El mapa económico argentino muestra una fractura cada vez más profunda. Desde el inicio del gobierno de Javier Milei, 23 de las 24 provincias perdieron empresas y casi todo el país destruyó empleo formal, mientras Neuquén y algunos distritos vinculados al petróleo y la minería mejoraron su posición. Los datos revelan algo más que una recesión: muestran un modelo que concentra el crecimiento donde se generan dólares, pero debilita las economías provinciales que dependen del trabajo, las pymes y el consumo interno.
Los números provinciales permiten entender mejor lo que los grandes promedios nacionales suelen esconder. La economía argentina no está atravesando simplemente una caída uniforme de la actividad: se está produciendo una redistribución territorial de la producción, el empleo y las oportunidades. Algunas provincias especializadas en actividades extractivas consiguen crecer o resistir, mientras la mayoría pierde empresas, puestos de trabajo y capacidad de consumo.
Desde diciembre de 2023 desaparecieron más de 30.000 empresas y se destruyeron más de 330.000 empleos formales. Pero el dato verdaderamente revelador es su extensión: 23 provincias perdieron empresas y solamente Neuquén terminó con un saldo positivo, de 103 empleadores adicionales. En materia laboral, únicamente Neuquén y Río Negro consiguieron crear empleo formal neto.
Esto permite identificar la primera característica de la desigualdad que está emergiendo: la provincia que posee un recurso exportable capaz de generar dólares tiene muchas más posibilidades de escapar de la contracción que aquella cuya economía depende fundamentalmente de que los argentinos tengan dinero para consumir.
El golpe es mayor donde la economía depende del mercado interno
Buenos Aires perdió 7.625 empresas, Córdoba 4.647, la Ciudad de Buenos Aires 3.428 y Santa Fe 2.945. Son cifras enormes, aunque deben interpretarse teniendo en cuenta que se trata también de las jurisdicciones con las estructuras productivas más grandes.
El deterioro relativo permite observar otra dimensión. La Rioja perdió el 20,8% de sus empresas; Chaco, el 13,6%; Catamarca, el 12,8%; y Tierra del Fuego, el 12,7%. Cuando desaparece una proporción semejante de empleadores en economías provinciales pequeñas, el efecto excede ampliamente a los propietarios de esas firmas.
Una pyme que cierra deja trabajadores sin salario, pero también deja de comprar a proveedores, contratar transporte, pagar servicios profesionales, adquirir insumos y generar movimiento comercial en su localidad. Los trabajadores despedidos reducen a su vez sus gastos y esa caída vuelve sobre comercios y empresas. Por eso la destrucción empresarial puede convertirse en un proceso acumulativo: menos actividad genera menos empleo, menos empleo reduce el consumo y menos consumo vuelve todavía más difícil sostener la actividad.
Los datos laborales muestran justamente esa dinámica. Buenos Aires perdió alrededor de 79.000 puestos formales; CABA, unos 43.000; Córdoba, 17.000; y Santa Fe, 15.000. Proporcionalmente, sin embargo, las mayores contracciones aparecen en Santa Cruz, con una caída del 16,4%; Tierra del Fuego, del 15,6%; Catamarca, del 12,3%; y Formosa, del 12%.
Solamente Neuquén sumó unos 10.000 puestos y Río Negro otros 3.092. Según el Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas (IPYPP), los empleos creados por esas dos provincias compensan apenas el 5% de los destruidos en el resto del territorio.
Ahí está uno de los límites más importantes del modelo: los sectores que actualmente crecen pueden generar dólares y grandes inversiones, pero no están creando suficiente empleo como para reemplazar el que desaparece en el resto de la economía.
Neuquén explica quiénes pueden escapar de la crisis
Neuquén no aparece como excepción por casualidad. Es la única provincia que incrementó la cantidad de empresas, una de las dos que crearon empleo formal y también la que más aumentó su participación dentro de las exportaciones nacionales: cuatro puntos porcentuales entre 2024 y 2025.
La explicación principal está en Vaca Muerta.
El petróleo y el gas poseen una característica decisiva en el actual contexto económico: su demanda no depende exclusivamente del salario argentino. Una fábrica de ropa necesita consumidores que puedan comprar prendas; un restaurante necesita familias con ingresos disponibles; un comercio necesita clientes; una constructora necesita inversión pública o privada. Una petrolera que exporta puede expandirse aunque el consumo doméstico esté deprimido.
Esto produce una economía territorialmente desigual porque las provincias no parten de la misma estructura productiva. Las que poseen hidrocarburos o minerales demandados internacionalmente tienen una fuente de crecimiento relativamente independiente del mercado interno. Las que dependen del comercio, la industria manufacturera, la construcción y los servicios necesitan que circulen ingresos dentro de sus economías.
Y justamente esa circulación es la que se está debilitando.
El consumo muestra dónde se rompe la cadena
Las ventas reales de supermercados cayeron alrededor de un 10% a nivel nacional en la comparación utilizada por el IPYPP. Pero nuevamente las diferencias provinciales son enormes.
Neuquén registró un crecimiento real del 10,3% y Río Negro del 3,6%. En el extremo contrario, Formosa perdió 36,6%; Tucumán, 33,8%; Misiones, 30,3%; y Salta, 28,9%.
Estas cifras dicen mucho más que cuánto se compra en un supermercado. Funcionan como un indicador del dinero disponible que circula dentro de cada economía provincial.
Una caída superior al 30% en las ventas reales implica que los hogares están reduciendo fuertemente su capacidad de compra. Eso repercute directamente sobre comercios, distribuidores, transportistas, productores y pequeñas industrias orientadas al mercado local.
