Dicen que acá no hay negros. Que la Argentina es un país blanco, europeo, descendiente de barcos. Después aparece un pibe de Machagai, Chaco, hijo de una mujer qom y un uruguayo negro, que se crió solo en las calles de Brasil, conquistó París tocando con Josephine Baker, se hizo amigo de Django Reinhardt, y cuando volvió a su patria, nadie le dio bola. Se llamaba Oscar Alemán. Y si no lo conocés, no es casualidad.
La próxima vez que alguien suelte la frase «en Argentina no hay negros», mostrale una foto de Oscar Alemán. Y si el tipo insiste, contale la historia.
Oscar nació el 20 de febrero de 1909 en Machagai, provincia del Chaco, en el corazón del monte. Su madre, Marcela Pereira, era una pianista de la etnia qom (toba). Su padre, Jorge Alemán Moreira, era un guitarrista uruguayo negro que formó un conjunto con sus hijos: el Sexteto Moreira.
A los 6 años, Oscar ya bailaba malambo y salía de gira con la familia. Tocaron en Buenos Aires, en el Parque Japonés, en el Teatro Nuevo, en el Luna Park. Pero la fama dura poco cuando sos pobre. En 1919, la tragedia: la madre murió en Argentina, el padre se suicidó en Brasil, los hermanos mayores tomaron rumbos distintos y los menores fueron a parar a un orfanato. Oscar, con 10 años, quedó solo en la ciudad de Santos, Brasil.

«Oscarzinho» durmió en los bancos de una plaza
Vivió en la calle, lustró zapatos, abrió puertas de autos en la puerta de un cabaret para que los parroquianos le dieran una propina. Comía apenas un plátano con pan. Y con la obsesión de comprarse un instrumento, ahorraba cada moneda que le daban y la dejaba en custodia a un amigo.
Así juntó lo suficiente para comprarse un cavaquinho (esa pequeña guitarra portuguesa de cuatro cuerdas) y empezó a tocar en tabernas. Ahí conoció a Gastón Bueno Lobo, un guitarrista que le enseñó técnicas y con quien formó el dúo «Los Lobos». Tocaban de todo: choros, sambas, boleros, tangos.
En 1925, un actor español llamado Pablo Palitos los contrató para trabajar en Buenos Aires. Oscar volvía a su país, pero no para quedarse. En 1929, un bailarín de tap llamado Harry Fleming los llevó de gira por Europa. Pasaron por Berlín, Amsterdam, Roma, Atenas, Lisboa, Madrid, Barcelona. Cuando la gira terminó, Gastón volvió a Brasil y Oscar se quedó en Madrid. Poco después, Gastón se suicidó. «Esta vez me quedé huérfano y solo, en forma definitiva», diría años después.

Joséphine Baker y el negro que tocaba como los dioses
En 1932, la bailarina y cantante estadounidense Josephine Baker, que era la vedette más importante de París, lo convocó para sumarse a su orquesta. Oscar hablaba tres idiomas, cantaba, tocaba la guitarra, el contrabajo, la batería, el cavaquinho, el pandeiro, las maracas, bailaba rumba y zapateaba como un negro de Broadway.
En poco tiempo, Oscar Alemán era el director de la banda de Josephine. Tocaba en el Hot Club de Francia, donde se codeaba con las figuras del jazz europeo. Ahí conoció a Django Reinhardt, el guitarrista gitano que es considerado uno de los más grandes de la historia. Se hicieron amigos. Django lo acogió en su carromato, algo que no hacía con nadie, y dormían juntos mientras la esposa del gitano tiraba las cartas.
Grabó con Freddy Taylor, con el trompetista Bill Coleman, formó su propio trío. El crítico Charles Delaunay, fundador del Hot Club, escribió que Alemán tenía «un toque más seco y metálico que Reinhardt» y que su sonoridad se acercaba a un banjo pero con todos los recursos de la guitarra. Tocó con Louis Armstrong, con Duke Ellington. Estaba en la cresta de la ola.

1940: los nazis, la fuga y el regreso a la nada
La invasión alemana a Francia cortó todo. Una patrulla nazi lo golpeó en la calle y mató a su perro. Negro y músico de jazz: no había coordenadas más peligrosas en la Europa parda. El consulado argentino lo ayudó a escapar, pero en la frontera con España los guardias le robaron sus dos.



























