Con el escrutinio todavía abierto, la oposición encabezada por Magdalena Andersson aventaja por 176 bancas a 173 al bloque del primer ministro Ulf Kristersson. Un eventual cambio de gobierno podría modificar la política social y migratoria sueca, pero no implica que Estocolmo abandone la OTAN ni su apoyo a Ucrania. La elección importa porque Suecia ocupa hoy un lugar estratégico en la seguridad del norte europeo.
Los sondeos de salida que el domingo mostraban una ventaja cómoda para la centroizquierda ya no son la mejor medida de la elección sueca. Según los resultados preliminares difundidos este lunes por la televisión pública SVT a partir de la autoridad electoral, el bloque opositor obtenía 176 de las 349 bancas del Parlamento y los partidos que sostienen a Kristersson, 173. Sólo tres escaños separan a ambos espacios. Quedan por contabilizar votos anticipados recibidos tarde y sufragios del exterior, de modo que Andersson está cerca de volver al gobierno, pero todavía no puede tratar ese resultado como definitivo.
La primera lectura política es menos cómoda para todos de lo que sugiere la palabra «triunfo». Los socialdemócratas siguen siendo la fuerza más votada, aunque su porcentaje preliminar bajó respecto de 2022. Los Demócratas de Suecia, de extrema derecha, también retrocedieron y perdieron el segundo puesto frente a los conservadores Moderados. Pero no desaparecieron: con alrededor del 17,6 % de los votos preliminares, conservan una fuerza considerable para influir en el debate sobre inmigración, seguridad y pertenencia nacional. La derecha puede perder el gobierno sin que sus ideas pierdan peso en la sociedad sueca.

La oposición encabezada por Magdalena Andersson aventaja por 176 bancas a 173 al bloque del primer ministro Ulf Kristersson.
El Báltico no cambia de bando
Suecia ya no es el país militarmente no alineado que era antes de la invasión rusa de Ucrania. Ingresó en la OTAN en marzo de 2024 y forma parte de una red de cooperación defensiva que une a los países nórdicos y bálticos con Polonia y el resto de la alianza. Su ubicación, sus capacidades militares y su relación con Finlandia hacen que cualquier negociación de gobierno en Estocolmo sea observada también desde Helsinki, Copenhague, los Estados bálticos, Berlín y Bruselas.
Sin embargo, una victoria de Andersson no debería presentarse como un debilitamiento automático de ese frente. El compromiso sueco con la defensa europea y con Ucrania responde a decisiones que exceden al gabinete saliente. En junio, Suecia se sumó a una declaración de los gobiernos nórdicos y bálticos que reafirmó la cooperación en seguridad y el respaldo a la soberanía ucraniana. La discusión bajo una nueva primera ministra probablemente sería cómo financiar y organizar esas obligaciones, no si regresar a la antigua neutralidad por decreto.
Ahí aparece una tensión compartida por buena parte de Europa: sostener el gasto en defensa mientras la población exige mejores servicios, salarios y protección social. Andersson llega con una promesa de reforzar el bienestar y revisar la distribución de la carga tributaria. Sus eventuales socios, sin embargo, discrepan sobre los impuestos y sobre cuánto gastar. La seguridad del Báltico no se decide únicamente en los cuarteles; también depende de que los gobiernos puedan mantener apoyo político para financiarla.
La migración, el verdadero límite del giro
El resultado también será leído como un examen de cuatro años de endurecimiento migratorio. Bajo Kristersson, la extrema derecha sostuvo al gobierno desde fuera de la coalición ministerial y ganó influencia sobre esa agenda. Una derrota de ese bloque frenaría su acceso inmediato al poder, pero no garantiza el regreso de la Suecia abierta al asilo de décadas anteriores. Los propios socialdemócratas mantienen posiciones restrictivas que chocan con las preferencias de la izquierda y los verdes.
Para el resto del continente, esa diferencia importa. Si Andersson logra formar gobierno sin revertir sustancialmente las restricciones migratorias, otros partidos europeos podrían concluir que es posible derrotar electoralmente a la ultraderecha sin disputar de fondo sus premisas sobre fronteras. Si, por el contrario, el nuevo bloque consigue combinar seguridad, integración y derechos, ofrecería una respuesta política diferente. La elección sueca puede frenar a un partido; lo que todavía no sabemos es si cambiará el marco del debate que ese partido ayudó a imponer.
Ganar las bancas no basta para gobernar
La segunda dificultad de Andersson está en su propio campo. Para reunir una mayoría necesita el apoyo de centristas, verdes e izquierda. El Partido de Centro se resiste a compartir gobierno con el Partido de Izquierda, que a su vez reclama participar en el Ejecutivo. Sus diferencias sobre impuestos, bienestar y migración podrían traducirse en un gabinete débil, acuerdos legislativos caso por caso o negociaciones prolongadas. Con apenas tres bancas de ventaja provisional, cada decisión presupuestaria será una prueba de cohesión.
El impacto continental, entonces, no será una conversión súbita de Suecia «a la izquierda» ni una ruptura de la estrategia europea frente a Rusia. Será más preciso —y más importante— observar si un gobierno socialdemócrata puede sostener la defensa común, reconstruir legitimidad para el Estado de bienestar y ofrecer una política migratoria distinta de la impulsada por la derecha. El resultado final del recuento decidirá quién tiene la primera oportunidad de intentarlo. La negociación posterior mostrará cuánto poder real tendrá para hacerlo.


