De esta manera se forma una cadena particularmente dañina para las provincias con menor desarrollo industrial y menores salarios: cae el ingreso disponible, disminuye el consumo, venden menos las empresas, se recorta empleo y la nueva pérdida salarial vuelve a reducir el consumo.
Por eso la desigualdad regional no se explica solamente por cuánto produce cada provincia. También depende de cuánto dinero permanece circulando dentro de ella.
Las exportaciones crecen, pero se concentran
El único indicador claramente expansivo analizado por el IPYPP es el de las exportaciones. Sin embargo, tampoco allí el crecimiento se distribuye de manera homogénea.
Neuquén aumentó cuatro puntos porcentuales su participación en las exportaciones nacionales. San Juan ganó 0,8 puntos; Jujuy, 0,4; y Catamarca, 0,2. Al mismo tiempo, Santa Fe perdió dos puntos de participación, Córdoba 1,6 y Buenos Aires 0,3.
El desplazamiento muestra una transformación concreta: ganan peso relativo las provincias especializadas en hidrocarburos y minería, mientras lo pierden algunos de los principales territorios industriales y agroindustriales del país.
Eso no significa que producir petróleo, gas, cobre o litio sea perjudicial. Al contrario, esos recursos pueden convertirse en una extraordinaria fuente de divisas, inversión y desarrollo. El problema aparece cuando ese crecimiento funciona como una isla y no logra conectarse suficientemente con el resto de la estructura productiva.
Una inversión extractiva puede movilizar miles de millones de dólares y, sin embargo, generar proporcionalmente muchos menos puestos de trabajo que miles de pymes distribuidas entre industria, comercio y servicios. Generar dólares y generar empleo masivo no son necesariamente la misma cosa.
Por qué esta desigualdad puede profundizarse
El mapa resultante contiene un riesgo estructural. Si las inversiones, exportaciones y nuevos proyectos continúan concentrándose en las provincias poseedoras de recursos naturales, mientras el mercado interno sigue debilitándose, la distancia entre territorios puede aumentar.
Neuquén dispondrá de mayor actividad, empleo especializado, inversiones vinculadas a Vaca Muerta y recursos fiscales asociados al sector hidrocarburífero. San Juan, Catamarca o Jujuy pueden recibir inversiones mineras. En cambio, provincias con menor disponibilidad de recursos exportables y mayor dependencia del consumo, las transferencias nacionales, el comercio y las pequeñas empresas tendrán menos herramientas propias para compensar una recesión prolongada.
La desigualdad, entonces, puede trasladarse también a las finanzas provinciales. Menos actividad significa menor recaudación local; menor recaudación reduce la capacidad para financiar infraestructura y servicios; y menor inversión pública puede deteriorar todavía más las posibilidades de atraer actividad privada.
Se configura así una brecha que puede reproducirse por sí misma.
Un modelo que modifica el federalismo económico
La transformación también tiene consecuencias políticas. Una provincia que genera petróleo, gas, minerales y dólares posee una capacidad de negociación con la Nación distinta de aquella que depende fuertemente de transferencias federales y de un mercado interno debilitado.
Por eso Vaca Muerta no modifica únicamente las exportaciones argentinas. También aumenta el peso económico y político de Neuquén dentro del esquema federal.
La misma lógica puede profundizarse con el desarrollo del cobre y el litio en determinadas provincias cordilleranas.
El resultado podría ser una Argentina donde la ubicación geográfica de los recursos naturales determine cada vez más las posibilidades fiscales, laborales y productivas de cada territorio, mientras disminuye la capacidad de las políticas nacionales para equilibrar esas diferencias.
Los datos muestran algo más profundo que una recesión
La comparación histórica incorporada por el IPYPP refuerza esa lectura. Durante la administración de Cambiemos, entre 2016 y 2019, las empresas disminuyeron 4,4% y el empleo formal privado cayó 3,8%. Entre 2020 y 2023, en cambio, la cantidad de empresas aumentó 0,4% y el empleo formal privado creció 5,9%, aunque ese período terminó atravesado por graves problemas macroeconómicos, especialmente la inflación.
Lo importante de la comparación no es convertir esos períodos en modelos ideales, sino observar qué sucede territorialmente cuando una economía crece apoyándose en el mercado interno y qué ocurre cuando el dinamismo se concentra en sectores exportadores intensivos en recursos naturales.
Los números actuales muestran que el crecimiento de algunos enclaves no está compensando la contracción general. No alcanza con que una provincia genere 10.000 empleos si el resto pierde cientos de miles. Tampoco alcanza con aumentar las exportaciones si simultáneamente desaparecen decenas de miles de empresas que sostienen el trabajo y el consumo cotidiano.
La desigualdad que empieza a dibujarse bajo el gobierno de Milei, por lo tanto, no divide solamente entre ricos y pobres. Divide también entre provincias capaces de producir los dólares que demanda el modelo y provincias que necesitan del mercado interno para sobrevivir.
Esa es la información más importante detrás del mapa. La Argentina extractiva encuentra oportunidades mientras buena parte de la Argentina productiva y comercial se contrae. Si esa distancia continúa creciendo, el problema ya no será solamente cuánto crece el país, sino qué partes del país pueden crecer, cuáles quedan afuera y cuánto tiempo puede sostenerse una economía nacional cuando sus motores avanzan en direcciones tan diferentes.

























