Carlos “Indio” Solari murió esta mañana en su casa de Parque Leloir. Tenía 77 años. Se llevó consigo un pedazo de la identidad argentina que no se fabrica en los estudios de grabación ni se vende en los grandes medios. Se la construyó a los ponchazos, con la gente, contra la corriente y sin pedirle permiso a nadie. Por eso duele. Por eso duerme la siesta de los justos. Porque el Indio era de los nuestros, de los que no se venden, de los que no saludan al poder, de los que no bajan la cabeza.
Sí, muchachos. El rock está de luto. El país está de luto. La Argentina que no sale en la tele, la que se junta en los baldíos, la que se pega el pogo más grande del mundo cuando suena «Ji ji ji», esa Argentina perdió a su líder. No es una muerte más. Es un terremoto cultural. Es la oración fúnebre de una generación que creció creyendo que la rebeldía se medía en watts y que la dignidad no se negocia.
El Parkinson y la resistencia (o cómo el cuerpo dijo basta)
Hace una década que el Indio le peleaba al Parkinson. La enfermedad lo fue retirando de a poco. Primero de los escenarios multitudinarios, después de la vida pública, finalmente de la existencia terrenal. Su último gran recital fue en Olavarría, en 2017. Una multitud. Un desborde. Y también un recordatorio de que el Indio, aunque tembloroso, seguía siendo una fuerza de la naturaleza.
En 2023 confirmó lo que todos sabíamos: no volvería a subirse a un escenario. No era un capricho. Era la cruda realidad de un cuerpo que ya no le respondía a un espíritu indomable. El Parkinson no le ganó, muchachos. El Parkinson le empató. Porque el Indio se fue con la frente en alto, con la coherencia intacta y con la obra hecha.
La noche antes de la partida
Según contaron fuentes cercanas, la noche del jueves fue tranquila. El Indio cenó con su familia en Parque Leloir. Después se fue a descansar cerca de la piscina. Como un tipo común. Como cualquier mortal. Lo que sus fans saben, y los que no lo son nunca entenderán, es que su simpleza era su grandeza. No necesitaba lujos. No necesitaba la farándula. Necesitaba que los suyos estuvieran cerca.
Cuando se descompensó en la madrugada, los suyos llamaron al 911. La ambulancia llegó, pero ya era tarde. O quizás no. Quizás el Indio eligió irse así, en la intimidad de su hogar, lejos del ruido mediático que siempre detestó. Murió como vivió: en sus propios términos. La autopsia de rigor es solo un trámite burocrático. Un papel. El cuerpo ya no le pertenecía al Estado. Ya era leyenda.
La reacción del poder: un comunicado de prensa y un tuit lacrimógeno
Mientras la noticia corría como reguero de pólvora, el secretario de Cultura, Leonardo Cifelli, se tomó su tiempo para escribir en X: «Su obra perdurará para siempre en la historia del rock nacional. QEPD». Lindas palabras. Ojalá la coherencia del gobierno acompañe.
El mismo gobierno que recorta la cultura, que persigue a los artistas independientes, que desprecia a los jóvenes y que idolatra a los empresarios, ahora se sube al tren del luto ricotero. Por favor. El Indio no cantaba para la Rosada. Cantaba para los que están abajo. Para los que la Rosada ignora. Que no nos vengan con cinismo ahora.
El Indio Solari era todo lo que este gobierno no soporta: pensamiento crítico, autonomía, popularidad no domesticada, y un público que lo sigue por convicción, no por decreto. No se dejen engañar, muchachos. El duelo es nuestro. Del pueblo. No de los políticos. Que le prendan velas en Olivos si quieren, pero el alma del Indio vaga por los baldíos de Constitución, no por los pasillos del poder.
El silencio de los medios (y el llanto de la gente)
En la tele, los periodistas no sabían qué hacer. La noticia los agarró desprevenidos. Estaban hablando del dólar, de la grieta, de la interna de Bullrich, cuando de repente los monitores les explotaron con la noticia. Algunos fingieron conmoción. Otros, como Andy Kusnetzoff, no pudieron disimular su «shock». Mario Pergolini interrumpió a un invitado al aire. Beto Casella se quedó en blanco. Los comunicadores que crecieron escuchando los discos de vinilo se encontraron de golpe con la crudeza de tener que anunciar la muerte de un ídolo de la adolescencia.
