Bullrich salió a juntar votos para los jueces de Milei y volvió con cara de velorio libertario.
El escándalo Adorni congeló acuerdos, irritó gobernadores y espantó aliados en el Senado.
Entre mármol travertino, piletas con cascada y rumores de sobresueldos, nadie quiere firmar nada.
El clima en el Senado está raro. No raro institucional. Raro argentino. Ese raro donde todos hablan bajito en los pasillos, los asesores frenan conversaciones cuando pasa alguien de la Rosada y los aliados empiezan a caminar mirando el celular para no tener que saludar libertarios en público. La cosa llegó a un punto tan hermoso de putrefacción política que Patricia Bullrich salió a militar los pliegos de los jueces como quien intenta vender tiempo compartido en Mar del Tuyú en plena tormenta económica.
Y lo mejor es que la frenaron en seco.
No la frenó el kirchnerismo, que ya viene afilando cuchillos hace meses. La frenó uno de esos aliados con sonrisa de “sí, Patricia, vemos”, esa fauna parlamentaria que hasta hace quince minutos votaba cualquier cosa mientras Milei medía bien y el dólar no parecía un paciente terminal. Pero ahora cambió el humor. Ahora aparece el “esperemos un poco”. En lenguaje Senado eso significa: “ni loco me inmolo por ustedes mientras explotan los countries”.
Porque claro, el problema ya no es solamente Manuel Adorni. El problema es que el tipo se convirtió en una especie de tótem de la decadencia libertaria premium. Vos prendés la tele y aparece una pileta con cascada. Abrís Twitter y hay mármol travertino. Entrás a Tribunales y aparecen USD 245 mil sin pagar impuestos. Vas al Congreso y ya nadie habla de déficit cero: hablan de cuánto tarda Karina en mandarle el telegrama.
La imagen es espectacular. Mientras el gobierno le explica a la gente que no puede comprar medicamentos porque “no hay plata”, en el Senado discuten si el jefe de Gabinete armó un parque acuático privado en Indio Cuá con guita que apareció más misteriosamente que Santiago Caputo en los chats internos del oficialismo.
Y los gobernadores están furiosos. Pero furiosos de verdad, no furiosos tuiteros. Porque ellos tienen provincias detonadas, empleados públicos en pie de guerra y cajas vacías mientras desde Buenos Aires les piden votos para jueces en medio de un escándalo donde aparecen refacciones VIP, custodias haciendo de Uber y rumores de sobresueldos circulando como volantes de boliche en Plaza Serrano.
Entonces empezó el operativo supervivencia.
Los radicales ya no quieren quedar pegados. Los provinciales miran encuestas. Los dialoguistas se hacen los zen pero están contando salidas de emergencia. Y en el medio Bullrich camina el Senado como gerente de crucero que intenta convencer pasajeros de que el humo en cubierta “está controlado”.
El gran problema del gobierno es que el “efecto Adorni” ya dejó de ser moral. Ahora es contagioso. Contagia votaciones, contamina acuerdos, intoxica negociaciones y transforma cualquier reunión política en una charla sobre cuánto falta para que todo explote.
En el despacho de Mahiques directamente transpiran café frío. Necesitan sacar jueces porque el Poder Judicial tiene más agujeros que presupuesto universitario, pero cada vez que llaman a un senador aliado reciben respuestas dignas de ex pareja tóxica: “dejame pensarlo”, “vemos más adelante”, “ahora está complicado”.
Traducido del idioma parlamentario: “con este quilombo no me saco una foto ni aunque me regalen un ministerio”.
Y mientras tanto Milei sigue abrazado a Adorni como si fuera el último muñeco del Titanic libertario, aunque medio gobierno ya lo quiere tirar por la borda. Lo maravilloso del momento es que todos coinciden en algo: nadie lo soporta más. Los Menem están agotados. Caputo lo quiere afuera. Bullrich lo esquiva como deuda en dólares. Karina ya estaría casteando reemplazos como productora de reality político. Pero nadie se anima a decirle al Presidente que el problema ya no es la oposición.
El problema está sentado en la mesa chica.
Porque una cosa es tener un funcionario complicado.
Otra muy distinta es descubrir que el funcionario complicado se convirtió en el símbolo perfecto de todo lo que prometiste destruir.
Y ahí el silencio en el Senado ya no es institucional.
Es olor a velorio.
La casta era esto: jueces frenados, aliados huyendo y Adorni decorando countries.



























