Entre enero de 2025 y abril de 2026, la compra de dólares para atesoramiento y la remisión de utilidades al exterior alcanzaron casi USD 60.000 millones. La cifra equivale al 69% de toda la fuga registrada durante el gobierno de Mauricio Macri y supera ampliamente los dólares liquidados por el complejo agroexportador en el mismo período.
La estabilidad cambiaria es el principal argumento que utiliza el gobierno de Javier Milei para defender su programa económico. La desaceleración de la inflación, el dólar relativamente controlado y la recuperación de algunos activos financieros son presentados como evidencia de que el rumbo elegido funciona. Sin embargo, detrás de esa aparente tranquilidad aparece un problema que vuelve a repetirse en la historia económica argentina: los dólares entran, pero no se quedan.
Los datos del Banco Central muestran que desde la flexibilización del cepo para personas humanas, anunciada en abril de 2025, la demanda de divisas para atesoramiento creció a una velocidad que empieza a encender alarmas incluso entre economistas cercanos al mercado. Entre todo 2025 y los primeros cuatro meses de 2026, los ahorristas compraron USD 50.172 millones en el mercado oficial. Si se agregan las utilidades remitidas al exterior por grandes empresas y otros mecanismos de formación de activos externos, la cifra se acerca a los USD 60.000 millones.
Para comprender la magnitud del fenómeno conviene ponerlo en perspectiva histórica. Durante los cuatro años del gobierno de Mauricio Macri, la fuga total de capitales alcanzó aproximadamente USD 86.200 millones. Esto significa que en apenas dieciséis meses el actual esquema económico ya acumuló cerca del 70% de aquella cifra récord.
La comparación no es casual. Ambos procesos comparten características centrales: un tipo de cambio relativamente atrasado respecto de la inflación, tasas de interés elevadas que incentivan inversiones financieras de corto plazo y una apertura creciente del mercado cambiario. En términos económicos, se trata de un modelo basado en la valorización financiera.
El mecanismo funciona de manera relativamente simple. Los inversores ingresan dólares, los transforman en pesos para aprovechar tasas de interés elevadas y posteriormente vuelven a dolarizarse obteniendo ganancias en moneda dura. Mientras exista confianza en la estabilidad cambiaria, el negocio resulta atractivo. El problema aparece cuando esos dólares comienzan a salir más rápido de lo que ingresan.
Los números muestran que ese fenómeno ya está ocurriendo.
Entre abril de 2025 y abril de 2026, los ahorristas compraron más dólares que los que aportó el principal sector generador de divisas de la economía argentina. Mientras las personas adquirieron USD 50.172 millones para atesoramiento, el complejo cerealero y aceitero liquidó alrededor de USD 39.500 millones.
La diferencia es importante porque revela una contradicción estructural del modelo económico. El Gobierno necesita dólares para sostener el atraso cambiario, pagar deuda, financiar importaciones y acumular reservas. Pero simultáneamente impulsa un esquema que estimula la compra de divisas por parte del sector privado.
En otras palabras, los dólares que ingresan por exportaciones, endeudamiento o inversiones financieras encuentran rápidamente una vía de salida.
Este fenómeno ayuda a explicar por qué el Banco Central sigue enfrentando dificultades para acumular reservas pese a haber obtenido superávit comercial energético, financiamiento internacional y un fuerte ingreso de capitales financieros.
El propio Luis Caputo reconoció recientemente que el desafío no es conseguir dólares sino retenerlos.
La afirmación resulta reveladora porque expone una de las principales debilidades del programa económico actual. Argentina no enfrenta únicamente un problema de generación de divisas. Enfrenta un problema de permanencia de esas divisas dentro del sistema económico.
La cuestión adquiere una dimensión aún más compleja cuando se observa el contexto productivo.
Actualmente la relativa estabilidad cambiaria se sostiene en parte por una fuerte caída de las importaciones. Pero esa reducción no responde a un salto de competitividad ni a una sustitución eficiente de compras externas. Es consecuencia directa de la recesión que afecta a sectores industriales, comerciales y de la construcción.
Cuando la actividad económica se recupera, las empresas necesitan importar maquinaria, insumos, repuestos y tecnología. Es decir, demandan más dólares. Si la economía creciera de manera sostenida, la presión sobre el mercado cambiario sería significativamente mayor.
Por eso numerosos economistas sostienen que el actual esquema funciona mientras la actividad permanezca relativamente deprimida.
La situación se vuelve más delicada al analizar los compromisos financieros futuros. Durante 2027 Argentina deberá afrontar vencimientos de deuda por aproximadamente USD 23.600 millones de capital. Si se suman intereses, la cifra supera los USD 32.000 millones.
Esos pagos coincidirán con un año electoral, un contexto históricamente asociado a una mayor dolarización de carteras por parte de empresas y particulares.
El desafío para el Banco Central será entonces doble: acumular reservas suficientes para afrontar la deuda y, al mismo tiempo, abastecer una demanda privada de dólares que difícilmente disminuya mientras persista la percepción de atraso cambiario.
Aquí aparece otra cuestión fundamental para entender el problema.
Muchos funcionarios presentan la compra de dólares por parte de los ahorristas como una señal de normalización económica. Sin embargo, desde una perspectiva macroeconómica, la dolarización masiva del ahorro implica que recursos que podrían destinarse a inversión productiva terminan inmovilizados o salen del país.
Diversos estudios muestran que los argentinos destinan una proporción extraordinariamente alta de sus excedentes al ahorro en moneda extranjera. Según estimaciones de IDESA basadas en datos del Banco Central, entre 2004 y 2025 la compra de dólares representó en promedio el 2,2% del Producto Bruto Interno por año, mientras que la inversión en equipos productivos apenas alcanzó el 6,9%.
Dicho de otra forma, por cada tres pesos invertidos para ampliar la capacidad productiva del país, uno terminó transformado en ahorro dolarizado.
La consecuencia es una economía que encuentra dificultades crónicas para financiar crecimiento, innovación y generación de empleo de calidad.
El problema no es nuevo. Tampoco es exclusivo del actual gobierno. Forma parte de una característica histórica de la economía argentina. Lo novedoso es la velocidad con la que el fenómeno volvió a expandirse.
Mientras el Gobierno celebra la desaceleración inflacionaria y la estabilidad financiera, los datos muestran que la salida de divisas crece a un ritmo difícil de sostener en el tiempo. La experiencia argentina indica que cuando la demanda privada de dólares supera persistentemente la capacidad de generación de divisas, el sistema termina enfrentando tensiones cambiarias.
Por ahora, el ingreso de fondos financieros, la deuda externa, el superávit energético y la recesión ayudan a sostener el equilibrio. Pero la pregunta que comienza a inquietar a economistas y analistas es cuánto tiempo puede mantenerse un esquema donde los dólares ingresan por una puerta y salen casi inmediatamente por otra.
Porque detrás de los discursos sobre estabilidad, riesgo país y mercados financieros, sigue vigente la vieja pregunta que atraviesa la historia económica argentina: ¿de dónde saldrán los dólares para sostener el modelo cuando la demanda privada continúe creciendo y las obligaciones externas comiencen a acumularse?
Esa incógnita, más que la inflación o incluso el déficit fiscal, parece convertirse nuevamente en el principal desafío del programa económico de Javier Milei y Luis Caputo.



