Mientras los programas armaban mesas de “analistas” para explicar el fenómeno ricotero (y cobrar por ello), afuera, en las calles de Parque Leloir, los fans se empezaron a congregar. No hubo pirotecnia. No hubo show. Hubo llanto. Hubo abrazos. Hubo guitarras desafinadas tratando de emular los acordes de «Juguetes perdidos». Ese es el verdadero duelo, señor periodista. No el que se hace en el piso, sino el que se hace en el barro.
Skay Beilinson: el duelo de los hermanos rotos
La primera reacción de peso vino de Skay Beilinson, el guitarrista, el otro pilar de los Redondos. La relación entre ambos fue compleja, llena de silencios y de la distancia geográfica que el éxito y el tiempo imponen. Pero la muerte todo lo nivela.
«Te llevo en cada recuerdo, en cada canción de ayer. Con un inmenso dolor. Buen viaje, mi querido amigo, hasta siempre. Ahora sos la luz que viaja entre nosotros y para siempre». Escribió Skay. Y anunció la postergación de sus shows. Sin el Indio, la música suena distinta. Sin el otro, la guitarra está sola.
Lito Vitale lo definió mejor que nadie: «Es un día de luto nacional porque se nos fue un grande. Era un artista enorme, fino, profundo, intachable en su búsqueda artística y tremendamente popular. Nunca claudicó en lo poético ni en lo musical, y eso es único».
El legado: más que música, una trinchera
Los académicos lo estudiarán durante años. Ya lo hicieron. Hay tesis. Hay análisis sesudos sobre el surrealismo de sus letras, sobre el fenómeno social de los ricoteros, sobre la construcción de una identidad popular en torno a una banda que siempre se mantuvo al margen de la industria. Pero lo que los papers no pueden capturar es el sentimiento. Es la sensación única de estar parado en medio de 100 mil personas, todos cantando «Ji ji ji», todos sabiendo que ese momento es sagrado y que el tipo que lo generó está allá arriba, moviéndose como un fauno, retorciéndose como si el rock fuera un exorcismo.
El Indio Solari le cantó a los presos, a los locos, a los marginados. Le cantó a los que no encajan. A los que piensan que este sistema es una mierda. A los que quieren prender fuego todo. Y por eso lo amaron. Porque no hablaba desde el privilegio. Hablaba desde el barro.
Hay una herida que nunca cierra del todo: la tragedia de Olavarría. Los muertos en el recital. El silencio del Indio. La responsabilidad que nunca asumió del todo. Por eso el amor de los fans es complejo, a veces contradictorio. Pero el arte está por encima del hombre, y la obra del Indio es tan inmensa que incluso sus sombras forman parte del paisaje. «Cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón», cantó en su momento. Ahora, la noche del rock es más oscura que nunca.
Carlos “Indio” Solari se fue a la mierda. Se fue al carajo, al lugar al que siempre amenazó con irse cuando la Argentina se ponía demasiado pesada. Los que lo vimos sabemos que no se ha ido del todo. Está en la agite de los pibes que se juntan a escuchar «Oktubre» en una plaza. Está en la bandera que flamea en la cancha de un equipo de ascenso. Está en la rebeldía de un adolescente que pone un parlante en la ventana y molesta a los vecinos.
No es un muerto más. Es un mártir del under. Es un rey de la noche. Es el último que no pidió permiso.
Los empresarios que lo quisieron sponsorear siempre se chocaron con una pared. Los periodistas que quisieron un minuto de su tiempo siempre se toparon con el portazo. El Indio se fue sin dar explicaciones. Y se fue sin pedir disculpas.
Ahora, todo lo que nos queda es la música. Y para eso, mejor que sobre, porque nos va a hacer falta para entender este país sin su voz. La gente ya está llorando en las redes, en las plazas, en los bares. Es un desahogo merecido.
Y usted, señor lector, si tiene un vinilo de los Redondos, póngalo bien fuerte. Que los vecinos se quejen. Que los perros ladren. Que la ciudad sepa que hoy se fue un grande. Porque como cantaba en «Juguetes perdidos»: «No tengo la culpa de que seas un infeliz».
Hoy los infelices somos todos, porque
se nos fue el Indio

























