Melina Schweizer, periodista, escritora, poeta, compositora y artista visual y plástica dominicana radicada en Argentina, participó del 10 al 13 de septiembre en Expo Lomas 2026. Invitada por Gladys Flores, Negras y Cimarronas, presentó en Plaza Grigera tres obras sobre migración, violencia política y memoria afroargentina.
Durante cuatro días, Plaza Grigera se convirtió en una versión concentrada de Lomas de Zamora. Del 10 al 13 de septiembre, entre las 15 y las 21, Expo Lomas 2026 reunió empresas, industrias, emprendimientos, artesanos, gastronomía, libros, universidad, organismos públicos y propuestas culturales, con entrada libre y gratuita. Hubo Paseo del Alfajor, Feria Artesanal, Feria del Libro, Paseo del Arte, espectáculos y espacios institucionales. La propuesta municipal buscó poner en circulación producción, conocimiento y oportunidades, pero también terminó mostrando algo más difícil de medir: las distintas comunidades que construyen diariamente el distrito y reclaman un lugar dentro de su representación.
En ese mapa apareció el stand de Negras y Cimarronas, y allí participó Melina Schweizer, periodista, escritora, poeta, compositora y artista visual y plástica nacida en República Dominicana y radicada en Argentina, que firma su producción artística como Melina Orquídea. Actualmente estudia Psicología Educativa y es una de las fundadoras de InfoNegro, medio desde el cual desarrolla parte de su trabajo periodístico sobre política, derechos humanos, racismo y afrodescendencia. Esta vez, sin embargo, no llegó a Plaza Grigera para cubrir una noticia. Llegó con tres obras.

Y no llegó sola.
La invitación había partido de Gladys Flores y el colectivo Negras y Cimarronas, un dato que permite entender la participación de Schweizer más allá de una exposición individual. Flores, lideresa y educadora popular afroguaraní, sostuvo junto con sus compañeras un trabajo de articulación que comenzó mucho antes de que se levantaran las carpas de Expo Lomas. Convocar artistas, relacionarse con distintas áreas institucionales, construir actividades y conseguir que una organización afrodescendiente pudiera formar parte de una exposición general del municipio fue el resultado de una tarea territorial que pocas veces entra completa en una fotografía.
Durante las jornadas, el intendente Federico Otermín visitó el stand y compartió un momento con Flores, integrantes de Negras y Cimarronas y participantes de diferentes espacios. Gladys sintetizó posteriormente aquella experiencia diciendo que ya eran “parte de este entramado en comunidad”. La frase parece sencilla hasta que se la coloca dentro de la historia argentina. Para una comunidad que durante generaciones fue expulsada simbólicamente del relato nacional mediante la vieja ficción de que “los negros desaparecieron”, pasar de ser invitada a reconocerse como parte constituye una diferencia política considerable.

Un stand que no estaba allí para decorar la diversidad
El espacio funcionó durante los cuatro días como un pequeño territorio dentro de la Expo. Hubo encuentros, conversaciones, instrumentos, performances y artes visuales. Carolina Episcopo llevó kalimbas, xixis, maracas y otros instrumentos, generando una experiencia donde la transmisión cultural podía escucharse y tocarse. No eran piezas inmovilizadas para contemplar una ancestralidad convertida en museo: circulaban entre las personas y producían sonido.
También participó Catia Assis, artista brasileña multifacética, licenciada en Artes Escénicas por la Universidade Federal da Bahia (UFBA) e intérprete titiritera formada en la Escuela Ariel Bufano. Su performance junto a la yaguareté “Cata” incorporó al espacio otro lenguaje corporal y escénico. Bartira Portinho, artivista emergente que trabaja temáticas étnico-raciales, presentó El Fluir de las Aguas, una performance en proceso que propone revisar nuestra relación con la naturaleza.
Alrededor de ellas estuvieron las compañeras, compañeros y artistas que acompañaron la experiencia, entre ellos Clara Alaniz, Clara González, Valery, Cinthia Betania, integrantes de Imprenta Viva, Maxi Flores, Carmen Yannone, Marcela Rodríguez y otras personas que participaron o sostuvieron las jornadas. Esa trama importa porque impide contar el acontecimiento como una sucesión de individualidades. Negras y Cimarronas construyó un espacio colectivo y cada intervención añadió una voz diferente.
Dentro de esa construcción estuvieron las tres piezas de Melina Orquídea.

