Del 10 al 13 de septiembre, Expo Lomas convirtió Plaza Grigera en una vidriera de la producción, el comercio, la educación y la cultura del distrito. Entre 60 stands, unos 70 puestos de artesanos y emprendedores y la participación de cinco facultades de la UNLZ, Gladys Flores con su espacio Negras y Cimarronas sostuvieron durante cuatro jornadas un espacio de memoria afro, educación popular, performances y arte político.
Ayer se desarmó Expo Lomas. Las carpas comenzaron a vaciarse, los artesanos guardaron aquello que durante cuatro tardes habían acomodado cuidadosamente sobre sus mesas, las empresas recogieron folletos, los escenarios se apagaron y Plaza Grigera empezó a recuperar esa apariencia de plaza que tienen los espacios públicos cuando termina una celebración. Entre el jueves 10 y el domingo 13 de septiembre habían pasado por allí industrias, comercios, emprendimientos, artistas, estudiantes, libros, alimentos, organismos públicos y vecinos. La exposición coincidió, además, con el 165° aniversario de Lomas de Zamora, creado el 10 de septiembre de 1861, de modo que aquella acumulación de actividades tenía un significado que excedía la feria: durante cuatro días, el distrito intentó mostrar qué produce, qué enseña, qué recuerda y cómo quiere representarse a sí mismo.
Dentro de esa fotografía hubo un espacio que obligaba a ensanchar el encuadre. El stand de Negras y Cimarronas no necesitaba explicar demasiado por qué estaba allí: bastaba detenerse un rato. Personas que entraban y salían, conversaciones, instrumentos que cambiaban de manos, performances, obras visuales y encuentros con trabajadores de distintas áreas municipales fueron construyendo una escena que se parecía mucho menos a una exhibición que a un pequeño territorio comunitario. En el centro de ese movimiento estuvo Gladys Flores, lideresa y educadora popular afroguaraní, haciendo algo bastante menos visible que subir a un escenario y bastante más difícil de sostener en el tiempo: relacionar personas, instituciones, artistas, compañeras, conocimientos y memorias.

Una Expo para mostrar de qué está hecha Lomas
La escala del acontecimiento ayuda a comprender por qué aquella presencia tuvo importancia. Expo Lomas funcionó diariamente de 15 a 21, con entrada libre y gratuita, y desplegó alrededor de 90 metros de carpa, 60 stands, unos 70 puestos de artesanos y emprendedores y la participación de cinco facultades de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Hubo Paseo del Alfajor, Feria Artesanal, Feria del Libro, Paseo del Arte, gastronomía, actividades ambientales, espectáculos y espacios institucionales vinculados con Salud, Educación y servicios municipales.

El Municipio había concebido la Expo como un punto de encuentro entre empresas, industrias, emprendimientos, organizaciones y comunidad, con tres conceptos que condensaban buena parte de su propuesta: Descubrir Lomas, destinado a historia, cultura e identidad; Aprender Lomas, vinculado con formación y oportunidades; y Hecho en Lomas, orientado a poner en valor la producción del distrito. La economía estaba allí de manera evidente: quien fabricaba necesitaba vender, quien emprendía buscaba clientes y quienes producían bienes y servicios encontraban durante cuatro jornadas un circuito extraordinario de exposición.
Pero una ciudad produce bastante más que mercancías. Produce conocimientos, vínculos, identidades, memorias y formas de reconocerse. Y es justamente allí donde una exposición productiva empieza a convertirse también en un acontecimiento político: cuando una comunidad decide mostrar de qué está hecha, inevitablemente decide también a quién muestra.
Ahí entró Negras y Cimarronas.
Gladys Flores: el trabajo empezó antes de levantar el stand
Durante los cuatro días, Gladys Flores estuvo al frente de un espacio que no había nacido para Expo Lomas. Esa diferencia es fundamental. La presencia de Negras y Cimarronas no fue una escenografía improvisada para proporcionar diversidad a una feria municipal, sino otro capítulo de un trabajo territorial anterior. Flores viene articulando hace más de treinta años educación popular, identidad afro, memoria y organización comunitaria, construyendo relaciones que no empiezan cuando llega una fecha conmemorativa ni terminan cuando alguien guarda la última bandera.

