El pobre de derecha: la venganza de los bastardos – cuando la humillación se convierte en voto

Jessé Souza, sociólogo brasileño formado en la tradición crítica alemana y ex presidente del IPEA, publicó en 2024 en este desmonta el mito de la «irracionalidad» del voto popular en la extrema derecha. Con una prosa que incomoda tanto a la izquierda academicista como a la derecha mediática, Souza revela que el voto de los pobres por Bolsonaro no fue un error de cálculo económico, sino una respuesta a heridas morales profundas: la humillación, el racismo encubierto y la necesidad desesperada de reconocimiento. Leerlo desde Argentina, en febrero de 2026, es enfrentarse a las preguntas que este lado del charco también se niega a responder.

El pobre de derecha: la venganza de los bastardos fue publicado en 2024 por la editorial Civilização Brasileira, en Río de Janeiro. Su autor, Jessé Souza, nació en 1960, es sociólogo, filósofo y profesor universitario. Formado en la Universidad de Brasilia y con doctorado en la Universidad de Heidelberg, Alemania, bajo la influencia de pensadores como Jürgen Habermas y Axel Honneth, Souza dirigió el IPEA (Instituto de Investigación Económica Aplicada) entre 2015 y 2016, durante el gobierno de Dilma Rousseff. Es autor de una veintena de libros, entre ellos La élite del atraso (2017), La clase media en el espejo (2018) y Cómo el racismo creó Brasil (2021). Su obra se caracteriza por una lectura original de la formación social brasileña, que combina la teoría crítica con un análisis implacable de las estructuras de clase, raza y reconocimiento.

La estructura es impecable: comienza con un análisis del fenómeno global de la extrema derecha a partir del caso estadounidense —con especial atención a la «fabricación del consentimiento» y el papel de figuras como Edward Bernays y los hermanos Koch—, para luego adentrarse en las especificidades brasileñas: el racismo estructural, la construcción del «excepcionalismo paulista», la división racial regional, y el papel de las iglesias evangélicas como máquinas de producción de subjetividad conservadora.

SINOPSIS

El punto de partida de Souza es una pregunta que debería ser obvia pero que pocos se animan a formular sin caer en lugares comunes: ¿por qué millones de pobres —blancos del sur, negros evangélicos, trabajadores precarizados— votaron dos veces por Jair Bolsonaro, un candidato que representa a las élites más reaccionarias y cuyas políticas los perjudican objetivamente?.

La respuesta, para Souza, no puede encontrarse en el análisis economicista que domina tanto el sentido común como cierta tradición marxista. La famosa frase de la campaña de Clinton —«es la economía, estúpido»— es aquí no solo insuficiente, sino profundamente engañosa. Souza demuestra, apoyándose en Hegel, Honneth y la tradición de la teoría crítica, que el motor último del comportamiento humano no es la utilidad económica, sino la lucha por el reconocimiento social. Necesitamos ser vistos, valorados, respetados. Sin eso, no hay autoestima, no hay confianza en uno mismo, no hay posibilidad de vida digna.

Los pobres de derecha, entonces, no votaron contra sus intereses económicos porque sus intereses económicos no son lo que determina primariamente su conducta. Votaron movidos por heridas más profundas: la humillación cotidiana, el desprecio de clase, el racismo internalizado, la necesidad de sentirse superiores a alguien —aunque sea a otros más pobres, más negros, más vulnerables.

El libro avanza sobre cuatro grupos clave: los blancos pobres del sur y San Pablo (herederos del «excepcionalismo paulista» y de una identidad europea que los separa del resto del Brasil mestizo), los evangélicos negros (atrapados entre la promesa de redención moral y la reproducción del racismo), la clase media tradicional (que odia a los pobres pero necesita justificar su odio con el discurso de la «corrupción») y la élite propietaria (que financia todo el circo mientras permanece invisible).

A través de entrevistas en profundidad —reproducidas extensamente en el libro—, Souza da voz a sus protagonistas: un descendiente de alemanes en Santa Catarina que sueña con entrar al Nordeste con pasaporte; un guardia penitenciario de Porto Alegre que tortura presos con el olor de un asado; una periodista mestiza perseguida por su propia familia; un evangélico negro de San Pablo que justifica el accionar policial contra «los de su color». Son testimonios que queman, que incomodan, que muestran las costuras de una sociedad construida sobre el odio y el desprecio.

LA FALACIA DE LA RACIONALIDAD UTILITARISTA

El primer gran acierto de Souza es desmontar el supuesto de que la economía es el motor de la conducta política. No se trata de negar la importancia de las condiciones materiales, sino de mostrar que éstas están siempre mediadas por valoraciones morales. La economía, nos recuerda Souza, no es una esfera neutral: cada modelo productivo y distributivo implica una concepción de justicia, una decisión sobre quién merece qué y por qué.

El neoliberalismo financiero ha logrado naturalizar su propia visión del mundo al presentarse como un imperativo técnico, como si no hubiera alternativa posible. Pero esa naturalización es, precisamente, su principal dispositivo de poder. Al ocultar que la desigualdad es una decisión política, se la convierte en destino.

