El libro reúne voces afrodescendientes, originarias y disidentes en una propuesta que cruza literatura, política y memoria. Su impulsora reflexiona sobre el proceso colectivo, los silencios históricos y el lugar del afrofeminismo hoy. Una entrevista en profundidad sobre identidad, representación y disputa cultural.
Nota realizada para la Agencia Noticias Argentinas por el periodista Martín Sassone
En un escenario cultural atravesado por disputas sobre representación, memoria e identidad, “Aquelarre de Negras: Unidas por la lucha” emerge como una intervención que desborda los márgenes de la literatura para instalarse como un proyecto político-cultural. La obra, que reúne voces afrodescendientes, originarias y disidentes, no se presenta como una antología tradicional, sino como un espacio colectivo de enunciación que cuestiona tanto los silencios históricos como las estructuras de poder que los sostienen.
En diálogo con Noticias Argentinas, su impulsora, Melina Schweizer, profundiza en el proceso de creación del libro, sus tensiones internas y su lugar dentro de las luchas contemporáneas en América Latina. Sus respuestas permiten entender que lo que está en juego no es solo un proyecto editorial, sino una forma de disputar sentidos.

Aquelarre de negras se presenta como algo más que un libro de poesía. ¿En qué momento sentiste que el proyecto se convertía en un acto político-cultural colectivo?
Creo que el momento en que Aquelarre de Negras se vuelve un acto político-cultural colectivo es cuando entendemos quiénes estábamos construyendo ese espacio y desde qué lugares lo hacíamos.

No éramos un grupo homogéneo de “poetas”. Éramos mujeres de distintas disciplinas, territorios y experiencias de vida que, en plena pandemia, empezamos a cuestionar juntas nuestro lugar en la literatura. Ahí convivían una cirujana plástica como Karem Candelario, una estudiante de Psicología como Diana Tejada, una ingeniera en formación como Isis Yael Amador Campusano, una diseñadora gráfica e ilustradora como Isabella Quiñonez Trujillo, una docente Laura Alcántara Cornielle, una poeta y activista de la comunidad LGBT Agatha Brooks, una poeta periférica dominicana Alicia Méndez Medina, y en mi caso desde el periodismo y la escritura.
Ese cruce de profesiones, militancias y saberes hizo que el proyecto dejara de ser solamente literario. Porque cada una traía no solo su voz poética, sino también su historia, su cuerpo, su forma de habitar el mundo. Y en ese encuentro apareció algo más profundo: la necesidad de nombrarnos en primera persona.

En medio del aislamiento global, mientras todo parecía fragmentarse, nosotras estábamos haciendo lo contrario: tejiendo comunidad, memoria y pensamiento crítico. Preguntándonos por qué nuestras voces no estaban en la literatura, quiénes habían decidido eso y qué pasaba cuando dejábamos de pedir permiso.
Y en ese tejido hay una figura fundamental: Paula Margarita Gudiño, nuestra “bruja mayor”, poeta y artista plástica santafesina, descendiente de pueblos tobas argentinos, con 89 años. Su presencia trae memoria, territorio y ancestralidad, y rompe cualquier lógica de edad o de legitimación cultural. Nos recuerda que esta lucha es histórica, que viene de mucho antes que nosotras.
Ahí entendí que lo que estábamos haciendo no era solo escribir.
Era reconfigurar el lugar de las mujeres negras, originarias y disidentes en la literatura, desde múltiples disciplinas, generaciones y experiencias.
Y eso, inevitablemente, es un acto político.

El libro reúne voces afrodescendientes, originarias y disidentes. ¿Cómo fue el proceso de selección y articulación de estas miradas tan diversas sin perder una identidad común?
El proceso no fue una “selección” en el sentido tradicional, editorial, de filtrar voces desde un criterio externo. Fue más bien un proceso de encuentro. Aquelarre de Negras se fue armando como se arman las redes: a partir de vínculos, de afinidades, de conversaciones que empezaron a crecer en plena pandemia, cuando muchas de nosotras necesitábamos decir y no encontrábamos dónde.
Desde el inicio tuvimos algo muy claro: no queríamos una antología homogénea. Queríamos justamente lo contrario. Que convivan en el mismo espacio mujeres afrodescendientes, originarias y disidentes, con experiencias, edades, territorios y trayectorias completamente distintas. Porque esa diversidad no era un problema a ordenar, era el corazón del proyecto.
La articulación se dio de manera muy orgánica, pero también muy consciente. Hubo diálogo, lectura entre nosotras, respeto profundo por cada voz. No había una bajada estética única ni una forma “correcta” de escribir. Cada una trajo su lenguaje, su ritmo, su historia. Y eso no fragmentó el libro, al contrario: lo volvió más potente.
La identidad común no vino de uniformar las voces, sino de algo mucho más profundo: la decisión de hablar en primera persona desde nuestros cuerpos y nuestras experiencias, sin mediaciones.
Ahí aparece lo colectivo. En esa conciencia compartida de que estábamos escribiendo contra el silencio, contra el borramiento, contra una historia que muchas veces nos dejó afuera o nos narró mal.
Entonces la unidad del libro no está en el estilo, sino en la posición política y afectiva desde donde se escribe.
En la memoria, en la resistencia, en la necesidad de decir.
Por eso Aquelarre no suena a una sola voz.
Suena a muchas.
Pero todas están diciendo, de distintas maneras: acá estamos.