Durante la Expo, el intendente Federico Otermín visitó el stand y compartió el espacio con Flores, integrantes de la colectiva y compañeras y compañeros vinculados con diferentes secretarías y dispositivos municipales. La fotografía tuvo inevitablemente un componente institucional, pero detrás de ella existía un dato bastante más interesante: una organización afrodescendiente estaba ocupando un lugar dentro de la trama social y cultural del municipio.
Flores lo expresó con una frase sencilla: “ya somos parte de este entramado en comunidad”. La palabra decisiva es parte. No “nos permitieron estar”, no “nos dieron un espacio”, no “fuimos invitadas”. Ser invitada supone que alguien posee la casa y concede temporalmente el derecho a entrar. Ser parte significa reconocer que también se ayudó a construirla. Para las organizaciones afroargentinas esa diferencia tiene un peso particular en un país cuya narrativa oficial pasó generaciones enseñando que su población negra había desaparecido. El borramiento nunca fue solamente una equivocación de los manuales escolares: condicionó quién podía reconocerse como argentino, quién aparecía en los relatos fundacionales y quién quedaba reducido a nota al pie.

Cuando la memoria empezó a sonar
El trabajo comunitario tomó durante aquellas jornadas formas pequeñas y concretas. Carolina llevó instrumentos y desarrolló un taller en el que aparecieron kalimbas, xixis y maracas. En lugar de quedar inmovilizados sobre una mesa como piezas de museo, los instrumentos circularon y sonaron. Las manos hicieron lo que un folleto difícilmente consigue: convertir una explicación cultural en experiencia.
Y entonces llegaron los cuerpos.
Catia Assis, artista brasileña multifacética, llevó al espacio una trayectoria atravesada por distintas formas de expresión artística. Licenciada en Artes Escénicas por la Universidade Federal da Bahia (UFBA) e intérprete titiritera formada en la Escuela Ariel Bufano, participó con una performance junto a la yaguareté “Cata”. Su presencia aportó además otra capa a la experiencia afrodiásporica de la Expo: una artista brasileña formada entre artes escénicas y títeres trabajando dentro de un espacio afro del conurbano bonaerense, haciendo del cuerpo y de la representación lenguajes capaces de atravesar las fronteras nacionales sin borrar sus particularidades.
Bartira Portinho, por su parte, llegó desde un artivismo emergente centrado en problemáticas étnico-raciales y presentó una obra todavía en proceso: El Fluir de las Aguas. La performance invitaba a revisar nuestra relación con la naturaleza, pero dentro de aquel espacio resultaba difícil separar completamente el agua de otras memorias. El agua une y divide territorios; guarda rutas de migración, desplazamiento y diáspora; alimenta y también establece fronteras. Bartira no ofrecía una conclusión cerrada —la propia obra continúa desarrollándose—, sino una experiencia desde la cual volver a mirar esa relación entre cuerpo, territorio y naturaleza.
Las performances de Catia y Bartira resultaron importantes precisamente porque evitaron una de las trampas más persistentes cuando las instituciones incorporan expresiones afrodescendientes: convertir la cultura negra en folklore inofensivo. La ancestralidad no consiste en conservar objetos inmóviles ni en repetir gestos para que el público contemple una supuesta autenticidad. Está viva cuando un instrumento vuelve a sonar, cuando una artista brasileña desplaza una tradición mediante su propio lenguaje escénico, cuando otra mujer convierte el agua en pregunta y cuando quienes observan dejan de ser solamente espectadores.
Negras y Cimarronas no llevó una colección de reliquias africanas a Plaza Grigera. Llevó producción cultural contemporánea afrodescendiente.
Tres obras para una misma incomodidad
El stand incorporó además tres piezas de Melina Orquídea, nombre con el que la periodista y fundadora de InfoNegro Melina Schweizer firma su producción visual, plástica y artística. Las obras no habían nacido necesariamente como una serie, pero juntas establecieron una conversación con aquello que ocurría alrededor: migración, violencia, racialización, territorio y memoria. Cambiaban los escenarios, aunque debajo persistía una pregunta: quién decide qué cuerpos pueden desplazarse con seguridad, cuáles pueden ser convertidos en amenaza y cuáles tienen derecho a permanecer dentro de la historia colectiva.

