Marcos Galperin replicó un tuit burlándose de una jubilada que no puede pagar sus medicamentos. El gesto generó una ola de críticas, incluso de figuras públicas como Coscu. La polémica reavivó el debate sobre privilegios, beneficios fiscales y desconexión social.
No es un error de timing ni un mal chiste, es una escena que expone algo más profundo, porque cuando uno de los empresarios más ricos del país decide arrancar el domingo riéndose de una jubilada que no puede comprar sus remedios, lo que aparece no es sólo un tuit desafortunado, es una forma de mirar, de ubicarse, de entender —o no— la realidad que vive la mayoría.
El contenido es tan simple como brutal, una mujer dice que no puede vivir con su jubilación, que no le alcanza para los medicamentos, que no quiere depender de sus hijos, una situación que atraviesa a millones, y del otro lado aparece un recorte manipulado, una lectura ideológica y la risa de quien tiene todo resuelto, como si la falta de ingresos fuera una elección y no una consecuencia estructural.{

La ecuación del escándalo se arma sola, desigualdad extrema + burla pública − empatía básica = rechazo masivo, y el rechazo no tardó en llegar, porque las redes, ese territorio donde Galperin suele moverse cómodo, esta vez le devolvieron lo que él había emitido, una reacción que no fue organizada ni partidaria sino transversal, desde usuarios anónimos hasta figuras con llegada masiva.
El punto de quiebre lo marcó Coscu, que lo dijo sin vueltas, cómo alguien con ese nivel de riqueza puede burlarse de una persona que no llega a comprar un medicamento, una pregunta que no es retórica sino ética, porque no discute ideología sino humanidad, no discute modelo económico sino sensibilidad mínima.
La incomodidad se amplifica cuando se cruza con otro dato que no es menor, el mismo empresario que se ríe de una jubilada forma parte de un esquema que recibe beneficios del Estado, exenciones, condiciones favorables, un entramado que vuelve todavía más contradictorio el gesto, porque la crítica al sistema convive con ventajas concretas dentro de ese mismo sistema.
No se trata de un tuit aislado, se trata de una lógica que aparece cada vez más seguido, una narrativa que desresponsabiliza al contexto y carga sobre el individuo, que transforma la vulnerabilidad en motivo de burla y la necesidad en argumento ideológico, una forma de leer la realidad que no sólo simplifica sino que deshumaniza.
Mientras tanto, del otro lado, la escena es concreta, jubilaciones que no alcanzan, medicamentos que aumentan, ingresos que pierden frente a la inflación, una experiencia cotidiana que no se resuelve con discursos ni con teorías, y que cuando es tomada como objeto de risa genera una reacción que va más allá de la política.
El problema no es que Galperin opine, el problema es desde dónde opina y cómo lo hace, porque cuando la distancia entre quien habla y quien sufre es tan grande, cada palabra pesa distinto, cada gesto se amplifica y cada risa se vuelve un símbolo de algo más grande.
Entonces el episodio deja de ser una polémica en redes y pasa a ser una postal, una imagen bastante precisa de la desconexión entre quienes concentran riqueza y quienes no llegan a fin de mes, entre quienes analizan la economía y quienes la padecen.
Y en ese cruce, donde una jubilada no puede comprar remedios y un empresario decide reírse, la discusión ya no es ideológica.
Es humana.
Viste que la casta siempre fuimos nosotros, debes de darte cuenta.



























