La hermana presidencial fue de urgencia al despacho de Martín Menem tras la explosiva declaración del contratista de Adorni. En el oficialismo ya admiten que el escándalo desbordó al Gobierno y discuten posibles reemplazos. Mientras Milei lo sigue sosteniendo, la mesa chica libertaria entró en modo control de daños.
La escena fue tan desesperada que parecía allanamiento político interno. Karina Milei cruzando apurada la Cámara de Diputados, entrando al despacho de Martín Menem, cerrando la puerta y hablando veinte minutos a solas mientras media Rosada intentaba entender cuánto más podía resistir Manuel Adorni antes de transformarse oficialmente en residuo tóxico institucional.
Porque el centro de todo ya no es Adorni.
El centro es el pánico.
Pánico en la mesa chica, pánico en los pasillos libertarios, pánico en los diputados que hace una semana todavía defendían al jefe de Gabinete y ahora responden mensajes con el entusiasmo de empleado bancario un viernes a las seis de la tarde. La declaración del contratista fue demasiado incluso para este gobierno acostumbrado a vivir en modo explosión controlada.
USD 245 mil en efectivo para ampliar una casa, hacer una pileta con cascada y decorar el country como narco ganador de quiniela clandestina.
Y ahí Karina entendió que la novela dejó de ser mediática.
Se volvió política.
Por eso la reunión con Menem no fue una formalidad. Fue una reunión de supervivencia. El riojano hoy aparece como una de las pocas figuras que todavía conserva algo parecido a oxígeno político dentro del oficialismo. No porque brille, sino porque el resto viene cayendo como moscas adentro de un Raid judicial-mediático que ya parece fumigación institucional.
En la Rosada el comentario es hermoso y brutal al mismo tiempo: “todos quieren que Adorni se vaya”. Todos. Los Menem agotados. Santiago Caputo cansado. Bullrich fastidiada. Funcionarios económicos hablando de “problemas de confianza”. Hasta Karina, que lo blindó durante meses, ya estaría preguntando discretamente quién puede agarrar ese fierro caliente sin morir carbonizado antes de agosto.
Pero Milei sigue enamorado políticamente de Adorni.
Y ahí aparece el verdadero quilombo libertario.
Porque el Presidente lo sigue defendiendo como si todavía fuera el vocero que hacía memes y humillaba periodistas en conferencias. El problema es que ahora ya no hablan de memes. Hablan de dólares en negro, custodias VIP, countries, mármol travertino y policías prestamistas que aparecen financiando mansiones como si fueran financistas de Nordelta con vocación patriótica.
Entonces la reunión entre Karina y Menem tuvo algo de junta médica. No era para analizar si el paciente estaba bien. Era para decidir cuánto tiempo más podían sostenerlo enchufado antes de que el costo político arrastre a todos.
Y el gobierno ya empezó a actuar como oficialismo que huele sangre.
Aparecen nombres de reemplazo. Empiezan las operaciones discretas. Los funcionarios se despegan. Los diputados relativizan. Nadie pone las manos en el fuego porque saben que el fuego ahora mide 72% de imagen negativa y sigue creciendo como inflación de supermercado chino.
Mientras tanto Adorni hace algo todavía más impresionante que las refacciones del country: sigue actuando como si nada estuviera pasando. Dice que “la novela terminó”. Que hay que “dar vuelta la página”. Una tranquilidad conmovedora. Casi zen. Como pianista del Titanic convencido de que el iceberg fue una percepción kirchnerista.
Pero la Rosada ya entendió algo.
El problema no es solamente lo que hizo Adorni.
El problema es que cada nueva revelación deja más expuesto quién lo sostuvo todo este tiempo.
Y por eso Karina salió corriendo a ver a Menem.
Porque cuando el escándalo empieza a salpicar a la mesa chica, ya no alcanza con blindar funcionarios.
Hay que empezar a salvar el poder.
Viste que la casta siempre fuimos nosotros, debes de darte cuenta.



