La obra pone en tensión el racismo estructural y el patriarcado. ¿Qué silencios históricos te interesaba particularmente desarmar con esta publicación?
Todavía hay muchos silencios, pero creo que el que más me atravesaba —y nos atravesaba— era el de las mujeres negras, originarias y disidentes hablando por sí mismas.
Durante mucho tiempo nuestras historias fueron contadas por otros, traducidas, suavizadas o directamente borradas. A mí me interesaba particularmente desarmar ese lugar donde aparecemos como objeto —de estudio, de deseo, de exotización o de marginalidad— pero no como sujetas que piensan, que sienten, que escriben y que producen conocimiento.
También hay un silencio muy fuerte en torno al cuerpo. El cuerpo negro, el cuerpo migrante, el cuerpo disidente, siempre regulado, observado, controlado. Con Aquelarre queríamos romper con esa idea de que hay experiencias que no se pueden nombrar, que hay violencias que hay que callar o que hay deseos que no tienen lugar en la palabra. Por eso aparecen el sexo, la violencia, el placer, el miedo, la identidad… sin pedir permiso.
Otro silencio que me interesaba desarmar es el de la ancestralidad y la memoria. Hay una historia que nos fue negada o fragmentada, y en el libro hay un intento de volver a unir esas piezas. En ese sentido, la presencia de voces como la de Paula Gudiño, con toda su carga de memoria originaria, dialogando con generaciones más jóvenes, también es una forma de romper ese corte histórico que muchas veces se impone.
Y por último, el silencio de la propia literatura como espacio excluyente. Esa idea de que ciertos cuerpos, ciertas lenguas, ciertas experiencias no “pertenecen” a lo literario. Aquelarre viene a incomodar eso, a decir que la literatura también es este lugar: el de la rabia, el de la ternura, el de la denuncia, el de lo que no encajaba.
En definitiva, lo que queríamos era romper el silencio más profundo de todos:
el de no poder nombrarnos.
Y cuando eso se rompe, ya no hay vuelta atrás.

La propuesta estética —con ese lenguaje visual negro/rojo— también parece tener un posicionamiento fuerte. ¿Cómo dialoga el diseño gráfico con la dimensión política del libro?
La propuesta estética nunca fue algo decorativo, sino profundamente reivindicativo. El uso del negro y el rojo no aparece como una elección casual, sino como una forma de afirmar identidad, historia y memoria: el negro como presencia, como orgullo, como raíz; y el rojo como marca de lo vivido, de la herida, pero también de la fuerza. Es una manera de reapropiarnos de esos símbolos y devolverles sentido desde nosotras.
Y algo muy importante es que esa estética no fue impuesta. Fue pensada y elegida colectivamente por todas. Pero quien logra traducirla con una potencia visual muy clara es Isabella Quiñonez Trujillo, y eso hay que destacarlo.
Isabella es una artista afrodescendiente colombiana que vive en Croacia, y su obra está muy atravesada por la experiencia migrante y la visibilización de cuerpos racializados. En el libro, su trabajo no solo acompaña: construye sentido.
Además, como en el propio Aquelarre, donde conviven distintas espiritualidades y creencias, Isabella también aporta desde su propia identidad —entre ellas, su vínculo con el judaísmo— como parte de esa diversidad que atraviesa todo el proyecto, sin necesidad de imponerse como eje.
En uno de sus trabajos más recientes, por ejemplo, desarrolla un proyecto donde marca en la ciudad de Zagreb los lugares donde vivió situaciones de racismo y los interviene con ilustración. Es un gesto muy fuerte porque no solo muestra: inscribe esas experiencias en el espacio, las hace visibles y las reivindica.
Eso mismo sucede en Aquelarre. El diseño no está separado del contenido, sino que lo potencia. Las imágenes, los contrastes, la estética en sí misma, funcionan como una forma de decir: esto también nos pertenece, esta narrativa también es nuestra.
Entonces más que un posicionamiento político en términos tradicionales, lo que hay es un gesto claro de reivindicación estética, identitaria y simbólica.
El diseño no adorna el libro.
El diseño también toma la palabra.

