Un relevamiento de la UTT y el Centro de Estudios de la Tierra sobre 340 productores del cinturón hortícola de La Plata encontró que el 92,3% tiene deudas pendientes y el 49,6% recurrió al crédito para alimentos y necesidades familiares. El 65,9% ya pidió otra deuda para pagar una anterior. La crisis desnuda una paradoja brutal: quienes abastecen de verduras las ciudades venden barato, compran caro y terminan financiando su propia supervivencia.
Argentina llegó a una contradicción difícil de explicar únicamente con indicadores macroeconómicos: familias que producen alimentos necesitan endeudarse para poder comer.
El dato no es una metáfora. Surge del relevamiento realizado por la Unión de Trabajadores y Trabajodoras de la Tierra (UTT) junto con su Centro de Estudios de la Tierra (CET) entre 340 productores y productoras del cinturón hortícola de La Plata. El 92,3% declaró tener una deuda o crédito pendiente de pago.
La cifra obliga, además, a corregir una formulación que circuló en algunas publicaciones: no son tres de cada cuatro según el relevamiento completo, sino más de nueve de cada diez de las personas encuestadas.
Y el problema más profundo aparece cuando se pregunta para qué se endeudan.
El 58,5% utilizó créditos para afrontar gastos productivos, exclusivamente o combinados con gastos domésticos. Pero el 49,6% recurrió al endeudamiento para comprar alimentos y cubrir necesidades cotidianas de su propia familia.
El crédito dejó entonces de cumplir exclusivamente una función productiva —comprar semillas, herramientas, fertilizantes, ampliar un invernadero o financiar una cosecha— para transformarse también en una extensión artificial del ingreso familiar.
El productor vende alimentos, pero su ingreso no alcanza para comprarlos.
Ese es el centro económico y social del problema.
De financiar la producción a financiar la supervivencia
El endeudamiento agropecuario no constituye por sí mismo una anomalía. Buena parte de la actividad agrícola necesita crédito porque existe una distancia temporal entre realizar la inversión, producir, cosechar y finalmente cobrar.
La alarma aparece cuando la deuda deja de anticipar producción futura y empieza a sustituir ingresos presentes.
Los datos muestran precisamente esa transformación.
El 72,4% de los productores relevados lleva menos de un año endeudado, lo que indica que una parte importante del fenómeno es reciente. Pero todavía más significativo resulta comprobar qué sucede cuando llega el momento de pagar: el 65,9% tuvo que tomar una nueva deuda para cancelar una anterior y el 27,6% debió hacerlo varias veces.
Es decir, la deuda ya no necesariamente se extingue con el siguiente ciclo productivo.
Se refinancia.
Un crédito paga otro crédito. El ingreso siguiente queda comprometido antes de llegar. Y la familia vuelve a pedir dinero para financiar aquello que ya no puede cubrir porque una parte de sus recursos está destinada a cancelar obligaciones anteriores.
Eso constituye una espiral de endeudamiento.
Y cuando el crédito financia comida, alquiler, servicios e insumos simultáneamente, desaparece incluso la separación tradicional entre economía doméstica y economía productiva.
La quinta y la casa pasan a compartir la misma caja.
El problema no es cuánto producen, sino cuánto reciben
Otro dato permite entender por qué ocurre.
Cuando se preguntó cuál era el principal obstáculo para pagar las deudas, el 38,2% señaló los bajos precios de venta. Luego aparecen la insuficiencia de ingresos, con 19,5%; el aumento de los insumos, con 15,4%; y los problemas productivos o climáticos, con 13,8%.
Entre quienes se endeudaron exclusivamente para sostener la producción, el diagnóstico es todavía más contundente: el 56% responsabilizó a los bajos precios recibidos por lo que produce.
Ahí aparece una de las claves estructurales del sistema alimentario argentino.
El precio que paga una persona por una verdura en una góndola no es necesariamente el precio que recibe quien la cultivó.
Entre ambos extremos aparecen transporte, logística, intermediación, mercados concentradores, comercialización minorista, pérdidas, alquileres y márgenes empresariales.
Por eso puede producirse una situación aparentemente absurda: los alimentos pueden resultar caros para quien los compra y baratos para quien los produce al mismo tiempo.
No existe contradicción económica.
Existe una disputa por quién captura el valor entre la quinta y la mesa.
La propia UTT advierte que los precios que reciben numerosos productores no permiten cubrir costos mientras el precio final de los alimentos aumenta y una parte considerable de esa diferencia queda fuera del productor primario.
La deuda ya entró en la billetera virtual
La composición de los acreedores revela otra transformación.
Los bancos concentran el 35,8% de las menciones de deuda, pero prácticamente el mismo porcentaje —35%— corresponde a préstamos de familiares o conocidos.
Y las billeteras virtuales como Mercado Pago aparecen mencionadas por 21,1% de los productores, junto con otros acreedores no tradicionales.
El dato resulta económicamente relevante porque muestra que el problema excede al sistema bancario.