La primera, La Yola Feliz, llevó esa pregunta al Caribe. La composición dividía un mismo paisaje marítimo entre dos experiencias radicalmente diferentes: mientras los turistas ascendían mediante una escalera firme, quienes migraban debían hacerlo aferrados a una cuerda. El océano era exactamente el mismo; cambiaban el pasaporte, el dinero, la clase, la raza y las posibilidades de atravesarlo sin jugarse la vida.
Desde una mirada dominicana, la obra interrogaba además una contradicción difícil de disimular: la criminalización de la población haitiana mientras se olvida que miles de dominicanos también han debido emigrar, cruzar fronteras y aceptar trabajos precarios para sobrevivir. El título encerraba la ironía. Nadie sube a una yola porque huir sea una aventura feliz. El desplazamiento parece llamarse turismo cuando existe dinero suficiente para regresar y “crisis migratoria” cuando quienes llegan son pobres y racializados.

La segunda pieza desplazó la mirada desde el mar hacia la arquitectura del castigo. A partir de la figura y declaraciones de Alejandro Sarubbi Benítez, la composición construyó una crítica del discurso punitivita mediante muros, alambre de púas, vigilancia, miras y cuerpos convertidos en objetivos.

La tercera pieza de Melina Orquídea construía su propia mirada sobre Lomas y, más ampliamente, sobre el conurbano bonaerense. María Remedios del Valle, mujer negra, combatiente de la independencia y Madre de la Patria, aparecía monumental sobre un territorio vivo: el tren, trabajadores, profesionales de la salud, infancias, músicos, artistas y vecinos. Dentro de esa composición, Melina incorporó el mural realizado por Negras Cimarronas para el 25 de julio, Día Internacional de las Mujeres Afrolatinoamericanas, Afrocaribeñas y de la Diáspora, en el que participó el artista Maxi Flores. No lo utilizó como decoración, sino como testimonio de una memoria afro que ya estaba ocupando el espacio público. La pieza proponía así un conurbano popular, migrante, diverso y también negro, donde María Remedios no quedaba encerrada en el siglo XIX: su historia continuaba en quienes estudian, trabajan, crean y organizan comunidad todos los días.
Las tres obras de Melina Orquídea terminaban dialogando desde territorios diferentes: La Yola Feliz interrogaba quién puede migrar con seguridad; la segunda pieza cuestionaba el discurso punitivista que convierte determinadas vidas en descartables; y la tercera reclamaba el derecho a pertenecer y ser parte de la memoria argentina. Mar, violencia y territorio quedaban unidos por una misma pregunta: quién tiene derecho a desplazarse, a vivir y, finalmente, a formar parte del relato de una sociedad.

Cultura también es economía
En una exposición concebida para mostrar empresas, industrias y emprendimientos podría parecer extraño detenerse tanto en performances, instrumentos y organizaciones comunitarias. Es justamente al revés. La economía local no ocurre fuera de la sociedad. El emprendedor que necesita vender, la artesana que busca clientes, la artista que necesita espacios para mostrar su trabajo, la editorial que ofrece libros, la universidad que forma profesionales y una organización que produce saber comunitario pertenecen al mismo ecosistema, aunque sus aportes no puedan reducirse a una misma columna contable.
Expo Lomas hizo convivir esas dimensiones durante cuatro jornadas. Los 60 stands, los aproximadamente 70 artesanos y emprendedores, las cinco facultades de la UNLZ, las empresas, los corredores gastronómicos, la Feria del Libro, el arte y los servicios municipales mostraron una economía que no termina en las fábricas ni comienza en las cajas registradoras. La cultura genera trabajo; el conocimiento produce valor; las redes comunitarias sostienen personas y los espacios públicos pueden acercar oportunidades a quienes difícilmente podrían pagar por semejante visibilidad comercial.

