El pastor estadounidense Dale Partridge defendió una “colonización cristiana europea” de África y sostuvo que los africanos fueron destinados a ser “subordinados y dependientes”. La receta para llevar la civilización al continente consiste, aparentemente, en recuperar el mismo pensamiento racial que durante siglos sirvió para justificar conquista, explotación y esclavitud. El amor al prójimo sigue vigente: solamente hay que verificar primero el color del prójimo y quién figura como supervisor.
Dale Partridge encontró la solución para África y, sorprendentemente, estaba guardada en un cajón desde el siglo XIX. El pastor estadounidense propone volver a una “colonización cristiana europea” porque considera que los africanos necesitan supervisión para alcanzar la civilización. Dos siglos de luchas anticoloniales, independencias, historiografía y derechos humanos terminaron derrotados por un señor que aparentemente abrió la Biblia y encontró adentro el organigrama de Recursos Humanos de Leopoldo II.
Según Partridge, los africanos habrían sido “asignados” para ser subordinados y dependientes. Lo interesante es el verbo. Asignados. Como si Dios hubiera creado la humanidad un lunes por la mañana, abierto una planilla Excel y empezado a repartir puestos: europeos, gerencia general; africanos, dependencia; asiáticos, consultar anexo; indígenas, lamentablemente su territorio será utilizado para ampliar el estacionamiento.
No explicó dónde puede consultarse semejante resolución celestial ni si lleva firma digital del Todopoderoso. Tampoco sabemos si hubo concurso, paritaria o posibilidad de apelar la categoría laboral. Pero Partridge parece disponer de información privilegiada sobre la estructura administrativa del cielo, lo que siempre resulta práctico cuando uno necesita convertir sus prejuicios en voluntad divina.
La operación tampoco es novedosa. Durante siglos, sectores cristianos recurrieron a interpretaciones bíblicas racializadas para legitimar esclavitud, segregación y dominio colonial. Una de las favoritas fue la llamada “maldición de Cam”, deformada históricamente para construir una justificación religiosa de la subordinación de los africanos. El racismo siempre trabajó mejor cuando consiguió departamento teológico: explotar seres humanos quedaba bastante más presentable si primero alguien aseguraba que Dios había aprobado el presupuesto.
Partridge sostiene además que los momentos de mayor “mejora civilizatoria” de África ocurrieron bajo supervisión europea. Una interpretación histórica fascinante, sobre todo si uno consigue borrar del PowerPoint el Estado Libre del Congo, las amputaciones, los trabajos forzados, el saqueo de recursos, las hambrunas coloniales, la violencia racial y algunos millones de cadáveres que podrían distraer al público de las bondades administrativas del emprendimiento.
La colonización europea tuvo una extraordinaria estrategia comercial: llegar a territorios ajenos, apropiarse de sus recursos, reorganizar economías para servir a las metrópolis y después explicar que todo aquello constituía un generoso programa de desarrollo. Era una especie de ONG con ejército, látigo y accionistas.
El detalle incómodo es que África no estaba esperando que Europa inventara la civilización. Mucho antes de que varias potencias coloniales supieran siquiera dónde quedaban buena parte de esos territorios, el continente había conocido imperios, universidades, centros comerciales, sistemas políticos complejos, arquitectura monumental, producción intelectual y rutas internacionales de intercambio. Tombuctú ya era un centro de conocimiento cuando algunos antepasados de los futuros “civilizadores” todavía estaban resolviendo asuntos bastante elementales de higiene urbana.
Pero el colonialismo necesita una condición fundamental: convencer al colonizador de que llegó primero intelectualmente, aunque haya llegado último geográficamente.
El discurso de Partridge resulta especialmente exquisito porque pretende presentarse dentro de una tradición cristiana. Jesús, aquel hombre de Medio Oriente que predicaba entre pobres, marginados y perseguidos, acaba convertido dos mil años después en gerente regional de una multinacional europea especializada en supervisar negros. El Sermón de la Montaña aparentemente tenía una cláusula que nadie había leído: “Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra; salvo que debajo haya diamantes”.
Ahí está el corazón de esta clase de pensamiento. El colonialismo nunca se presentó diciendo: “Buenos días, venimos a saquearlos”. Siempre necesitó una misión superior. Civilizar, evangelizar, modernizar, desarrollar. Después casualmente desaparecían caucho, oro, marfil, minerales y tierras mientras la población local recibía como compensación una conferencia sobre las ventajas morales de obedecer.
Por eso resulta extraordinario que en pleno 2026 alguien intente vender nuevamente el producto sin siquiera cambiarle demasiado el envase. Ni “cooperación estratégica”, ni “programa internacional de desarrollo”, ni algún eufemismo inventado por una consultora. Recolonización. Hay que reconocer cierta eficiencia comunicacional: cuando el racismo pierde la vergüenza también ahorra en marketing.
La contradicción con el cristianismo que Partridge dice defender es brutal. Una religión cuyo mensaje central proclama la igualdad espiritual de las personas utilizada para establecer una jerarquía racial donde unos nacieron para dirigir y otros para depender. “Ama a tu prójimo” sobrevivió dos milenios hasta descubrir que faltaba completar el formulario: ¿su prójimo es europeo o requiere supervisión?
Y tampoco conviene tratar estas declaraciones simplemente como la extravagancia de un pastor que viajó mentalmente al siglo XIX sin comprar pasaje de regreso. Las teorías que presentan a determinados pueblos como naturalmente inferiores no son una ocurrencia inocente. Fueron precisamente el andamiaje intelectual utilizado para transformar dominación económica y violencia racial en un supuesto deber civilizador. Primero se declara inferior al otro; después resulta sorprendentemente sencillo justificar lo que se le haga.
África tampoco necesita una reedición romántica del colonialismo para explicar sus problemas contemporáneos. Muchos de sus Estados todavía lidian precisamente con fronteras trazadas por potencias coloniales, economías diseñadas alrededor de la extracción de materias primas, intervenciones extranjeras y estructuras de dependencia construidas durante aquel período que ahora algunos pretenden recordar como una pasantía europea de civilización.
Partridge consiguió así una hazaña teológica extraordinaria: mirar siglos de conquista colonial y concluir que el problema fue que terminó demasiado pronto.
Quizá el pastor debería comenzar su misión evangelizadora con una lectura bastante más sencilla de aquello que dice defender. No necesita estudiar historia africana completa, revisar archivos coloniales ni viajar hasta Samos. Puede empezar por unas pocas palabras atribuidas al hombre cuyo nombre utiliza su religión: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.
Aunque para Dale Partridge quizá haga falta una edición actualizada con una aclaración al pie: prójimo incluye africanos y “amar” no significa quedarse otra vez con su país.


























