Cinco años separan dos imágenes de Aquelarre de Negras – Unidas por la lucha. En la primera hay mujeres negras dispersas geográficamente, atravesadas por el aislamiento de una pandemia, intercambiando poemas, ideas, correcciones y discusiones mediante WhatsApp, reuniones por Zoom y documentos compartidos. En la segunda hay un cartel de “agotado”: los ejemplares de la primera tirada comercial, puestos a la venta el 8 de marzo de 2026, ya no alcanzaron para responder a la demanda y el 25 de julio no quedaban unidades disponibles.
Entre una imagen y otra ocurrió algo bastante más interesante que una venta.
Un proyecto literario independiente, construido por mujeres negras y disidencias y nacido fuera de los grandes circuitos editoriales, consiguió encontrar lectores sin renunciar al lenguaje político, incómodo y antirracista que le dio origen.
Aquelarre de Negras surgió en 2021 y fue coordinado por Isis Yael Amador Campusano y Melina Schweizer, quien además participó como correctora y autora. El libro reunió voces negras, caribeñas y disidentes con experiencias migratorias, generacionales, sexuales y políticas diferentes bajo una premisa que atravesó desde el comienzo la construcción colectiva: producir una representación propia sin convertir esa diversidad en una identidad homogénea.
La pandemia determinó incluso su método de producción. Las autoras trabajaron a distancia mediante encuentros virtuales, conversaciones y documentos compartidos, mientras cada una intervenía en la construcción de su propia sección. La propuesta buscó preservar las singularidades y, simultáneamente, construir una representatividad negra, caribeña y disidente.
El libro terminó convirtiendo aquella imposibilidad física de encontrarse en parte de su propia identidad: mujeres ubicadas en distintos territorios escribiendo juntas mientras buena parte del planeta permanecía encerrada.

Del 8 de marzo al 25 de julio
La elección del 8 de marzo de 2026, Día Internacional de la Mujer, para comenzar la comercialización no fue casual. En un poemario atravesado por el afrofeminismo, la negritud, la migración y las disidencias, colocar esas voces en circulación durante una fecha históricamente vinculada con las luchas de las mujeres significaba intervenir sobre una pregunta que el feminismo negro viene formulando desde hace décadas: ¿de qué mujer hablamos cuando hablamos de “la mujer”?
La primera tirada se agotó el 25 de julio, otra fecha cargada de historia: el Día Internacional de las Mujeres Afrodescendientes, conmemoración vinculada al Primer Encuentro de Mujeres Negras de América Latina y el Caribe realizado en República Dominicana en 1992.
La coincidencia adquirió todavía otra dimensión. En esa misma fecha, Efeminista incluyó Aquelarre de Negras – Unidas por la lucha en una selección de libros de autoras afrodescendientes que, según planteó el medio, disputan el relato dominante y abren nuevas maneras de pensar la identidad, el racismo, la migración, el colonialismo y la pertenencia.
La selección reunió Pensar el arte, de bell hooks; Nuclear, de Maielis González; Masa vociferante, de Quinny Martínez; Aquelarre de Negras – Unidas por la lucha; Gritos y furia de una mujer, de Angèle Rawiri; El poder de las madres, de Fatima Ouassak; La única persona negra en la habitación, de Nadeesha Uyangoda, y Soñar lo imposible, de Paula Moreno.
La coincidencia resulta difícil de ignorar: el mismo día en que se agotaban sus ejemplares, el libro ingresaba en una selección de lecturas afrodescendientes junto a autoras y pensadoras con recorridos internacionales.
No convierte al poemario en un fenómeno editorial masivo ni tendría sentido comparar las dimensiones comerciales de una publicación independiente con las de los grandes sellos. Su relevancia reside precisamente en otra parte: un proyecto nacido sin una poderosa maquinaria editorial logró completar su primera circulación comercial mediante presentaciones, recomendaciones, encuentros, redes y vínculos comunitarios.

Y el “agotado” no cerró la historia.
El Colectivo Editorial Flota Negra abrió una lista de espera para las personas interesadas en adquirir Aquelarre de Negras – Unidas por la lucha que no alcanzaron a conseguir un ejemplar. Al mismo tiempo, la editorial ya prepara la segunda entrega de este proyecto poético indoafrolatinoamericano, concebida no como una repetición del primer volumen, sino como una expansión de la conversación hacia nuevas voces, memorias, identidades y territorios.
