El Movimiento Evita prometió movilizar 20 mil personas para el acto que el gobernador encabezará el 19 de septiembre en Avellaneda. La incorporación le aporta estructura territorial, presencia en los barrios populares y contactos fuera de Buenos Aires, mientras Kicillof intenta construir una candidatura nacional sin esperar el permiso de Cristina Kirchner ni quedar encerrado en la interna bonaerense.
Axel Kicillof comenzó a cruzar la frontera que separa a un gobernador con proyección nacional de un candidato presidencial en campaña. La incorporación del Movimiento Evita a su armado y la convocatoria a un acto multitudinario en Villa Domínico representan el movimiento más visible de una estrategia destinada a convertir al Movimiento Derecho al Futuro en una fuerza con capacidad de disputar la conducción del peronismo y enfrentar a Javier Milei en 2027.
El acto está previsto para el 19 de septiembre en la Universidad Tecnológica Nacional de Avellaneda. Los organizadores esperan que Kicillof utilice ese escenario para dar una señal contundente sobre su candidatura presidencial, aunque hasta el momento no existe confirmación de que vaya a realizar un lanzamiento formal.
La diferencia no es menor. Kicillof puede profundizar su instalación nacional sin pronunciar todavía la frase definitiva. Una proclamación anticipada lo obligaría a ingresar abiertamente en la disputa con otros gobernadores, Sergio Massa, Máximo Kirchner y los sectores que todavía reconocen a Cristina Kirchner como la principal autoridad política del espacio. Mantener cierta ambigüedad le permite actuar como candidato sin asumir todos los costos de serlo.
Pero la movilización que se prepara en Villa Domínico difícilmente pueda presentarse como una actividad institucional más. El Movimiento Evita, conducido nacionalmente por Emilio Pérsico, anunció su incorporación mediante Eduardo “Cholo” Ancona, responsable de la organización en la provincia de Buenos Aires. La promesa es reunir al menos 20 mil personas con participación de la estructura bonaerense y del Evita porteño que lidera Jonathan Thea.
Una concentración de esa magnitud no sirve únicamente para llenar un gimnasio. Está pensada para producir una imagen nacional: Kicillof en el centro, una organización social aportando volumen callejero y una nueva coalición dispuesta a mostrar que el gobernador puede construir por fuera del dispositivo de La Cámpora.
El Evita le aporta lo que la gobernación no puede comprar
La incorporación del Movimiento Evita cubre una de las principales debilidades del armado presidencial de Kicillof. El gobernador controla la administración de la provincia más grande del país, dispone del apoyo de intendentes y tiene una presencia electoral consolidada en el conurbano, pero todavía carece de una organización nacional propia capaz de movilizar, fiscalizar y construir candidaturas en distintos distritos.
El Evita aporta cuadros políticos, redes comunitarias, cooperativas, unidades productivas, referentes barriales y contactos con organizaciones sociales de casi todas las provincias. No reemplaza el poder de los gobernadores ni garantiza votos automáticamente, pero permite que el proyecto de Kicillof deje de depender exclusivamente de los ministros bonaerenses y de los intendentes que integran el Movimiento Derecho al Futuro.
Ancona tendrá la misión de articular con dirigentes provinciales, sindicatos y sectores empresariales. Esa definición muestra que el acuerdo no se limita a la movilización del 19 de septiembre. El Evita pretende participar en la ampliación política de una candidatura que necesita hablarles simultáneamente a los trabajadores formales, la economía popular, las pequeñas empresas y los gobernadores.
El aporte más visible será la calle. Desde la pandemia y el desgaste de las organizaciones sociales por las denuncias sobre intermediación de planes, el Evita perdió capacidad de condicionar al Estado nacional, pero conserva una estructura territorial que ningún espacio puede construir en pocos meses. Para Kicillof, esa presencia resulta particularmente valiosa frente a un Gobierno que convirtió a los movimientos sociales en enemigos políticos y desmanteló buena parte de las políticas administradas conjuntamente con esas organizaciones.
También existe una dimensión simbólica. El gobernador quiere disputar la representación de los sectores golpeados por la recesión, la pérdida del empleo y el deterioro de los ingresos. Incorporar a una organización asentada en barrios populares le permite construir una imagen menos limitada al aparato estatal y más vinculada con quienes padecen diariamente el ajuste.
El Evita también necesita a Kicillof
La alianza no es un acto desinteresado. El Movimiento Evita necesita recuperar centralidad después de haber quedado debilitado por la llegada de Milei, el cierre de programas sociales y la ofensiva oficial contra las organizaciones territoriales.
Durante los gobiernos kirchneristas, el Evita administró áreas estatales vinculadas con la economía social y tuvo una relación directa con cooperativas y beneficiarios de programas. Con Alberto Fernández alcanzó posiciones relevantes en el Ministerio de Desarrollo Social, pero su poder se redujo drásticamente después de diciembre de 2023.
