El IPC marcó 1,7% en agosto y 33,5% interanual, pero las canastas que determinan quién es pobre o indigente corren varios puntos por encima: la Canasta Básica Alimentaria aumentó 39,6% en un año y la Canasta Básica Total 38,3%. Pan, harina, fideos, arroz y tubérculos —productos centrales en los hogares de menores ingresos— explican buena parte de la diferencia. El resultado expone una paradoja distributiva: el promedio desacelera más rápido que los gastos que menos pueden postergarse.
La inflación argentina volvió a perforar el 2% mensual en agosto, pero el 1,7% del índice general no cuenta de la misma manera lo que está ocurriendo en todos los hogares. Mientras el IPC acumuló una variación interanual del 33,5%, la Canasta Básica Alimentaria, utilizada para establecer la línea de indigencia, aumentó 39,6% y la Canasta Básica Total, que determina la línea de pobreza, avanzó 38,3%.
La diferencia no es estadística menor. Significa que el costo mínimo necesario para alimentarse y mantenerse fuera de la pobreza está aumentando más rápidamente que el promedio general de precios. En otras palabras, una inflación mensual más baja puede coexistir con un deterioro relativo de los hogares que destinan una proporción mayor de sus ingresos a alimentos, servicios y otros consumos esenciales.
El último informe oficial del INDEC confirma que en agosto el IPC nacional aumentó 1,7%, acumuló 21,3% desde diciembre y alcanzó 33,5% interanual. También muestra que Alimentos y bebidas no alcohólicas aumentó 1,7% en el mes, pero detrás de ese promedio existieron variaciones mucho más fuertes en algunos productos básicos.
La comida de los hogares pobres aumenta más que el promedio
La Canasta Básica Alimentaria no reproduce exactamente la composición del rubro alimentos del IPC. Está construida para representar un mínimo de requerimientos calóricos y, por esa razón, tiene un peso importante de productos como pan, harina, fideos, arroz, tubérculos y otros alimentos de consumo cotidiano.
Ese detalle metodológico se vuelve decisivo cuando justamente esos productos aumentan por encima del promedio.
Según el análisis del Grupo Atenas, la CBA supera en 5,3 puntos porcentuales la variación de la división Alimentos y bebidas del IPC correspondiente al Gran Buenos Aires. La diferencia responde, fundamentalmente, a la composición: los productos que más pesan en una canasta de subsistencia son también algunos de los que registraron aumentos más fuertes.
Durante agosto, por ejemplo, el pan francés aumentó 3,8%, la harina de trigo 3,8%, los fideos secos 4,5%, las galletitas de agua 3,4% y las galletitas dulces 4,3% en el GBA. Son incrementos que duplican, o incluso superan ampliamente, el 1,7% del índice general.
La diferencia importa porque un hogar de bajos ingresos no distribuye su presupuesto como uno de ingresos altos.
Cuanto menor es el ingreso, mayor suele ser la proporción destinada a alimentación y otros consumos indispensables. Por eso un aumento de 4% en harina, fideos o pan puede tener mayor impacto sobre una familia vulnerable que una caída del precio de prendas, turismo o determinados bienes durables.
El promedio baja con productos que los hogares pobres pueden postergar
Ahí aparece una de las claves distributivas detrás del índice general.
Durante agosto, Prendas de vestir y calzado cayó 0,6%, mientras Recreación y cultura no registró variaciones. Los precios estacionales, en conjunto, retrocedieron 0,9%. En cambio, Vivienda, agua, electricidad, gas y combustibles aumentó 2,8%; Educación 2,5%; Salud 2,4%; Comunicación 2,3% y los regulados avanzaron 2,2%.
Es decir, varios consumos que pueden postergarse o reducirse ayudaron a contener el promedio, mientras gastos con menor capacidad de sustitución continuaron aumentando por encima de él.
Esta diferencia ayuda a explicar por qué dos hogares pueden experimentar una inflación muy distinta aunque ambos vivan bajo el mismo IPC nacional.