En el contexto actual de América Latina, ¿qué lugar creés que ocupa “Aquelarre de negras” dentro de las luchas culturales y feministas contemporáneas?
Creo que Aquelarre de Negras ocupa un lugar muy necesario dentro de las luchas culturales y feministas contemporáneas en América Latina, y también —muy especialmente— en Argentina, porque viene a complejizar y ampliar el feminismo, a incomodar también.
En América Latina, el libro se inscribe dentro de los afrofeminismos que vienen cuestionando el racismo estructural, la colonialidad y las jerarquías dentro de los propios movimientos feministas. Aquelarre aporta a esa discusión desde la escritura, desde el arte y desde la experiencia situada de mujeres afrodescendientes, originarias, migrantes y disidentes que muchas veces quedaron en los márgenes, incluso dentro del feminismo.
Y no es casualidad que nos acompañen las voces de Shirley Campbell Barr, Anny Ocoró Loango y Maribel Núñez: tres guerreras de la palabra, de las ciencias sociales y de la lucha afrodescendiente en América Latina, el Caribe y Sudamérica. Sus intervenciones no solo enmarcan el libro, sino que lo sitúan dentro de una genealogía política e intelectual que viene sosteniendo estas discusiones desde hace mucho tiempo. Y en ese mismo entramado, también es clave el trabajo de Malungo Libros —impulsado por Roberto Ruiz Sena, primer librero afrodescendiente en Argentina—, Tony Vardé, Naty Baldrich y la editorial Colectivo Flota Negra, que vienen construyendo espacios concretos para la circulación de estas voces y fortaleciendo una escena cultural afrocentrada en el país.
En Argentina esto adquiere una dimensión particular. Porque es un país donde todavía cuesta reconocerse como afrodescendiente, donde existe una fuerte narrativa de blanquitud, y donde muchas de nuestras identidades han sido históricamente invisibilizadas. Entonces el libro también viene a intervenir en ese imaginario, a decir: estamos, escribimos, pensamos, creamos.
Y en este contexto actual —en tiempos libertarios, de fuerte disputa cultural— donde desde ciertos lugares de poder se instala la idea de una supuesta superioridad estética y moral asociada a lo blanco, a lo hegemónico y a lo académico, nosotras venimos a decir algo muy claro: nosotras también producimos pensamiento, belleza y conocimiento. No desde la validación de esos espacios, sino desde nuestras propias experiencias, saberes y territorios.
No pretende hablar por todas, ni representar una única forma de ser mujer. Al contrario, propone algo más honesto y más potente: mostrar la diversidad de experiencias y las tensiones que existen dentro de nuestras propias luchas.
En ese sentido, se ubica dentro de un feminismo situado, atravesado por la interseccionalidad, que habla de racismo, migración, cuerpos, memoria y resistencia, pero también de deseo, de comunidad y de creación.
Creo que su aporte está en eso: en abrir preguntas dentro del propio movimiento. En señalar que no hay una sola agenda, que no hay una sola voz, y que si el feminismo no se vuelve verdaderamente inclusivo, corre el riesgo de reproducir exclusiones.
Aquelarre no viene a cerrar debates, viene a abrirlos.
A incomodar.
Pero también a tejer redes, memoria y presencia.
Y en ese gesto, en Argentina y en la región, encuentra su lugar: como una herramienta cultural que acompaña, tensiona y enriquece las luchas feministas de nuestro tiempo.

Un proyecto que excede la literatura
Más que un libro, “Aquelarre de Negras” es un espacio de construcción colectiva que pone en tensión las categorías tradicionales de la literatura, la identidad y el feminismo.
Su potencia no radica solo en lo que dice, sino en cómo lo dice: desde la primera persona, desde el cuerpo, desde la experiencia.
Y en ese gesto, redefine no solo quién puede escribir, sino también qué significa escribir.
Agradecimiento
Agradezco especialmente al periodista de Noticias Argentinas por el espacio y en especial al periodista Martín Sassone por la escucha y la posibilidad de construir esta conversación que amplifica voces históricamente silenciadas.



