La primera tirada terminó. El proyecto que la produjo, no.
InfoNegro conversó con Melina Schweizer sobre ese recorrido y sobre una cuestión que excede ampliamente las cifras de ventas: qué ocurre cuando las mujeres negras dejan de ocupar únicamente el lugar de personajes, objetos de investigación o sujetos narrados por otros y comienzan a controlar las palabras con las que quieren representarse.
“El libro encontró una comunidad”
—La primera tirada de Aquelarre de Negras comenzó a venderse el 8 de marzo y el 25 de julio ya estaba agotada. ¿Esperaban esta respuesta?
—Me sorprendió, aunque una parte de mí sentía que el libro estaba esperando su momento. Aquelarre de Negras existe desde 2021, nació en plena pandemia, pero recién el 8 de marzo de este año comenzamos una circulación comercial más organizada. Y en menos de cinco meses se agotaron los ejemplares.
Para un proyecto independiente, colectivo y hecho por mujeres negras y disidencias, eso tiene un significado enorme. No tenemos detrás una gran editorial, una maquinaria publicitaria ni una cadena de librerías colocando el libro en cada vidriera. La circulación fue bastante artesanal: presentaciones, recomendaciones, redes sociales, encuentros, personas que leían y se lo recomendaban a otra.
Por eso no quiero reducirlo solamente a “vendimos todos los libros”. Para mí significa que el libro encontró una comunidad.
—¿Por qué pensás que Aquelarre de Negras encontró precisamente ahora este nivel de recepción?
—Porque algunas discusiones que en 2021 todavía podían parecer periféricas hoy están completamente abiertas. El racismo, la representación de las personas negras, las identidades disidentes, el feminismo, la colonialidad, las migraciones, los cuerpos y el derecho a narrarnos desde nuestras propias experiencias forman parte de conversaciones mucho más visibles.
Pero también creo que existe cierto cansancio frente a una literatura que habla de nosotras desde afuera. Muchas veces la mujer negra aparece convertida en objeto de estudio, personaje secundario, víctima o representación exótica. En Aquelarre somos nosotras hablando.
Y no hablamos solamente de racismo. Hablamos de sexo, deseo, miedo, violencia, espiritualidad, migración, cuerpos, identidad, familia, barrio y contradicciones políticas. Somos humanas completas.
Tal vez por eso el libro envejeció de una manera extraña: en lugar de quedar atrás, algunas de sus preguntas se volvieron todavía más actuales.
“No queríamos pedir permiso”
—Eligieron el 8 de marzo para comenzar la venta. ¿Qué significaba poner a circular ese día un libro escrito desde experiencias de mujeres negras y disidencias?
—No queríamos que el 8 de marzo fuera solamente una fecha de consignas. Durante mucho tiempo, cuando se hablaba de “la mujer”, parecía existir una mujer universal. Pero esa mujer casi siempre era blanca, occidental, heterosexual y perteneciente a determinada clase social. Las mujeres negras sabemos desde hace muchísimo tiempo que nuestras experiencias no entran completamente en esa categoría.
Poner Aquelarre de Negras en circulación el 8 de marzo también fue decir: nosotras estamos aquí y tenemos nuestras propias preguntas sobre qué significa ser mujer, negra, migrante, trans, disidente o caribeña.
No queríamos pedir permiso para entrar en una conversación ya organizada. Queríamos intervenirla.
—¿Qué se agotó realmente: una tirada de libros o una primera etapa de un proyecto político y cultural más amplio?
—Se agotaron los ejemplares, pero el aquelarre no se agotó.
El libro nunca fue pensado como un producto cerrado. Desde el principio dijimos que queríamos construir redes de esperanza. Puede sonar poético, pero para nosotras era bastante concreto: encontrarnos, escribir juntas, compartir herramientas y ocupar lugares donde nuestras voces prácticamente no aparecían.
Entonces que se agote una tirada significa que esa red se extendió. Cada ejemplar que sale de nuestras manos deja de pertenecernos completamente y empieza otra conversación.
Eso me parece mucho más interesante que decir simplemente que fue un éxito editorial.
Cuando el mundo estaba encerrado
—Aquelarre nació entre WhatsApp, Zoom y documentos compartidos. ¿Cómo pasó aquella experiencia a convertirse cinco años después en un libro agotado?
—Con muchísimo trabajo y bastante terquedad.