Cuando una familia productora no consigue resolver su necesidad de liquidez con sus ingresos o con crédito productivo accesible, comienza a desplazarse hacia cualquier fuente disponible: banco, tarjeta, familiar, billetera digital o préstamo informal.
El teléfono celular termina funcionando como ventanilla financiera de emergencia.
La ventaja es la velocidad.
El riesgo es el costo.
Y cuando ese dinero no se utiliza para una inversión que generará un rendimiento futuro sino para comprar comida o cancelar una deuda anterior, el crédito deja de aumentar capacidad productiva y comienza a absorber ingresos futuros.
Quién gana y quién pierde
Los primeros perdedores son evidentes: las familias productoras.
Asumen el riesgo climático, los costos de semillas, agroquímicos, combustible, transporte, herramientas y arrendamientos; realizan el trabajo y, sin embargo, pueden terminar el ciclo productivo sin obtener ingresos suficientes para reproducir simultáneamente la quinta y la vida familiar. La UTT identifica precisamente esos costos entre las presiones que enfrentan los productores. Utt
Pierden también los consumidores si la desaparición de pequeños productores termina aumentando la concentración.
Y pierde el conjunto de la economía cuando una familia abandona la actividad, porque no desaparece únicamente una explotación: se pierde conocimiento productivo, trabajo rural y capacidad local de abastecimiento.
La UTT advierte expresamente sobre ese riesgo: cuando una familia abandona la producción, avanza la concentración económica del sistema alimentario.
En el otro extremo aparecen actores con mayor capacidad para capturar renta o administrar la escasez de liquidez: entidades financieras y plataformas que cobran por financiar; intermediarios con capacidad para imponer condiciones de compra; grandes operadores con mayor espalda para resistir márgenes estrechos; y actores concentrados capaces de negociar precios en condiciones muy distintas a las de una familia que necesita vender una cosecha perecedera.
Pero sería incorrecto concluir a partir de este relevamiento que todo intermediario, banco o plataforma obtiene necesariamente ganancias extraordinarias. El estudio no mide sus balances. Lo que sí demuestra es una asimetría: el productor necesita vender y, muchas veces, necesita endeudarse; otros actores de la cadena poseen mayor capacidad para decidir cuándo compran, cuánto financian y bajo qué condiciones.
El problema también es la tierra
El Centro de Estudios de la Tierra no funciona como una consultora externa: es un espacio impulsado por la propia UTT para producir conocimiento sobre el modelo agroalimentario, comercialización, soberanía alimentaria y distribución y acceso a la tierra, articulando saber campesino e investigación.
Ese último punto resulta decisivo.
Para buena parte de la agricultura familiar, producir no significa necesariamente ser propietaria de la tierra que trabaja. Cuando existe arrendamiento, el productor debe incorporar ese costo antes incluso de sembrar.
Así, una política alimentaria no puede limitarse a observar cuánto cuesta una lechuga en el supermercado. Tiene que preguntar quién posee la tierra, quién produce, quién fija el precio de origen, quién transporta, quién comercializa y quién captura el margen final.
La discusión sobre el endeudamiento termina inevitablemente convirtiéndose en una discusión sobre el modelo agroalimentario.
Una crisis que puede terminar modificando quién produce los alimentos
El peligro de estos números no está solamente en la deuda actual.
Está en lo que puede ocurrir después.
Una familia puede endeudarse durante una temporada mala y recuperarse. Pero cuando 65,9% de los productores endeudados necesita tomar otra deuda para cancelar la anterior, el problema deja de parecer transitorio.
Si la ecuación se prolonga, las alternativas se reducen: achicar producción, postergar inversiones, vender herramientas, abandonar cultivos, buscar otro ingreso o directamente dejar la actividad.
Y allí el endeudamiento privado adquiere una dimensión política.
Porque la salida de pequeños productores puede significar mayor concentración de la producción y comercialización de alimentos, exactamente el proceso que la UTT advierte como consecuencia de la crisis.
El debate, entonces, no es solamente cómo rescatar a familias endeudadas.
Es quién producirá los alimentos argentinos dentro de diez años.
La paradoja final
Argentina tiene uno de esos problemas económicos que se comprenden mejor mirando una mesa que una planilla.
Una familia prepara la tierra, compra semillas, planta, riega, combate plagas, cosecha, clasifica, carga cajones y pone verduras en circulación.
Después vende.
Y cuando llega a su casa descubre que necesita pedir dinero prestado para llenar su propia heladera.
El dato más brutal del informe no es entonces el 92,3% de endeudamiento.
Ni siquiera el 65,9% que pidió otra deuda para pagar la anterior.
Es ese 49,6% que produce alimentos y tuvo que endeudarse para cubrir alimentos y necesidades cotidianas.
Porque cuando quienes alimentan al país necesitan crédito para comer, la crisis ya no está solamente en el bolsillo del productor: está en la estructura misma de la cadena alimentaria.



