Una familia que dedica una porción importante de su presupuesto a alquiler, electricidad, transporte, medicamentos y comida enfrenta una estructura de aumentos diferente de otra que puede destinar una proporción considerable a indumentaria, turismo, equipamiento o bienes durables.
El IPC es un promedio. Ninguna familia consume exactamente el promedio.
El 1,7% tuvo una ayuda extraordinaria de los precios estacionales
La composición de agosto también obliga a moderar la lectura del mejor dato mensual.
Los precios estacionales cayeron 0,9%, mientras la inflación núcleo se ubicó en 1,8% y los regulados avanzaron 2,2%. El INDEC atribuyó la caída de los estacionales principalmente a paquetes turísticos y prendas de vestir, parcialmente compensada por incrementos en verduras, tubérculos, legumbres y frutas.
El Grupo Atenas calcula que prácticamente toda la reducción del IPC respecto de julio estuvo explicada por ese comportamiento estacional. El índice general pasó del 2,1% al 1,7%, una desaceleración de cuatro décimas, mientras componentes temporarios jugaron fuertemente a favor.
Eso no invalida el 1,7%.
Pero sí cambia su interpretación.
Una baja originada en turismo o indumentaria después de las vacaciones no tiene necesariamente la misma persistencia que una reducción de la inflación de alimentos, servicios o del componente núcleo.
El núcleo se resiste a perforar el piso
El otro problema está justamente en el IPC núcleo.
El dato oficial de agosto fue 1,8%, igual que en julio. La serie publicada por el INDEC muestra 1,5% en junio, 1,8% en julio y nuevamente 1,8% en agosto; por lo tanto, la afirmación del informe citado de que estuvo en 1,8% durante “tres meses consecutivos” no coincide literalmente con la serie nacional oficial.
Lo relevante económicamente, sin embargo, permanece: la inflación subyacente dejó de descender durante los últimos dos meses disponibles.
Ese 1,8% mensual, si se mantuviera durante doce meses, implicaría una velocidad anual considerablemente superior al objetivo de inflación cero que suele plantear el Gobierno. De allí que el desafío ya no sea únicamente perforar el 2% en un mes determinado, sino conseguir que la inflación más persistente acompañe la baja.
La resistencia del núcleo es particularmente importante porque elimina buena parte del “ruido” generado por movimientos estacionales o precios administrados.
El Gobierno consiguió bajar fuertemente la velocidad general de los precios desde los primeros meses de su gestión.
Ahora enfrenta el tramo más difícil: romper la inercia que queda cuando desaparecen los grandes shocks.
La CBA subió 39,6% contra un IPC de 33,5%
La comparación interanual muestra con mayor claridad la desigualdad.
El índice general aumentó 33,5%.
La Canasta Básica Total avanzó 38,3%.
Y la Canasta Básica Alimentaria lo hizo 39,6%.
La diferencia alcanza 4,8 puntos entre la CBT y el IPC, y 6,1 puntos entre la CBA y el nivel general.
Esto tiene una consecuencia directa sobre la medición social. Para que un hogar no caiga bajo la línea de pobreza, sus ingresos deben crecer al menos al mismo ritmo que la canasta utilizada para establecer esa frontera.
Si el salario o la jubilación aumentan siguiendo más de cerca al IPC promedio, pero la CBT crece varios puntos por encima, el hogar puede perder posición frente a la línea de pobreza aun cuando formalmente sus ingresos hayan acompañado la inflación general.
La desinflación, entonces, no garantiza automáticamente una reducción de la pobreza.
Importa qué precios bajan de velocidad.
E importa todavía más qué ingresos los enfrentan.
Jubilaciones y salario mínimo quedaron detrás de la canasta
El informe del Grupo Atenas ubica esa diferencia en cifras concretas.
La jubilación mínima más el bono alcanza $498.633, frente a una línea de pobreza de $519.578 por adulto equivalente utilizada en su comparación. Eso equivale aproximadamente al 96% de esa referencia.