El stand negro añadió a esa ecuación una pregunta sobre quién accede a esas oportunidades. Hablar de producción local sin observar desigualdades históricas puede convertir el mérito en una explicación demasiado cómoda. No todos parten desde el mismo lugar, no todos disponen de idénticas redes y tampoco todas las identidades fueron legitimadas de la misma manera dentro del mercado, las instituciones o la cultura.
Por eso el trabajo que Gladys Flores sostuvo durante esos cuatro días tuvo una dimensión simultáneamente social, cultural y política. Social, porque construyó relaciones; cultural, porque permitió producir y transmitir expresiones afrodescendientes; política, porque hizo visible a una comunidad dentro de un espacio donde el distrito estaba definiendo públicamente qué considera parte de sí mismo.

Después de la Expo
Ayer, domingo 13, terminó la feria. Se guardaron las kalimbas y las maracas, terminaron las performances, las obras dejaron el stand, los emprendimientos levantaron sus productos y las carpas comenzaron a desaparecer de Plaza Grigera. Hoy, 14 de septiembre, queda aquello que ninguna organización puede guardar en una caja: las relaciones construidas durante esos cuatro días.
Para Gladys Flores, probablemente allí continúe la parte menos visible del trabajo. Las exposiciones tienen horario; la organización comunitaria no. Después de las fotografías quedan reuniones, llamadas, talleres, proyectos, negociaciones, articulaciones institucionales y esa perseverancia cotidiana sin la cual la palabra comunidad corre el riesgo de convertirse en un hermoso sustantivo para discursos oficiales.
La visita de Federico Otermín al stand significó reconocimiento institucional. Su importancia futura dependerá, sin embargo, de aquello que consiga producir después: continuidad para las políticas culturales y educativas antirracistas, espacios para artistas y organizaciones afrodescendientes, reconocimiento de sus saberes y participación real en las decisiones que atraviesan sus comunidades. La diversidad es sencilla cuando alcanza con fotografiarla; se vuelve política cuando hay que distribuir espacios, recursos y poder.

Eso fue lo más interesante que dejó el stand de Negras y Cimarronas dentro de Expo Lomas. Catia Assis no fue solamente una artista brasileña invitada; Bartira Portinho no llevó únicamente una performance sobre el agua; Carolina no mostró simplemente unos instrumentos; Melina Orquídea no colgó tres imágenes para decorar una carpa y Gladys Flores no estuvo cuatro días detrás de una mesa.
Juntas construyeron otra cosa: un espacio donde la afrodescendencia pudo aparecer como producción presente, creación contemporánea, educación, memoria y organización social.
Expo Lomas quiso mostrar durante cuatro días de qué está hecho el distrito. Entre industrias, universidades, libros, alimentos, artesanías y emprendimientos, un stand recordó algo que las estadísticas económicas difícilmente pueden medir: una ciudad también se construye con las historias que decide reconocer y con las personas a las que finalmente permite dejar de ser invitadas para asumirse, como dijo Gladys Flores, parte del entramado en comunidad.

Ficha técnica | Stand Negras Cimarronas — Expo Lomas 2026
Evento: Expo Lomas 2026
Fecha: 10 al 13 de septiembre de 2026
Lugar: Plaza Grigera, Lomas de Zamora
Horario: 15 a 21 h
Espacio destacado: Negras Cimarronas
Referente: Gladys Flores — lideresa y educadora popular afroguaraní
Propuestas: educación popular, memoria afrodescendiente, taller de instrumentos, performances, artivismo y artes visuales.
Performances: Catia Assis —artista brasileña, licenciada en Artes Escénicas por la UFBA e intérprete titiritera formada en la Escuela Ariel Bufano—; Bartira Portinho —artivista en temáticas étnico-raciales—, con El Fluir de las Aguas.
Artes visuales: Melina Orquídea, firma artística de la periodista y fundadora de InfoNegro Melina Schweizer, con tres piezas de arte político.
Participación artística vinculada: Maxi Flores.
Visita institucional: Federico Otermín, intendente de Lomas de Zamora.
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