Más de 3.000 personas se reunieron en Buenos Aires para discutir racismo, odio y poder en un país que sigue negando su matriz colonial. Antirracismo y antifascismo dejaron de ser consignas: se volvieron práctica política colectiva.
Crónica política de una jornada contra el odio y la impunidad.

Festival antirracista y antifascista el sábado 31 enero. Foto de Nicolas Parodi
El sábado 31 de enero, en el C Art Media de la Ciudad de Buenos Aires, se realizó el Festival Antirracista y Antifascista, convocado por la Diáspora Africana de la Argentina (DIAFAR). Durante más de diez horas, más de tres mil personas participaron de una jornada que combinó debates políticos, rondas de intercambio entre organizaciones, presencia internacional, expresiones culturales, música en vivo y un espacio pensado para infancias.
No fue una actividad cultural más. Fue una intervención política colectiva en un escenario marcado por la legitimación pública del odio, la criminalización de las migraciones y la normalización de discursos racistas desde el Estado. El festival se propuso, desde su concepción, como un espacio para pensar el racismo en clave estructural y construir estrategias comunes frente al avance de proyectos autoritarios.
Racismo estructural: lo que ordena la desigualdad
Uno de los núcleos más potentes de los debates fue la insistencia en correr al racismo del terreno de la anécdota y llevarlo al de la estructura. En las rondas de diálogo entre organizaciones del Área Metropolitana de Buenos Aires —con trayectorias, pertenencias políticas y prácticas territoriales diversas— se repitió una idea: el racismo no opera solo en el insulto o la discriminación explícita, sino en la forma en que se distribuyen los derechos, la tierra, el trabajo, la salud y la vida misma.
Se discutió el racismo ambiental, visible en territorios donde el extractivismo avanza sobre comunidades racializadas; la violencia estatal, que se expresa en prácticas policiales y judiciales selectivas; y la criminalización de la protesta, como mecanismo de disciplinamiento político. El racismo apareció así como una tecnología de gobierno, funcional a modelos económicos que necesitan jerarquizar cuerpos para sostener desigualdades extremas.
Tomar la palabra no es un gesto simbólico
Otro eje central fue la disputa por la voz política. Quién habla, desde dónde y para quién. En un país que durante décadas negó su composición afrodescendiente, el festival no buscó “dar lugar” ni “incluir” identidades: afirmó presencia.
Durante los diálogos, referentes y militantes coincidieron en que el antirracismo no puede construirse como un discurso delegado. Tomar la palabra no es un gesto simbólico ni un acto performativo; es una decisión política que implica autonomía, agenda propia y capacidad de incomodar, incluso dentro de los espacios aliados.
En ese marco, se subrayó la necesidad de que las comunidades racializadas construyan sus propias narrativas y estrategias, sin intermediaciones permanentes que diluyan el conflicto en clave multicultural o de diversidad decorativa.
Odio, miedo y gobierno
Las intervenciones políticas también pusieron el foco en el uso del odio como herramienta de gobierno. Lejos de entenderlo como un exceso o una falla comunicacional, se lo analizó como un recurso deliberado para canalizar frustraciones sociales, desplazar responsabilidades estructurales y construir enemigos internos.
En este punto, el antifascismo fue abordado no como una identidad histórica, sino como una práctica contemporánea. Se discutió cómo los discursos racistas, misóginos y xenófobos funcionan hoy para unificar bases electorales, legitimar la represión y justificar políticas de ajuste y exclusión. El consenso fue claro: enfrentar ese avance requiere organización, lectura política y acción colectiva sostenida.
Cuerpo, música y política
La dimensión cultural no apareció como un cierre festivo, sino como parte constitutiva de la propuesta política. La música en vivo —con presentaciones de DJ Tao, Mala Fama, Las Manos de Filippi, Dandára, Fidel Nadal, PALO, Acus y el Afro Sound Choir— convivió con los debates sin separarse de ellos.
El cuerpo, el baile y la celebración fueron entendidos como territorios de resistencia, no como evasión. En un contexto de disciplinamiento social, sostener la alegría colectiva también fue leído como una forma de disputar sentido y de afirmar la vida frente a proyectos políticos que se organizan desde el miedo.
Una tensión que no se esquivó
En ese marco general, también apareció una tensión que atravesó la jornada y que no puede omitirse: la presencia en el escenario de artistas denunciados por violencia de género generó cuestionamientos desde sectores del propio espacio antirracista.
Las críticas no provinieron de sectores reaccionarios, sino de militancias que comparten la agenda del festival y reclamaron coherencia entre el discurso y las decisiones políticas concretas. La discusión dejó en evidencia una demanda clara: el antifascismo y el antirracismo no pueden reproducir lógicas de impunidad patriarcal, incluso cuando eso incomoda hacia adentro.
Lejos de clausurar el conflicto, el festival lo expuso como parte de un proceso político en curso, donde la construcción colectiva también implica revisar prácticas, jerarquías y silencios.
Organizarse para disputar el presente
El Festival Antirracista y Antifascista no cerró respuestas definitivas. Dejó preguntas abiertas. Y esa, quizás, sea una de sus mayores potencias políticas. En tiempos de simplificaciones y enemigos prefabricados, la jornada apostó por pensar en común, incomodarse y construir herramientas para disputar el presente sin concesiones.
No fue una postal.
Fue una advertencia.
Y también una certeza: el antirracismo organizado ya no pide permiso.




























