La jefa del bloque libertario en el Senado dijo que le «preocupa muchísimo» la velocidad de la recuperación económica. También pidió que los beneficios impositivos no queden concentrados en las grandes inversiones. Respalda el rumbo del Gobierno, pero admite que sus resultados no alcanzan a todos.
Patricia Bullrich volvió a introducir una incomodidad en el discurso económico oficial. Durante una exposición en la Universidad de San Andrés, expresó su preocupación por el ritmo de la recuperación y reclamó que la baja de impuestos prevista para grandes proyectos pueda extenderse a más sectores. No anunció una ruptura con Javier Milei ni rechazó su programa. Señaló, desde el corazón del oficialismo, la distancia entre los beneficios que el Gobierno promete y el tiempo que pueden esperar quienes todavía no los perciben.
La palabra que eligió Bullrich fue velocidad. Esa precisión importa: le permite sostener que la dirección económica es correcta y, a la vez, advertir que una mejora demasiado lenta puede volverse políticamente insuficiente. Para una gran inversión, los resultados pueden medirse en años. Para una pyme que necesita vender este mes o una familia que debe pagar sus cuentas, el calendario es otro.
Su planteo sobre los impuestos agrega una segunda tensión. El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones ofrece ventajas a proyectos de determinada escala, mientras la senadora pide que una reducción de la carga tributaria «llegue a todos». Es una demanda fácil de enunciar y difícil de financiar: si el Gobierno quiere ampliarla sin abandonar sus objetivos fiscales, deberá explicar de dónde saldrán los recursos o qué gastos piensa modificar.
Bullrich no se coloca fuera del proyecto libertario. Su intervención puede leerse, más bien, como una advertencia sobre su viabilidad política: la promesa de una recuperación futura pierde fuerza cuando el presente se prolonga demasiado. Milei puede defender las cifras de su programa; sus aliados, en cambio, tienen que escuchar a los sectores que preguntan cuándo van a notar una mejora.
Por eso la frase resulta más incómoda que una crítica opositora. No discute si el Gobierno quiere crecer, sino si el crecimiento que ofrece llegará a tiempo y a cuántos argentinos dejará afuera mientras tanto.

