En plena pandemia todas estábamos atravesando cosas diferentes. Algunas estábamos lejos de nuestros países; otras estudiando, trabajando, militando o intentando sobrevivir emocionalmente a lo que significaba aquel momento.
Nos encontramos utilizando las herramientas que teníamos. Muchas veces construimos el libro sin siquiera poder compartir físicamente una mesa.
Eso también definió la obra. Aquelarre es un libro transnacional porque sus autoras estaban atravesadas por desplazamientos reales. Y había algo profundamente hermoso en construir colectivamente mientras el mundo estaba aislado.
Cinco años después, mirar ese proceso y saber que los ejemplares se agotaron me confirma algo que siempre creí: los proyectos culturales pequeños pueden tener vidas muchísimo más largas de lo que imaginamos cuando nacen.
—Vos coordinaste, corregiste y también escribiste dentro del libro. ¿Qué fue lo más difícil?
—Coordinar.
Escribir también es difícil porque una se expone, pero cuando escribís tus propios textos la responsabilidad finalmente es tuya. Cuando coordinás una obra colectiva tenés que aprender algo mucho más complicado: no convertir tu criterio en una forma de borrar a las demás.
Cada autora tenía una voz, una experiencia, una estética e incluso posiciones políticas que no necesariamente coincidían completamente entre sí.
A mí no me interesaba hacer un libro donde todas parecieran haber sido escritas por la misma persona. Quería que hubiera fricción, diferencias y contradicciones.
Porque la negritud tampoco es homogénea.
“El refugio sirve si después permite salir”
—En tu poema Aquelarre de negras imaginás un espacio donde no caben el racismo, el fascismo ni la transfobia. Cinco años después, ¿aquella declaración se volvió todavía más política?
—Completamente. Y quizá hoy escribiría algunas partes con todavía más rabia.
Cuando escribí ese poema pensaba en el aquelarre como un refugio, pero también como una organización política. Un lugar donde podemos cuidarnos, no para escondernos del mundo, sino para regresar a él con más fuerza.
Me interesa esa tensión entre cuidado y lucha. Históricamente a las mujeres negras se nos exige resistencia permanente. Tenemos que ser fuertes, soportarlo todo, cuidar a todo el mundo. Yo no quiero romantizar eso. También necesitamos lugares donde nos cuiden.
Pero el cuidado tampoco puede convertirse en una burbuja. Tiene que permitirnos enfrentar aquello que produce el daño.
El refugio sirve si después permite salir.
Argentina y la fantasía de la blancura
—El agotamiento ocurre mientras Argentina vuelve a discutir sobre racismo. ¿Qué lectura hacés de esa coincidencia?
—Para mí demuestra que existe una necesidad de escuchar voces que durante mucho tiempo fueron invisibilizadas.
Argentina tiene una relación bastante particular con el racismo porque durante generaciones construyó una identidad nacional basada en una fantasía de blancura. La frase “en Argentina no hay negros” no era solamente una afirmación equivocada. Era una forma de organización de la memoria.
Borrar también es una forma de violencia.
No me interesa demasiado discutir si Argentina ocupa el puesto uno, cinco o veinte de algún ranking imaginario de países racistas. El racismo no funciona como una competencia internacional.
Me interesa preguntar qué tipo de racismo existe aquí: cómo opera en los medios, la escuela, la publicidad, el mercado laboral, la construcción de la belleza y en quién puede considerarse argentino sin tener que explicar permanentemente de dónde viene.
Que Aquelarre se agote en este momento significa que esas preguntas también encontraron lectores.
“No faltaban escritoras negras”
—El mismo 25 de julio en que se agotó la tirada, Efeminista incluyó Aquelarre de Negras en una selección junto a libros de bell hooks, Angèle Rawiri, Fatima Ouassak y otras autoras afrodescendientes. ¿Qué significó para vos?
—Me parece profundamente simbólico que ocurriera el mismo día. No porque entienda la literatura como una competencia ni porque necesitemos aparecer junto a determinados nombres para que nuestro trabajo tenga valor, sino porque demuestra que Aquelarre consiguió salir de ese lugar periférico en el que tantas veces se colocan las producciones negras independientes.
Durante muchísimo tiempo se habló de nosotras sin nosotras. Se escribieron libros sobre mujeres negras, nuestros cuerpos, migraciones, familias y espiritualidades, mientras nuestras propias voces muchas veces quedaban afuera del centro.
