Las expectativas de inflación volvieron a subir en julio y marcaron una señal incómoda para el Gobierno. Según la Encuesta de Expectativas de Inflación de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT), los consumidores proyectan una suba de precios promedio del 35,8% para los próximos doce meses, 3,7 puntos porcentuales más que en junio. El deterioro aparece mientras el Ejecutivo sostiene que la desaceleración inflacionaria está consolidada y a pocos días de conocerse el IPC de julio.
La percepción de los consumidores comenzó a mostrar una dinámica diferente de la que espera el mercado financiero. Mientras quienes participan del Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco Central proyectan una inflación cercana al 30% para 2026, la encuesta de la UTDT muestra que las familias esperan aumentos de precios mayores y que el pesimismo creció durante el último mes.
El relevamiento fue realizado entre el 2 y el 16 de julio sobre 1.000 personas de todo el país. La expectativa promedio para los próximos doce meses pasó del 32,1% registrado en junio al 35,8% en julio.
Es decir, aumentó 3,7 puntos porcentuales en apenas un mes.
La mediana, sin embargo, permaneció en 30%. La diferencia entre ambos indicadores resulta importante: mientras la mediana muestra que la respuesta ubicada exactamente en el centro de la distribución no cambió, el aumento del promedio indica que crecieron o se intensificaron las previsiones inflacionarias más elevadas.
También subieron las expectativas para los próximos 30 días
La señal no aparece solamente cuando se pregunta qué ocurrirá durante el próximo año. En el corto plazo también hubo un pequeño deterioro de las expectativas.
Los consumidores estimaron una inflación promedio del 3,55% para los próximos 30 días, frente al 3,50% de la encuesta anterior. La variación es reducida y la mediana permaneció estable en 3%, por lo que no puede hablarse todavía de un cambio generalizado en las expectativas de corto plazo.
Sin embargo, el dato adquiere relevancia al compararlo con los últimos registros oficiales.
El INDEC informó una inflación de 1,9% en junio, mientras que los analistas relevados por el Banco Central esperan alrededor de 2% para julio. La percepción de los consumidores, por lo tanto, se encuentra bastante por encima de esas previsiones.
La diferencia expone uno de los desafíos que enfrenta la política económica: bajar el índice mensual no necesariamente implica que los hogares consideren definitivamente controlado el problema inflacionario.
El Gran Buenos Aires espera una inflación superior al 43%
Las diferencias territoriales son todavía más marcadas.
El Gran Buenos Aires presentó las expectativas más elevadas del país, con una inflación proyectada del 43,2% para los próximos doce meses.
En la Ciudad de Buenos Aires, la estimación llegó al 38,8%, mientras que en el Interior se ubicó considerablemente más abajo, en 32,3%.
El mayor deterioro mensual ocurrió precisamente en la Ciudad de Buenos Aires, donde la expectativa aumentó nueve puntos porcentuales respecto de junio.
La dispersión territorial muestra que la percepción sobre la inflación no es homogénea. El impacto de alquileres, servicios, transporte, alimentos y otros gastos cotidianos puede variar considerablemente según el lugar de residencia y la composición del presupuesto de cada hogar.
Los sectores de mayores ingresos se volvieron más pesimistas
Otro resultado llamativo aparece cuando las respuestas se dividen según el nivel socioeconómico.
Entre los hogares de mayores ingresos, la inflación esperada pasó del 30,8% en junio al 36,6% en julio, un incremento de 5,8 puntos porcentuales.
Entre los sectores de menores ingresos, en cambio, la expectativa descendió del 35,3% al 33,7%.
Como consecuencia, se produjo una inversión en la relación entre ambos grupos: ahora son los hogares de mayores ingresos los que presentan una expectativa promedio de inflación más alta.
La brecha entre ambos segmentos quedó en 2,9 puntos porcentuales.
El comportamiento obliga también a interpretar con cautela el promedio general. El hecho de que la expectativa nacional haya aumentado no significa que todos los grupos sociales hayan elevado sus previsiones en la misma magnitud.
Consumidores y mercado empiezan a mirar números diferentes
La brecha más interesante aparece al comparar las expectativas de los hogares con las proyecciones de los especialistas.
El REM del Banco Central estima que la inflación cerraría 2026 alrededor del 30%. Para julio, los analistas proyectan aproximadamente un 2%, mientras que entre agosto y diciembre esperan registros mensuales en la zona del 1,7% al 1,8%.
Los consumidores relevados por la UTDT, en cambio, proyectan 35,8% para los próximos doce meses.
Las mediciones no son estrictamente equivalentes —una consulta por los próximos doce meses y la otra por el cierre del año calendario—, por lo que no corresponde compararlas como si midieran exactamente el mismo período. Pero ambas sirven para mostrar una diferencia significativa entre el escenario que manejan los analistas económicos y la percepción que tienen los hogares sobre la evolución futura de los precios.
El Gobierno necesita precisamente que esas expectativas continúen bajando. Si empresas y consumidores esperan aumentos elevados, esas previsiones pueden influir sobre decisiones de precios, contratos, salarios y consumo.
La inflación bajó, pero el costo de vida sigue acumulando aumentos
El último dato disponible del INDEC mostró que los precios aumentaron 1,9% durante junio. En los primeros seis meses de 2026, el IPC acumuló una suba del 16,8%, mientras que la inflación interanual alcanzó el 33,5%.
Alimentos y bebidas no alcohólicas aumentaron 1,3% durante junio. Prendas de vestir y calzado registró una variación bastante menor, del 0,4%, y acumuló 11,9% interanual.
La desaceleración del índice general constituye una mejora frente a períodos de inflación mucho más elevada, pero no implica una reducción de precios. Los bienes y servicios continúan encareciéndose sobre una estructura de precios que ya acumuló fuertes incrementos durante los años anteriores.
Esa diferencia entre desinflación y caída de precios es fundamental: que la inflación disminuya significa que los precios aumentan a menor velocidad, no que regresen a los valores anteriores.
Para los hogares, además, la percepción inflacionaria está atravesada por los gastos que efectivamente enfrentan todos los meses. Alquiler, expensas, tarifas, transporte, alimentos, medicamentos y educación pueden tener una incidencia mucho mayor sobre el presupuesto familiar que la que surge de observar únicamente el promedio general.
Una señal de advertencia para el Gobierno
El salto de las expectativas no significa por sí solo que la inflación vaya a ubicarse efectivamente en 35,8% durante los próximos doce meses. Se trata de una encuesta sobre lo que los consumidores creen que ocurrirá, no de una proyección econométrica.
Pero las expectativas importan.
Después de convertir la desaceleración de los precios en uno de sus principales activos políticos y económicos, el Gobierno necesita demostrar que el proceso puede sostenerse y, sobre todo, que la sociedad comienza a considerarlo permanente.
Los datos de julio muestran una primera señal en sentido contrario: la expectativa promedio pasó del 32,1% al 35,8% en un mes, el Gran Buenos Aires ya proyecta 43,2% y los consumidores esperan para los próximos 30 días una inflación del 3,55%.
La inflación efectiva viene desacelerándose. La confianza de los consumidores en que seguirá haciéndolo, en cambio, acaba de dar un paso atrás.


























