Los servicios ya representan el 63% del Producto Bruto Interno y concentran el 72,5% del empleo argentino. Mientras la industria aporta apenas el 11,8% de los puestos de trabajo y pierde peso relativo desde hace cinco décadas, crece una economía basada en actividades de baja productividad que dificulta la recuperación de los salarios y limita la generación de dólares.
Durante décadas la Argentina se pensó a sí misma como un país industrial. La imagen de las fábricas, las chimeneas, los parques industriales y los grandes complejos manufactureros ocupó un lugar central en el imaginario económico nacional. Sin embargo, los datos actuales muestran una realidad muy distinta: la economía argentina se transformó en una economía de servicios.
El cambio no es solamente estadístico. Modifica la calidad del empleo, la capacidad de generar riqueza, la posibilidad de exportar y, sobre todo, el nivel de ingresos de millones de trabajadores.
Según un análisis elaborado por Fundar, las actividades de servicios explican actualmente el 63% de toda la riqueza producida en el país, mientras que los sectores productores de bienes físicos —industria, agro, construcción y minería— representan apenas el 37% restante.
Pero el dato más impactante aparece cuando se analiza el empleo.
El 72,5% de los trabajadores argentinos desarrolla actividades vinculadas a los servicios. Dicho de otra manera, casi tres de cada cuatro personas ocupadas trabajan en comercios, educación, salud, gastronomía, transporte, logística, servicios personales, administración, tecnología o actividades profesionales.
Solamente el 27,5% se desempeña en actividades productoras de bienes.
La cifra refleja una transformación estructural de la economía argentina que se viene consolidando desde hace más de cuarenta años y que hoy plantea interrogantes profundos sobre el futuro del desarrollo nacional.
Para comprender la magnitud del fenómeno hay que observar dónde trabajan los argentinos.
El comercio aparece como el principal empleador del país con el 17,7% del total de los puestos laborales, equivalente a cerca de 3,9 millones de personas. Le siguen salud y servicios personales con el 12,3% y el sistema educativo con el 10,2%.
En contraste, la industria manufacturera genera apenas el 11,8% del empleo nacional. La construcción aporta el 8,2% y el sector agropecuario apenas el 6,4%.
Lo que muestran estos números es que la Argentina ya no vive principalmente de producir bienes. Vive de vender servicios.
El problema es que no todos los servicios son iguales.
Un ingeniero de software que exporta conocimiento genera un nivel de productividad muy distinto al de un trabajador informal que vende productos en la vía pública o realiza tareas de subsistencia. Ambos pertenecen al universo de los servicios, pero producen riqueza de manera completamente diferente.
Ahí aparece uno de los principales desafíos de la economía argentina.
La productividad mide cuánta riqueza genera cada trabajador. Cuando un sector emplea mucha gente pero produce relativamente poco valor agregado, la productividad resulta baja. Y cuando la productividad es baja, los salarios suelen ser bajos.
Eso es exactamente lo que ocurre en buena parte del mercado laboral argentino.
Los servicios concentran el 72,5% del empleo pero generan el 63% del Producto Bruto Interno. Esa diferencia revela que gran parte de los puestos laborales creados en el sector corresponden a actividades de baja productividad relativa.
La consecuencia es directa: millones de trabajadores quedan atrapados en ocupaciones que generan pocos ingresos y tienen escasas posibilidades de crecimiento salarial.
El ejemplo más extremo es el trabajo doméstico.
El servicio doméstico explica el 7,4% del empleo nacional, pero aporta menos del 1% del Producto Bruto Interno. Esto significa que absorbe una enorme cantidad de mano de obra, pero genera un valor económico relativamente reducido. Como resultado, los salarios suelen ubicarse entre los más bajos de toda la economía.
La construcción presenta una lógica similar. Emplea al 8% de los trabajadores, pero genera menos del 5% de la riqueza nacional.
En el extremo opuesto aparecen sectores como petróleo y minería.
Estas actividades representan apenas una fracción mínima del empleo argentino, menos del 1%, pero generan alrededor del 4,2% del PIB. Su elevada productividad explica por qué los salarios del sector suelen ubicarse muy por encima del promedio nacional.
La discusión de fondo es mucho más importante que una simple fotografía del mercado laboral.
Lo que está en juego es el modelo de desarrollo económico del país.
Las economías más avanzadas del mundo también tienen una fuerte presencia de servicios. Estados Unidos, Alemania o Japón poseen enormes sectores terciarios. La diferencia es que gran parte de esos servicios están asociados a actividades tecnológicas, científicas, financieras o profesionales de alta productividad.
Argentina enfrenta una situación distinta.
Las ramas de alta intensidad tecnológica representan apenas el 11,9% del Producto Bruto Interno y generan solamente el 8,5% del empleo. Son cifras similares a las de Brasil o Colombia, pero considerablemente inferiores a las observadas en los países de la OCDE, donde la economía del conocimiento ocupa un lugar mucho más relevante.
El resultado es una economía que genera empleo, pero con dificultades para generar ingresos elevados.
A esto se suma otro problema histórico: los dólares.
Aunque los servicios dominan la producción y el empleo, los bienes siguen siendo responsables del 84% de las exportaciones argentinas. Desde la década de 1970, la estructura exportadora del país continúa dependiendo fundamentalmente del agro, la industria, la minería y la energía.
Esto significa que la economía puede emplear cada vez más personas en servicios, pero sigue necesitando sectores productores de bienes para conseguir las divisas que permiten financiar importaciones, pagar deuda externa y sostener el funcionamiento general del sistema económico.
Por eso la pérdida de peso relativo de la industria genera preocupación entre numerosos economistas.
La producción manufacturera argentina multiplicó su tamaño casi cincuenta veces entre 1900 y 2022. Sin embargo, su período de expansión más vigorosa terminó hacia mediados de la década de 1970. Desde entonces, la industria crece más lentamente que el conjunto de la economía y pierde participación relativa frente a otros sectores.
La consecuencia es una economía cada vez más orientada a actividades intensivas en trabajo, pero no necesariamente en productividad.
Detrás de esa transformación aparecen algunos de los principales problemas económicos actuales: salarios estancados, informalidad elevada, baja inversión tecnológica y dificultades crónicas para generar dólares.
La Argentina no enfrenta solamente una discusión sobre cuánto crece la economía. Enfrenta una discusión sobre qué tipo de economía está creciendo.
Porque no es lo mismo crear empleo en software, biotecnología o ingeniería que hacerlo en actividades de baja productividad. No es lo mismo exportar conocimiento que depender exclusivamente de materias primas. Y no es lo mismo construir una economía capaz de generar salarios altos que una donde millones de personas trabajan cada vez más para ganar relativamente menos.
Los datos muestran que el país ya completó una transición silenciosa hacia una economía de servicios. La pregunta que queda abierta es si esos servicios serán capaces de generar la productividad, los salarios y los dólares que la Argentina necesita para romper décadas de estancamiento económico.


