Por eso ver Aquelarre en una selección de ese tipo me genera alegría, pero también confirma algo que venimos diciendo desde el principio: no faltaban escritoras negras; faltaban espacios dispuestos a leerlas, publicarlas, recomendarlas y reconocerlas como parte de la literatura, no como una categoría exótica separada de ella.
Que eso ocurriera el 25 de julio, mientras nos enterábamos de que la tirada estaba agotada, fue muy fuerte. De alguna manera el libro estaba haciendo exactamente aquello para lo que nació: circular, encontrarse con otras voces y construir redes.
Una literatura negra que conserve el derecho a incomodar
—El libro cuestiona incluso determinados feminismos y espacios progresistas. ¿El agotamiento demuestra que una literatura negra puede ser incómoda sin suavizar su discurso?
—Espero que sí.
Existe un peligro bastante grande cuando determinados discursos comienzan a tener visibilidad: rápidamente aparece la tentación de hacerlos digeribles. La diversidad se vuelve una campaña publicitaria, el antirracismo se convierte en una foto y el feminismo termina convertido en una frase sobre una remera. El mejor ejemplo la imagen del che guevara.
Aquelarre no nació para ser cómodo.
Hay textos con los que incluso yo puedo discutir y eso me parece saludable. No quiero una literatura negra cuya función sea demostrar que somos buenas víctimas o explicar pedagógicamente el racismo para que nadie se sienta incómodo.
También tenemos derecho a equivocarnos, contradecirnos, desear, provocar, discutir entre nosotras y escribir cosas que generen conflicto.
La literatura negra también tiene derecho a ser irreverente.
“Pensé en la pandemia y dije: lo logramos”
—¿Qué fue lo primero que pensaste cuando supiste que ya no quedaban ejemplares?
—Pensé en la pandemia. Pensé en nosotras detrás de las pantallas intentando hacer un libro cuando el mundo parecía completamente detenido, en las conversaciones, los mensajes y los textos que iban y venían.
Y pensé algo bastante sencillo: “lo logramos”.
No en un sentido triunfalista, porque una tirada independiente no va a cambiar la industria editorial. Pero demuestra que aquello que hicimos tenía una razón para existir.
Cinco años después hay personas leyendo algo que comenzó como una conversación entre mujeres negras tratando de acompañarse en medio de un momento bastante agónico.
Eso emociona.
Después del “agotado”: lista de espera y un segundo Aquelarre
El cartel de “agotado” no cerró la historia. Ante las consultas de personas que quedaron sin ejemplares, el Colectivo Editorial Flota Negra abrió una lista de espera para quienes deseen adquirir Aquelarre de Negras – Unidas por la lucha. La iniciativa permitirá organizar la demanda mientras se trabaja en la continuidad de un proyecto cuya circulación superó las expectativas iniciales.
Pero Flota Negra prepara además un movimiento más ambicioso: la segunda entrega de este poemario indoafrolatinoamericano. El nuevo volumen buscará expandir la experiencia iniciada con Aquelarre, incorporando nuevas voces, cuerpos, memorias y territorios atravesados por experiencias indígenas, afrodescendientes y latinoamericanas, sin abandonar el carácter colectivo que distinguió al proyecto desde su nacimiento.
La decisión permite comprender por qué Schweizer insiste en diferenciar entre el agotamiento de un producto y la continuidad de una experiencia cultural. Si el primer libro nació para construir una red, la segunda entrega supone extenderla y preguntarse qué nuevas voces necesitan ocuparla.
El libro termina; el aquelarre continúa
—Si pudieras hablarles a cada una de las personas que compró uno de esos ejemplares, ¿qué te gustaría que hicieran después de leerlo?
—Que no lo guarden. Que lo presten. Que lo discutan. Que se enojen con algún texto. Que se reconozcan en otro. Que alguna mujer negra lo lea y piense: “yo también puedo escribir”. Que alguien que nunca había pensado en estas cuestiones empiece a hacerse preguntas.
No necesito que todas las personas terminen el libro pensando exactamente como nosotras. Eso sería aburridísimo y además contradictorio con el espíritu de Aquelarre.
Me interesa más que algo se mueva.
Nosotras no escribimos para convertirnos en una fotografía bonita de mujeres negras reunidas.
Nos reunimos para producir palabra, memoria y conflicto. Para decir que estamos aquí. Y si después de cerrar el libro alguien mira el mundo de una manera ligeramente diferente, entonces el aquelarre continúa.


