La yola que no tenía nada de feliz
La primera fue La Yola Feliz y contenía probablemente la referencia más directa al Caribe de donde procede la artista. La obra partía de una contradicción sencilla y brutal: el mismo mar que significa descanso, hoteles, cruceros y vacaciones para unas personas puede convertirse en frontera, riesgo y muerte para otras.
En la composición, los turistas ascendían cómodamente por una escalera mientras quienes migraban tenían que aferrarse a una cuerda. Compartían horizonte, agua y geografía, pero no las condiciones para desplazarse. Entre una escena y la otra se interponían pasaportes, dinero, clase y raza.
El título era una ironía. En el Caribe, las travesías migratorias realizadas en yolas han dejado durante décadas historias de naufragios, desapariciones y familias partidas. Nadie aborda una embarcación precaria porque la huida sea una experiencia feliz. Muchas personas lo hacen porque, en determinado momento, quedarse parece ofrecer menos futuro que arriesgarse a partir.
Desde su mirada dominicana, Schweizer incorporó además una contradicción que atraviesa el debate migratorio de su país de origen: la criminalización de la población haitiana convive con la experiencia histórica de miles de dominicanos que también emigraron buscando trabajo y mejores condiciones de vida. La obra no equipara historias diferentes, pero coloca delante del espectador una pregunta incómoda: ¿por qué el desplazamiento es celebrado cuando quien viaja posee dinero y convertido en “crisis” cuando quienes cruzan son pobres, negros y caribeños?.
La postal tropical quedaba así fracturada. El mar seguía siendo azul; lo que desaparecía era su inocencia.

Cuando la violencia primero aprende a hablar
La segunda pieza abandonaba el Caribe para internarse en el discurso punitivista. A partir de la figura y declaraciones de Alejandro Sarubbi Benítez, Melina Orquídea construyó una composición atravesada por vigilancia, muros, alambre de púas, miras y cuerpos convertidos simbólicamente en objetivos.
Más que el retrato de una persona, la obra buscaba representar un mecanismo: el momento en que la violencia política comienza a naturalizarse mediante las palabras. Antes de expulsar, perseguir o destruir a alguien, una sociedad necesita muchas veces acostumbrarse a imaginar que determinadas vidas poseen menos valor que otras. La crueldad deja entonces de producir escándalo y comienza a presentarse como una alternativa razonable.
La imagen llevaba esa lógica hasta sus consecuencias visuales. El otro ya no aparecía como vecino, trabajador, joven o ciudadano, sino como problema que debe ser controlado. Si La Yola Feliz mostraba una frontera en el océano, esta segunda pieza trasladaba la frontera al interior mismo de la sociedad.

María Remedios y el conurbano que sigue pasando
La tercera obra cambiaba el registro. María Remedios del Valle, mujer negra, combatiente de las guerras de independencia y reconocida como Madre de la Patria, ocupaba el centro de una composición donde la historia no estaba separada del presente. Debajo continuaban el tren, trabajadores, profesionales de la salud, infancias, músicos, artistas y vecinos: la vida diaria del conurbano bonaerense.
Dentro de esa escena, Melina Orquídea incorporó el mural realizado por Negras y Cimarronas en torno al 25 de julio, Día Internacional de las Mujeres Afrolatinoamericanas, Afrocaribeñas y de la Diáspora, en cuya realización participó el artista Maxi Flores. El mural no era una creación de Schweizer: precisamente su existencia real dentro del territorio fue lo que la artista decidió recuperar e integrar a su propia composición.
El gesto convertía la imagen en una especie de memoria dentro de otra memoria. Una organización afrodescendiente había intervenido el espacio público para recuperar una historia borrada y Melina incorporaba esa intervención a su propia visión de Lomas y, más ampliamente, del conurbano bonaerense: popular, trabajador, migrante, diverso y también negro.
María Remedios no quedaba encerrada en el siglo XIX ni convertida en la excepción afrodescendiente que una historia blanca admite para tranquilizar su conciencia. Debajo de ella seguía pasando el tren. La gente trabajaba, estudiaba, creaba y cuidaba. La historia afroargentina continuaba precisamente allí donde durante demasiado tiempo se aseguró que había terminado.
Las tres piezas construían así una secuencia sin haber sido concebidas necesariamente como una serie: migrar, sobrevivir y pertenecer. En La Yola Feliz estaba el derecho a desplazarse sin morir; en la segunda obra, el derecho a no ser convertido políticamente en un cuerpo descartable; en la tercera, el derecho a pertenecer a la historia y al territorio.