La organización tampoco mantiene una relación sencilla con La Cámpora. Sus dirigentes acompañaron al kirchnerismo en numerosas etapas, pero también chocaron con la conducción de Máximo Kirchner por candidaturas, recursos y control territorial. El acercamiento a Kicillof le ofrece una vía para mantenerse dentro del peronismo sin regresar subordinado a la estructura camporista.
Pérsico apuesta a un dirigente con posibilidades reales de llegar a la Presidencia y Kicillof recibe una organización que puede aportar movilización y construcción federal. Uno necesita candidato; el otro necesita músculo. La alianza se explica menos por una reconciliación doctrinaria que por una complementariedad política.
El riesgo para el Evita es convertirse únicamente en proveedor de columnas para actos multitudinarios. La designación de Ancona como articulador político indica que la organización reclamará lugares en las mesas de decisión, en el diseño programático y eventualmente en las listas electorales.
Kicillof deberá administrar ese ingreso sin provocar una rebelión entre intendentes y dirigentes propios, que ya compiten por posiciones en una estructura todavía en formación. Cada adhesión amplía la candidatura, pero también multiplica la cantidad de actores que esperan recibir una parte del armado.
Una candidatura que busca salir de Buenos Aires
El principal desafío de Kicillof consiste en dejar de ser percibido como un candidato exclusivamente bonaerense. La provincia concentra casi el 40% del padrón nacional, pero también genera resistencias en amplias regiones del interior, donde los gobernadores desconfían de los proyectos construidos desde el conurbano.
La visita a Misiones respondió a esa necesidad. Kicillof se reunió con Hugo Passalacqua, recorrió establecimientos educativos y productivos y firmó convenios de cooperación en desarrollo industrial, seguridad, tecnología y producción agropecuaria. La agenda le permitió presentarse como un gobernador dispuesto a establecer relaciones institucionales con mandatarios que no pertenecen al peronismo tradicional.
El próximo movimiento apunta al Alto Valle de Río Negro, donde la CGT regional organiza una visita que todavía no tiene fecha definitiva. La preparación involucra a representantes sindicales y políticos, con un formato que combinaría actividad gremial y presentación pública.
La secuencia Misiones–Avellaneda–Río Negro no parece improvisada. Busca combinar tres imágenes: el gobernador que acuerda con otras provincias, el candidato que moviliza en el conurbano y el dirigente que dialoga con sindicatos del interior.
Kicillof necesita demostrar que puede ofrecer algo más que una restauración del kirchnerismo. Su problema no es solamente alcanzar una buena intención de voto; debe construir una coalición territorial capaz de fiscalizar en veinticuatro distritos, conseguir candidatos locales y generar acuerdos con gobernadores que administran sus propias prioridades.
La llegada del Evita ayuda en ese objetivo, pero no resuelve la relación con los mandatarios peronistas. Algunos mantienen acuerdos con la Casa Rosada, otros rechazan el liderazgo de Cristina y varios promueven candidatos propios. Gerardo Zamora, Jorge Capitanich y Ricardo Quintela ya comenzaron a moverse dentro de un escenario que difícilmente se ordene mediante una designación vertical.
El mensaje silencioso para Cristina y Máximo Kirchner
El acto de Villa Domínico también estará dirigido hacia el interior del peronismo bonaerense. Kicillof construye su candidatura sin romper formalmente con Cristina Kirchner, pero cada movimiento de autonomía reduce la capacidad del kirchnerismo para controlar su futuro.
El Movimiento Derecho al Futuro nació precisamente como una respuesta a la presión de La Cámpora. Intendentes, ministros y organizaciones que se incorporaron al espacio consideran que el gobernador debe disponer de una estructura propia y no depender de las decisiones de Máximo Kirchner sobre el Partido Justicialista bonaerense.
La incorporación del Evita profundiza ese proceso porque suma una organización nacional históricamente incómoda para La Cámpora. Kicillof no sólo reúne aliados: está construyendo una arquitectura alternativa dentro del mismo universo político.
La confrontación, sin embargo, todavía tiene límites. Cristina conserva capacidad de ordenar sectores militantes, influye sobre legisladores y mantiene una centralidad simbólica que ningún dirigente peronista logró reemplazar. Kicillof necesita emanciparse sin aparecer como responsable de una ruptura que beneficie a Milei.
Por eso Villa Domínico puede funcionar como lanzamiento práctico sin proclamación formal. La fotografía de 20 mil militantes permitiría demostrar fuerza, mientras el discurso podría mantenerse en torno a la unidad, la defensa de la producción y la construcción de una alternativa nacional.
El gobernador busca que la candidatura parezca una consecuencia inevitable de la movilización y no una decisión personal contra Cristina. Es una forma de correr el límite sin dinamitar el puente.
La economía será el verdadero programa electoral
El armado territorial sólo tendrá sentido si Kicillof consigue convertir el rechazo al ajuste en una propuesta económica comprensible. La crisis industrial, la destrucción de empleo, el endeudamiento familiar y la caída del consumo ofrecen una base social para una oposición a Milei, pero no garantizan que esa demanda termine apoyando al peronismo.
