El mono, la camiseta y la Argentina profunda que se tapa la boca.

Prestianni educate.

Había una vez un pibe argentino, de esos que crecen con la pelota atada a los pies y la impunidad atada al cerebro. Se llama Gianluca Prestianni, juega en el Benfica, y el martes pasado, en Lisboa, protagonizó la escena más vergonzosa que pueda regalar un futbolista: insulto racista, camiseta en la boca y después, cuando lo agarraron, a hacerse el boludo.

La víctima: Vinicius Junior, brasileño, negro, y para más datos, uno de los mejores jugadores del mundo. El delito: escuchar cinco veces la palabra «mono» saliendo de la boca de Prestianni. Los testigos: Kylian Mbappé, compañeros del Real Madrid, y varios jugadores del propio Benfica que prefirieron mirar para otro lado. Porque claro, cuando el racismo viene de casa, cuesta reconocerlo.

«No quiero decir su nombre porque no lo merece»

La frase es de Mbappé, y no hace falta agregar mucho más. El francés, que suele medir cada palabra, esta vez no tuvo filtro: pidió que expulsen a Prestianni de la Champions para siempre. No por un codazo, no por una patada, sino por lo más bajo que puede caer un ser humano: usar el color de piel para lastimar.

«Empezó a hablar, se tapó la boca con la camiseta y dijo que Vini es un mono, cinco veces. Yo lo escuché», declaró Mbappé después del partido. Y agregó: «Este jugador no merece jugar más la Champions. Tenemos que dar el mejor ejemplo a los jóvenes, porque si dejamos pasar esto, todos los valores del fútbol no valen nada».

Palabras mayores. Sobre todo viniendo de alguien que podría haberse quedado callado, que podría haber hecho como tantos: «yo no escuché nada», «habrá sido un malentendido». Pero no. Mbappé escuchó, vio y habló. Porque cuando sos cómplice del silencio, sos parte del problema.

El protocolo que no sirve, la cámara que no ve

Lo más patético del asunto es la coreografía institucional que se armó después. El árbitro activó el protocolo antirracismo, el VAR revisó las imágenes, y ¿qué encontraron? Nada. Porque Prestianni, con toda la premeditación del mundo, se tapó la boca con la camiseta mientras insultaba. Un acto que no es espontáneo, que no es «calentura del partido». Es la acción de alguien que sabe que lo que va a decir está mal, que es imperdonable, y que por eso mismo hay que esconderlo.

Después vino la actuación: «hermano, hermano», le dijo a Mbappé cuando el francés le recriminó. Como si la confianza pudiera borrar el agravio. Como si llamar «hermano» a alguien va a blanquearte el «mono» que le acababas de escupir a otro.

Vinicius: el que se cansa de denunciar

Vinicius ya pasó por esto demasiadas veces. Demasiados estadios, demasiados insultos, demasiados protocolos que no terminan en nada. Esta vez, después de marcar un golazo que le dio el triunfo al Madrid, tuvo que bancarse que la noticia no fuera su zurdazo, sino el racismo de un argentino.

En sus redes, posteó un texto que duele: «Los racistas son, por encima de todo, cobardes. Necesitan ponerse la camiseta en la boca para demostrar lo débiles que son. Pero, a su lado, cuentan con la protección de otros que, en teoría, tienen la obligación de castigar. Nada de lo que ocurrió hoy es novedad en mi vida y en la de mi familia».

¿Hace falta explicar algo más? No. Pero igual lo vamos a decir: Vinicius no tendría que estar explicando nunca más por qué duele que te digan mono. El que tendría que estar explicándose es Prestianni. Y también la dirigencia del fútbol, que mira para otro lado, y los medios que relativizan, y los hinchas que preguntan «y si no se vio, ¿cómo saben?».

La CBF, los compañeros y la soledad de ser negro en una cancha

La Confederación Brasileña sacó un comunicado corto, pero filoso: «El racismo es un delito. Es inaceptable. No puede existir ni en el fútbol ni en ningún otro lugar. Vini, no estás solo». Y acompañaron con un «estamos orgullosos de vos» por activar el protocolo, aunque el protocolo, una vez más, no sirvió para nada.

Federico Valverde, compañero del Madrid, también habló: «No se sabe qué le habrá dicho, pero según todos los que estuvieron cerca le dijo algo feo. Si te tapas la boca para decir algo, es porque es algo que no está bien». Lógico, ¿no? Tan lógico que cuesta entender por qué algunos todavía piden «pruebas» cuando el que insultó se encargó de esconderlas.

Aurélien Tchouaméni, otro del Madrid, fue más directo: «Eso no puede pasar. Nos han dicho que el chico le ha dicho mono con la camiseta así (hizo el gesto de taparse la boca). Después dijo que dijo ‘maricón’, da igual. Esto no puede pasar».

Argentina y el espejo que no queremos mirar

Acá viene lo más incómodo. Porque el pibe es argentino, y cuando un argentino es señalado por racismo en el exterior, muchos saltan automáticamente a la defensa. «Será un malentendido», «los europeos nos tienen bronca», «Vinicius es un llorón». Y así, entre coartadas y negaciones, el racismo criollo se perpetúa.

Porque sí, en Argentina hay racismo. Estructural, cotidiano, negado. El que mira con desprecio al hermano boliviano en la feria, el que pregunta «¿de dónde sos realmente?» cuando alguien tiene rasgos indígenas, el que usa «negro» como insulto en una discusión de tránsito. Y también el que, en una cancha de fútbol, se tapa la boca con la camiseta para llamar mono a un jugador.

Prestianni no es un caso aislado. Es un síntoma. Y duele más cuando viene de alguien que se formó en las inferiores argentinas, que creció escuchando que el fútbol es pasión, que los nuestros son los mejores. Pero los nuestros también son, a veces, los que insultan.

Lo que viene

El Benfica, por ahora, no emitió comunicado. La UEFA, se supone, investiga. Y Prestianni, mientras tanto, sigue siendo jugador profesional, sigue cobrando su sueldo, sigue pudiendo pisar una cancha. Porque en el fútbol, el racismo se castiga con comunicados, con gestos simbólicos, con brazaletes y campañas. Pero casi nunca con suspensiones reales, con expulsiones de verdad, con la carrera truncada.

Mbappé pidió que lo echen de la Champions para siempre. Quizás sea demasiado, quizás no. Lo que es seguro es que algo hay que hacer. Porque si después de todo esto, Prestianni sigue jugando como si nada, el mensaje va a ser claro: podés insultar, podés ser racista, total, con taparte la boca alcanza.

Y Vinicius, mientras tanto, va a seguir haciendo goles, va a seguir bailando, va a seguir siendo el mejor. A pesar de todo. A pesar de ellos. A pesar nuestro.

Qué duro que viene el 2026, y recién estamos en febrero.

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    Rodolfo Gudino

    Abogado y Periodista

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