Del periodismo a la imagen
La presencia de Melina Orquídea en Expo Lomas 2026 tampoco puede separarse completamente del recorrido de Melina Schweizer. El periodismo trabaja con hechos, fuentes, testimonios y documentos; la poesía puede internarse en aquello que una noticia no alcanza a explicar; la música introduce ritmo y emoción; las artes visuales permiten condensar en una imagen contradicciones que necesitarían muchas páginas para ser narradas.
Schweizer transita esos lenguajes. Además de periodista, escritora, poeta y compositora, desarrolla su producción visual, composición de música y artes plásticas bajo la firma Melina Orquídea y actualmente cursa estudios de Psicología Educativa. Su trayectoria literaria también está atravesada por la experiencia afro-diásporica: coordinó Aquelarre de Negras: Unidas por la lucha, antología poética y manifiesto político-cultural del Colectivo Flota Negra, que reunió las voces de nueve escritoras afrodescendientes, originarias y disidentes de Sudamérica y el Caribe alrededor de la memoria, el racismo, la migración, la identidad, la resistencia y la celebración de las mujeres negras. Su primera tirada comercial se agotó en julio de 2026.
Existe una continuidad entre esos trabajos, aunque sus formas sean distintas. Las preguntas que aparecen en el periodismo, la poesía y la producción visual regresan una y otra vez: quién cuenta la historia, desde dónde la cuenta, quién puede atravesar una frontera, qué cuerpos son considerados legítimos y cuáles tienen que demostrar constantemente su derecho a estar.
La participación en Expo Lomas trasladó esas preguntas a un espacio que no estaba dedicado exclusivamente al arte ni a la afrodescendencia. Y allí radicó parte de su importancia.

Una dominicana en Plaza Grigera
Para Schweizer existía además una circunstancia biográfica imposible de separar de las obras: una mujer dominicana radicada en Argentina estaba mostrando una pieza sobre las migraciones caribeñas y otra sobre María Remedios del Valle en una plaza del conurbano bonaerense.
No se trata de convertir experiencias históricas diferentes en una identidad afro universal donde todo termine pareciéndose. República Dominicana, Haití y la afroargentinidad poseen procesos, conflictos y memorias propios. La diáspora adquiere sentido precisamente cuando permite que esas diferencias dialoguen sin borrarse.
Ese diálogo estuvo también en el propio stand. Una artista dominicana, una artista brasileña, una educadora popular afroguaraní, artivistas y compañeras de procedencias y recorridos diferentes compartieron un espacio dentro de una exposición municipal dedicada a mostrar la producción de Lomas. La diversidad, allí, no necesitaba convertirse en eslogan porque estaba ocurriendo delante del público.
Y nada de aquello habría sucedido del mismo modo sin el trabajo de Gladys Flores de Negras y Cimarronas. Reconocerlo no disminuye la participación de Melina Orquídea; la sitúa correctamente. La artista fue invitada a una trama que otras mujeres habían construido antes de su llegada y llevó a ella tres obras propias. Catia Assis puso el cuerpo y el lenguaje escénico; Bartira Portinho llevó el agua y la naturaleza a la performance; Carolina hizo sonar instrumentos; Maxi Flores aportó su trabajo artístico; compañeras y compañeros sostuvieron el espacio. La obra individual encontró sentido dentro de una experiencia colectiva.
Eso también contradice cierta concepción del arte que necesita imaginar al artista completamente solo frente a su genialidad. Casi nunca estamos solas. Alguien abrió una puerta, prestó una pared, hizo una llamada, consiguió un espacio, cargó una mesa, compartió una publicación o decidió que nuestro trabajo merecía estar allí.

Lo que quedó cuando terminó la Expo
El domingo 13 de septiembre terminó Expo Lomas. Se guardaron instrumentos, finalizaron las performances, las obras fueron retiradas y Plaza Grigera comenzó a recuperar su ritmo habitual. La exposición había cumplido durante cuatro días su función económica y cultural: conectar producción local con vecinos, ofrecer espacios a emprendimientos, acercar instituciones y mostrar una parte de aquello que el distrito produce.
El stand de Negras y Cimarronas agregó otra dimensión: mostró que producir comunidad también es producir valor. La educación popular, el arte, la memoria, las redes de acompañamiento y la recuperación de historias afrodescendientes no siempre aparecen en una estadística económica, pero intervienen directamente en la manera en que una sociedad se comprende a sí misma.
Para Melina Orquídea, Expo Lomas significó la posibilidad de colocar tres obras propias dentro de esa conversación. Para Melina Schweizer, periodista dominicana y fundadora de InfoNegro, significó además encontrarse desde otro lenguaje con asuntos sobre los que lleva años escribiendo.
Pero quizá la imagen que mejor explica su participación no sea ninguna de las tres piezas.
Es la del stand completo.
Gladys Flores trabajando; compañeras entrando y saliendo; una kalimba sonando; Catia Assis preparando su intervención; Bartira Portinho haciendo fluir el agua de una obra todavía abierta; Maxi Flores presente en una memoria construida colectivamente; las piezas de Melina Orquídea compartiendo espacio con todo aquello y, afuera, una Plaza Grigera llena de personas que habían ido a conocer qué produce Lomas de Zamora.
Melina Schweizer llegó allí como artista invitada por Negras y Cimarronas. Expuso tres obras, pero no necesitó ocupar todo el espacio para que su participación tuviera peso. Porque el sentido de aquel stand estaba precisamente en lo contrario: demostrar que una voz puede ser propia sin dejar de reconocer el coro que hizo posible que fuera escuchada.



























