Sólo el 24 % de los estudiantes evaluados alcanzó el nivel mínimo en Matemática; en Lectura lo hizo el 40 % y en Ciencias, el 41 %. La caída respecto de 2022 exige respuestas, pero convertir a los celulares o a una sola gestión de gobierno en culpables únicos impide ver cómo se combinan la desigualdad, las condiciones de enseñanza y la vida digital.
Los resultados de PISA 2025 dejaron una señal difícil de esquivar: Argentina retrocedió frente a 2022 en Matemática, Lectura y Ciencias. También obtuvo puntajes inferiores a los de 2018 en las tres áreas. La evaluación, realizada a estudiantes de 15 años, muestra además que la distancia entre quienes obtuvieron los resultados más altos y más bajos se amplió en Matemática y Ciencias. No describe sólo un problema de promedios; advierte sobre una brecha dentro del propio sistema educativo.
El dato más urgente está en las capacidades básicas. Apenas uno de cada cuatro estudiantes argentinos llegó al nivel mínimo de Matemática. En Lectura fueron cuatro de cada diez: alcanzar ese umbral supone poder identificar la idea principal de un texto de extensión moderada y encontrar información siguiendo ciertos criterios. No llegar a él no significa que una persona «no sepa leer», pero sí que enfrenta dificultades para usar la lectura como herramienta de aprendizaje.
La pantalla no explica todo
Sería cómodo encontrar un culpable que quepa en un bolsillo. El celular distrae, las plataformas compiten por la atención y la inteligencia artificial puede entregar una respuesta antes de que un estudiante haya tenido tiempo de formular una pregunta. PISA aporta una medida de esa tensión: el 55 % de los estudiantes argentinos declaró que sus compañeros se distraen con dispositivos digitales durante la mayoría o todas las clases de Ciencias, frente al 28 % del promedio de la OCDE. El 52 % dijo usar chatbots de IA al menos una vez por semana para ayudarse a aprender.
Esos datos justifican discutir cómo se usan las tecnologías en la escuela. No demuestran que las pantallas o la IA hayan causado la caída de los puntajes. Aprender exige practicar, equivocarse, revisar y sostener la atención; una herramienta digital puede ayudar en ese proceso o sustituirlo, según la tarea y el acompañamiento docente. Prohibir sin enseñar a usarla deja intacta una parte del problema. Entregar tecnología sin un propósito pedagógico claro tampoco lo resuelve.
Lo que entra al aula antes que el docente
La evaluación registra condiciones materiales que suelen desaparecer del debate cuando comienza la búsqueda de responsables. En Argentina, el 54 % de los estudiantes asistía a escuelas cuyos directivos señalaron que la falta de materiales educativos perjudicaba, al menos en alguna medida, la enseñanza. El 50 % concurría a establecimientos donde se advertían dificultades por carencias de infraestructura. También el 44 % estudiaba en escuelas cuyos directivos percibían que la falta de docentes obstaculizaba la instrucción.
La desigualdad pesa, aunque no condena a cada estudiante a repetir su origen. En Ciencias, el grupo socioeconómicamente más favorecido de Argentina superó por 82 puntos al más desfavorecido. Al mismo tiempo, una parte de los alumnos de hogares vulnerables obtuvo resultados altos en comparación con sus pares del país. La escuela puede abrir oportunidades; para hacerlo necesita condiciones que no dependan exclusivamente del esfuerzo de cada familia o de la voluntad de cada docente.
La responsabilidad política tampoco puede repartirse mediante una consigna. Quienes rindieron PISA en 2025 atravesaron muchos años de escolaridad y varias administraciones. Sus resultados no son obra exclusiva de Milei ni una absolución de su gobierno. Si el deterioro viene de lejos, la obligación de intervenir es mayor: revisar qué aprendizajes faltan, asegurar materiales y acompañamiento, sostener a los docentes y medir si las políticas elegidas producen mejoras.
PISA es una alarma, no un programa de gobierno. Sirve para mostrar dónde se acumulan las dificultades y para comparar trayectorias; no puede decidir por sí sola cómo enseñar ni explicar cada causa detrás de un resultado. La discusión pública empieza a ser útil cuando deja de preguntar a quién echarle la culpa de una generación y comienza a preguntar qué condiciones habrá que cambiar para que la próxima aprenda más.

