El problema está también en la evolución. El bono de $70.000 permanece congelado desde marzo de 2024, por lo que su peso real disminuye cada mes que aumentan los precios. Según el análisis presentado, el ingreso efectivo de un jubilado mínimo habría crecido alrededor de 27,5% interanual frente a una CBT que avanzó 38,3%, produciendo una pérdida real cercana al 7,8%.
El salario mínimo de agosto, situado en $376.600, representaría apenas el 72,5% de esa línea individual utilizada por el informe.
Para un hogar de cuatro integrantes cuya CBT se ubica en $1.605.497, el cálculo requiere aproximadamente 4,26 salarios mínimos para superar la línea de pobreza.
El problema no es solamente cuánto suben los precios.
Es cuánto deben trabajar los hogares para alcanzarlos.
La pobreza podría volver a subir, pero todavía falta el dato oficial
La evolución de las canastas anticipa presión sobre los próximos indicadores de pobreza, aunque no permite afirmar por sí sola cuál será el resultado oficial. La pobreza depende de la relación entre ingresos familiares y el costo de la CBT, no únicamente de la inflación de esa canasta.
El Nowcast de pobreza elaborado por la Universidad Torcuato Di Tella estimó 31,3% para el semestre febrero-julio de 2026, frente a una estimación de 28,2% para julio-diciembre de 2025.
La estimación equivale a aproximadamente 9,4 millones de personas viviendo en hogares urbanos pobres dentro de una población urbana representada de unos 30 millones.
El cálculo proyectó una incidencia de 30,1% en febrero-marzo, 32,7% durante el segundo trimestre y 29,2% en julio.
Es una estimación académica previa al dato oficial, no el resultado definitivo de la EPH.
Pero la dirección del indicador coincide con la señal que envían las canastas: cuando el umbral de pobreza aumenta más rápidamente que buena parte de los ingresos, crece el riesgo de que hogares que estaban apenas por encima vuelvan a quedar debajo.
La inflación de los pobres puede ser mayor que la inflación promedio
La discusión económica que abre agosto va más allá del 1,7%.
El promedio nacional puede desacelerarse mientras la estructura de precios castiga con mayor fuerza a los hogares de menores recursos.
No porque exista un IPC secreto diferente, sino porque cada estrato social consume una combinación distinta de bienes y servicios.
Los hogares más pobres destinan proporcionalmente más recursos a alimentación, vivienda, transporte y servicios esenciales. Los hogares de mayores ingresos tienen una participación relativamente superior de consumos discrecionales, recreación, turismo, equipamiento y otros bienes cuya compra puede retrasarse.
Cuando caen los precios relativos de lo postergable y aumentan más rápido los de lo indispensable, el IPC promedio puede mejorar mientras la economía cotidiana de los hogares vulnerables mejora mucho menos.
Esa es la clave del fenómeno.
La desinflación llegó al índice antes que a la mesa
El Gobierno puede mostrar un avance indiscutible en la velocidad general de los precios: agosto cerró con 1,7%, lejos de los registros de los primeros meses de la gestión.
Pero la fotografía social es más compleja.
La inflación núcleo permanece en 1,8%.
Los regulados subieron 2,2%.
La Canasta Básica Total aumenta 38,3% interanual.
La Canasta Básica Alimentaria, 39,6%.
Y productos como harina, pan, fideos y galletitas crecieron durante agosto bastante más que el promedio.
Por eso el próximo desafío económico no consiste solamente en bajar otra décima del IPC.
Consiste en conseguir que la desinflación llegue también a los bienes que determinan si una familia come, paga los servicios y permanece por encima de la línea de pobreza.
El 1,7% es una buena noticia estadística.
Pero cuando la canasta que mide la indigencia aumenta seis puntos más que la inflación general, queda claro que el promedio todavía no describe completamente lo que sucede en los bolsillos más ajustados.
La inflación está bajando, pero no baja igual para todos: lo que más se abarata o se frena es justamente lo que los hogares pobres pueden dejar de comprar; lo que más pesa en su mesa y en sus gastos obligatorios continúa corriendo por delante.

