El gobernador intentará presentarse como defensor de la producción, la obra pública, la educación y la salud estatales. Los convenios firmados en Misiones apuntaron justamente a contrastar dos modelos: cooperación entre provincias y desarrollo productivo frente a la retirada del Estado nacional.
El Evita puede aportar el capítulo correspondiente a la economía popular. Sus cooperativas y organizaciones conocen el impacto concreto del ajuste sobre comedores, pequeños productores, trabajadores informales y familias endeudadas. Pero la candidatura deberá evitar que ese sector aparezca únicamente asociado a planes sociales.
Kicillof necesita construir una propuesta que vincule la economía popular con la industria, las pymes y el trabajo formal. Si ofrece solamente una vuelta al esquema asistencial anterior, tendrá dificultades para ampliar su electorado. Si abandona a las organizaciones sociales para agradar a sectores empresariales, perderá parte de la estructura que acaba de incorporar.
La tarea de Ancona será delicada: sentar en una misma mesa a movimientos sociales, sindicatos y empresarios que muchas veces compiten por recursos, regulaciones y representación.
Las encuestas lo empujan, pero no lo coronan
Kicillof aparece como el dirigente opositor con mejores posibilidades de disputar una elección nacional contra Milei, aunque los estudios disponibles muestran un escenario abierto. Un promedio difundido en julio ubicaba al Presidente por encima del gobernador en distintos escenarios, mientras una medición posterior de Synopsis registró un empate técnico entre el peronismo, con 35,7%, y La Libertad Avanza, con 35,5%.
Las diferencias entre encuestas obligan a evitar conclusiones definitivas. Falta más de un año para las elecciones, no están confirmadas las candidaturas y el resultado dependerá de la evolución económica, las alianzas y las reglas electorales.
Pero los sondeos ya producen efectos políticos. Si Kicillof aparece competitivo, atrae organizaciones, intendentes y dirigentes que necesitan ubicarse temprano. Cada incorporación refuerza su condición de candidato y esa percepción, a su vez, facilita nuevas incorporaciones.
El fenómeno puede convertirse en un círculo de acumulación, pero también despertar una coalición interna para frenarlo. Los gobernadores que rechazan una candidatura bonaerense, el massismo que conserva aspiraciones y La Cámpora que no quiere perder la conducción observarán Villa Domínico como una demostración de fuerza dirigida tanto contra Milei como hacia ellos.
Quién gana y quién arriesga
Kicillof gana estructura, capacidad de movilización y una red con presencia nacional. El Movimiento Evita gana un vehículo electoral y la posibilidad de regresar al centro de una futura administración. Los intendentes alineados con el gobernador obtienen una candidatura competitiva, aunque deberán compartir decisiones con nuevos socios.
Pérsico arriesga su organización en una apuesta temprana. Si la candidatura no prospera o si Kicillof acuerda posteriormente con La Cámpora en condiciones desfavorables, el Evita podría quedar nuevamente subordinado. Ancona también deberá demostrar que puede aportar algo más que asistentes a un acto.
Cristina y Máximo Kirchner pierden capacidad de arbitraje. No porque Kicillof haya roto con ellos, sino porque comienza a reunir apoyos que no necesitan pasar por el Instituto Patria. Milei, mientras tanto, se beneficia de cualquier fractura opositora, pero enfrenta el riesgo de que el peronismo encuentre un candidato con gestión, territorio y discurso económico.
El mayor interrogante lo tienen los sectores sociales convocados. Para trabajadores informales, cooperativistas y familias castigadas por el ajuste, la candidatura sólo tendrá valor si se traduce en un programa que mejore ingresos, reconstruya empleo y devuelva capacidad al Estado. Una multitud puede lanzar a un candidato, pero no reemplaza una propuesta de gobierno.
El 19 de septiembre será una demostración, aunque no pronuncie la candidatura
Kicillof puede evitar la fórmula “voy a ser candidato”, pero el escenario hablará por él. Un acto de 20 mil personas, organizado por su espacio, reforzado por el Movimiento Evita y realizado durante una gira nacional no pertenece al calendario ordinario de un gobernador.
Villa Domínico será la primera prueba del nuevo armado. Permitirá medir la capacidad de movilización del Evita, la convivencia con los intendentes, la respuesta de los sindicatos y el tono que Kicillof elegirá para diferenciarse de Milei sin romper definitivamente con Cristina.
El gobernador intenta demostrar que puede construir una candidatura desde Buenos Aires, pero no encerrada en Buenos Aires; surgida del kirchnerismo, pero no administrada por La Cámpora; apoyada por organizaciones sociales, pero abierta a empresarios y mandatarios provinciales.
La incorporación del Evita no resuelve esas contradicciones. Las vuelve visibles y les pone una fecha. El 19 de septiembre Kicillof quizá no anuncie formalmente su candidatura presidencial. Pero si logra llenar Villa Domínico, ya habrá comenzado a ejercerla.

























