Caputo presionó a Karina Milei para que desplace a Adorni tras nuevos escándalos patrimoniales. El Gobierno admite problemas de “confianza” y ya evalúa a Martín Menem como reemplazo. Con Milei resistiendo la salida, la interna libertaria entra en fase crítica.
Cuando el ministro de Economía te pide la cabeza, no es un problema político, es un problema de supervivencia, porque si hay algo que el poder no negocia es la confianza, y cuando el encargado de sostener el programa económico dice que un funcionario la está dinamitando, la discusión deja de ser personal y pasa a ser estructural, una alarma que no se activa por ideología sino por riesgo.
Luis “Toto” Caputo ya no se queja en voz baja, fue directo, cara a cara con Karina Milei, el mensaje fue claro, Adorni se tiene que ir, no por capricho ni por interna sino porque cada nuevo capítulo del escándalo agrava el problema central del Gobierno, la credibilidad, esa variable invisible que no cotiza en pantalla pero define todo, desde el dólar hasta el humor empresarial.
El punto de quiebre no fue uno más, fue el que no se puede maquillar, la declaración judicial que habla de 245.000 dólares en negro para una obra privada, pileta con cascada incluida, una escena que no sólo es incómoda sino incompatible con el discurso oficial, porque cuando el relato es austeridad y aparece lujo sin justificar, la contradicción no se explica, explota.
La ecuación que circula en el poder es brutalmente simple: escándalo sostenido + caída de imagen + desconfianza económica = funcionario insostenible, y en ese marco Caputo no discute moral, discute estabilidad, porque entiende que el programa no se cae sólo por números sino por percepción, y la percepción ya está tocada.
Mientras tanto, Karina se mueve, no para ejecutar la decisión sino para medirla, tanteó a Martín Menem como posible reemplazo, una jugada que no es improvisada sino preventiva, porque el Gobierno necesita mostrar que tiene plan B aunque no se anime a activar el plan A, sacar a Adorni.
La escena interna es más reveladora que cualquier comunicado, reuniones de urgencia, visitas al Congreso, conversaciones reservadas, un oficialismo que empieza a ordenarse en torno a una idea que nadie quiere decir en voz alta pero que todos repiten en privado, Adorni es un problema, un lastre, un costo que ya no se puede disimular.
Y sin embargo, hay un detalle que bloquea todo, Javier Milei no lo suelta, lo sostiene, lo defiende, lo abraza políticamente incluso cuando el resto del gabinete empieza a soltarle la mano, una decisión que no es sólo lealtad sino dependencia, porque tocar a Adorni implica tocar el equilibrio interno del poder, ese triángulo donde Karina, Santiago Caputo y el propio Presidente sostienen la arquitectura real del gobierno.
La paradoja es perfecta, todos quieren que se vaya, nadie se anima a decírselo directamente al Presidente, una coreografía de poder donde el consenso es total pero la decisión no aparece, un sistema donde la evidencia sobra pero la acción falta.
En paralelo, el mercado observa, los empresarios toman nota, el establishment empieza a mirar alternativas, nombres que hasta hace poco eran secundarios empiezan a circular como posibles reemplazos no sólo de un funcionario sino de un liderazgo, porque cuando la confianza se resquebraja, el capital no espera, busca opciones.
Entonces la discusión deja de ser si Adorni se queda o se va. La discusión es cuánto más puede resistir un gobierno que necesita echar a alguien… pero no puede. Y ahí, cuando la política se traba y la economía empieza a sentirlo, el problema ya no es interno. Es sistémico. Viste que la casta siempre fuimos nosotros, debes de darte cuenta.



























