a la población de que la verdadera batalla es otra.
¡Perfecto!
Propongo entonces un nuevo manual de comunicación gubernamental.
Cuando haya una protesta, no informemos cuántas personas marcharon.
Cuando haya una ley incumplida, no expliquemos qué ordenó la Justicia.
Y cuando un funcionario diga una barbaridad, no reproduzcamos sus palabras.
¡Así, en dos semanas, el Gobierno alcanza el cien por ciento de aprobación! ¡Total, los que están en contra no salen en televisión!
Lo más preocupante no es que un funcionario cuestione una cobertura periodística. Tiene todo el derecho de hacerlo.
Lo preocupante es la idea de que informar sobre un conflicto constituye un problema porque puede provocar enojo social.
Porque la función del periodismo no es mantener contento al Gobierno.
Es contar lo que ocurre, incluso cuando al poder le resulta incómodo.
Y si una noticia genera indignación, quizá convenga revisar primero los hechos que la originaron.
Aunque entiendo la desesperación oficial.
Debe ser agotador gobernar un país donde la gente insiste en enterarse de lo que le hacen.
Por eso tengo una propuesta para Ravier.
Si no quiere que los periodistas hablen del ajuste universitario, hay una solución mucho más efectiva que pedirles silencio.
¡Que el Gobierno cumpla con la ley, Adrián!
Porque si para que la gente no se enoje hay que ocultarle lo que está pasando, el problema no es el periodismo.
El problema es que Milei prometió una revolución educativa y ahora necesita que los periodistas hagan de profesores particulares para enseñarle al pueblo a no darse cuenta de que lo están cagando.



























