Después de que Javier Milei viajara a Brasil, se metiera en la campaña presidencial y calificara a Lula da Silva de “ladrón”, “presidiario” y “basura socialista”, el canciller Pablo Quirno salió a garantizar que la relación bilateral seguirá intacta. Brasil ya llamó a consultas a su embajador, pero Cancillería mantiene la calma: aparentemente romper relaciones requiere algo más que insultar al presidente del principal socio comercial en su propia casa.
Pablo Quirno tiene posiblemente el trabajo más ingrato de la administración pública argentina: ser canciller de Javier Milei. El Presidente viaja al extranjero, agarra un micrófono, convierte una relación bilateral en una pelea de consorcio y, cuando termina, Quirno aparece por radio con el recogedor tratando de explicar que los platos rotos en realidad forman parte de una vajilla mucho más dinámica, moderna y desregulada.
“No hay posibilidad alguna de que de nuestro lado la relación se rompa”, aseguró el canciller sobre Brasil. La aclaración llegó después de que Milei viajara al país vecino para participar del lanzamiento electoral de Flávio Bolsonaro y llamara a Lula “ladrón”, “presidiario” y “basura socialista”. En términos diplomáticos tradicionales podría parecer una escalada. En la nueva doctrina argentina aparentemente son diferencias ideológicas expresadas con la delicadeza de un divorcio donde ya están discutiendo quién se queda con el perro.
Brasil, sin embargo, llamó a consultas a su embajador Julio Bitelli. No es exactamente declarar la guerra, pero tampoco equivale a mandar una caja de bombones. Se trata de una señal diplomática de malestar suficientemente clara como para que Cancillería decidiera no responder con una medida equivalente y evitar una escalada. El Gobierno descubrió así una herramienta revolucionaria de política exterior: después de provocar un problema, no provocar inmediatamente otro.
Quirno insiste en separar la batalla ideológica de la relación institucional y comercial. Milei puede considerar a Lula prácticamente una calamidad continental, pero Brasil continúa siendo el principal socio comercial de Argentina y los empresarios todavía conservan esa molesta costumbre de preferir que los presidentes de sus mercados más importantes no se insulten durante el horario laboral.
La doctrina podría resumirse fácilmente: el Presidente putea; el canciller factura.
Porque las exportaciones no entienden de batalla cultural. Una terminal automotriz no puede explicarle a su balance que perdió un mercado porque Occidente estaba en peligro. Tampoco una fábrica de autopartes puede pagar salarios con capturas de Twitter sobre la superioridad moral del liberalismo. Cuando termina el acto partidario, vuelve esa vieja enemiga de toda épica: la planilla Excel.
Por eso Quirno necesita convencer a todos de que una cosa son los insultos y otra muy distinta los negocios. Sería algo así como explicarle al almacenero de la esquina que uno puede llamarlo delincuente, basura y presidiario todas las mañanas sin que eso afecte necesariamente la cuenta corriente. Jurídicamente puede ser cierto; comercialmente convendría preguntarle al almacenero.
El canciller también atribuyó las advertencias sobre eventuales consecuencias económicas a una “politización interna” de la oposición. Porque si alguien teme que una crisis diplomática con el principal socio comercial pueda tener efectos económicos, el problema aparentemente no sería la crisis diplomática sino la persona que tuvo la descortesía de mencionarla.
Mientras tanto, Milei tampoco se limitó a Lula. Durante su excursión brasileña cargó contra el juez Alexandre de Moraes y se involucró abiertamente en la disputa electoral del país vecino. La política exterior argentina dejó atrás aquella aburrida época en que un presidente viajaba para firmar acuerdos, sacarse una foto y regresar sin enemistarse con nadie. Eso era diplomacia analógica. Ahora cada visita internacional puede incluir acto partidario, insultos, crisis bilateral y servicio técnico posterior de Cancillería.
Debe ser fascinante trabajar en el Palacio San Martín.
—Canciller, tenemos un problema con Brasil.
—¿Qué dijo ahora?
—¿Quiere la versión completa o necesitamos conservar relaciones diplomáticas hasta el almuerzo?
La paradoja es que el propio Quirno intenta sostener que las diferencias ideológicas no impedirán mantener una relación institucional normal. Y probablemente tenga razones para intentarlo: Argentina y Brasil poseen vínculos económicos, productivos y políticos demasiado profundos como para desaparecer por una pelea presidencial. El Mercosur sobrevivió a gobiernos de signos opuestos, crisis económicas y décadas de rivalidades. Ahora deberá superar una prueba inédita: la cuenta de Twitter hecha política exterior.
El asunto adquiere todavía más gracia porque Quirno anticipó también una futura visita oficial a China junto a Karina Milei y Luis Caputo. La revolución libertaria está descubriendo a una velocidad extraordinaria que los países comunistas pueden resultar bastante agradables cuando compran soja, prestan plata o administran swaps. Mao probablemente no había contemplado que el estadio superior del capitalismo fuera viajar a Beijing con Toto Caputo.
También negó que exista una crisis con el Reino Unido por la bandera de Malvinas exhibida durante el Mundial. De manera que el canciller argentino atraviesa una temporada particularmente entretenida: explicar que no estamos peleados con Brasil, que tampoco estamos peleados con Gran Bretaña y que pronto iremos a China. Más que conducir las relaciones exteriores, Quirno parece estar actualizando permanentemente el estado sentimental de Argentina en Facebook: “Es complicado”.
El problema de fondo es que una política exterior necesita cierta previsibilidad. Los países pueden tener diferencias ideológicas profundas y mantener relaciones normales; ocurre todos los días. Lo novedoso consiste en insultar personalmente al jefe de Estado vecino y luego pedirle al canciller propio que explique por qué eso no debería modificar absolutamente nada.
Quirno quedó encargado de esa alquimia. Debe transformar “basura socialista” en “diferencias políticas”, “ladrón” en “divergencias ideológicas” y un embajador llamado a consultas en “relación que no se va a romper”. Si consigue además que todo eso no afecte una sola exportación, debería abandonar Cancillería y empezar a convertir agua en Malbec.
Milei podrá continuar librando la batalla cultural continental y Quirno seguirá defendiendo la estabilidad de los vínculos económicos. Es una distribución de tareas bastante clara: uno rompe los platos y el otro explica que todavía se puede comer perfectamente sobre los pedazos.
Brasil, mientras tanto, observa.
Porque Quirno tiene razón en una cosa: de este lado nadie quiere romper la relación. El pequeño inconveniente es que su jefe parece empeñado en comprobar exactamente cuánto aguanta antes de quebrarse.


