En este marco, los pobres de derecha aparecen como los principales creyentes de la meritocracia. Son ellos —los que menos chances tienen de ascender socialmente— los que más defienden la idea de que el éxito es cuestión de esfuerzo individual. Esta contradicción no es casual: la meritocracia funciona como una «teodicea de la ventaja» que permite a los privilegiados justificar su posición y a los oprimidos explicar su fracaso sin tener que culpar al sistema.

El voto en Bolsonaro, desde esta perspectiva, no es irracional en términos económicos: es perfectamente racional en términos morales. Le permite al blanco pobre del sur sentirse parte de la «Europa en los trópicos», distanciándose de los «vagos» del Nordeste. Le permite al negro evangélico sentirse «moralmente superior» al criminal —que siempre tiene el mismo color de piel que él—. Le permite a la clase media justificar su odio a los programas sociales bajo el ropaje de la lucha contra la corrupción.

RECONOCIMIENTO Y HUMILLACIÓN

La columna vertebral teórica del libro es la filosofía hegeliana, mediada por la teoría crítica contemporánea, especialmente Axel Honneth. Souza retoma la idea de que la lucha por el reconocimiento es el motor de la historia, y la aplica al análisis de las clases populares brasileñas.

El ser humano no busca solo sobrevivir: busca ser reconocido en su dignidad. Cuando ese reconocimiento es negado —por el racismo, por el clasismo, por la indiferencia social— se produce una herida narcisista profunda. La humillación no es un sentimiento menor: es la experiencia de ser tratado como un ser inferior, como alguien que no merece respeto.

Los entrevistados de Souza hablan desde esa herida. El blanco pobre que se siente traicionado por la meritocracia (trabaja dieciséis horas y no llega a fin de mes) necesita encontrar un culpable. Como la prensa hegemónica le oculta las verdaderas causas de su sufrimiento (la concentración de la riqueza, la herencia del capital cultural, la reproducción de privilegios), vuelve su odio hacia los más débiles: los nordestinos, los negros, las mujeres, los homosexuales.

Bolsonaro funciona aquí como un catalizador del resentimiento. No propone soluciones reales, pero ofrece algo quizás más valioso en términos psicológicos: la certeza de que el enemigo existe y tiene nombre. La política de la humillación se convierte en política de la venganza.

 CLASE, RACISMO Y LAS MÁSCARAS DEL PODER

El núcleo sociológico del libro es la demostración de que el racismo «racial» explícito —el que existió hasta 1930, basado en teorías pseudocientíficas sobre la inferioridad de negros e indígenas— fue reemplazado, después de Vargas, por un racismo «cultural» que opera con las mismas categorías pero sin nombrarlas.

El artífice de esta operación, según Souza, fue Sérgio Buarque de Holanda con su Raízes do Brasil (1936). Buarque construyó la figura del «hombre cordial» —emotivo, personalista, corrupto por naturaleza— como esencia del pueblo brasileño. Pero ese pueblo, en la práctica, no incluía a la élite ni a la clase media blanca de origen europeo. El «hombre cordial» era, en realidad, el mestizo, el negro, el pobre. El racismo biológico se transformó en racismo cultural, permitiendo a las clases dominantes seguir despreciando a los mismos grupos pero ahora con la coartada de la «crítica social».

Esta operación tuvo un efecto político central: criminalizar el voto popular. Si el pueblo es corrupto, sus representantes también lo son. Cada vez que un líder popular —Vargas, Jango, Lula, Dilma— intentó usar el Estado para reducir la desigualdad, la élite activó el dispositivo de la «lucha contra la corrupción» para justificar un golpe de Estado. La corrupción, así, no es un problema real (la élite la practica a escala planetaria), sino un arma de guerra contra la inclusión social.

En este marco, Souza analiza la construcción del «excepcionalismo paulista»: la idea de que San Pablo y el sur del país son una especie de «Europa en los trópicos», habitada por blancos trabajadores y virtuosos, mientras que el resto del Brasil (especialmente el Nordeste) sería el reino de la pereza y la corrupción. Esta división regional encubre, en realidad, una división racial: el sur es blanco, el nordeste es mestizo y negro. El prejuicio regional es la máscara del racismo.

EL PAPEL DE LAS IGLESIAS EVANGÉLICAS

El cuarto capítulo del libro está dedicado al fenómeno del «negro evangélico». Souza reconstruye la historia del pentecostalismo en Brasil —desde la llegada de los misioneros estadounidenses en 1910 hasta el auge del neopentecostalismo con la Iglesia Universal de Edir Macedo— y muestra cómo estas iglesias operan como máquinas de producción de subjetividad conservadora.

El pentecostalismo, especialmente en su versión neopentecostal, ofrece a los negros pobres algo que la sociedad les niega: reconocimiento. A través de la «teología de la prosperidad», el creyente puede sentirse elegido por Dios, destinado al éxito, moralmente superior a quienes no siguen el camino de la fe. Pero ese reconocimiento tiene un precio: la adhesión a una moral regresiva que estigmatiza a las minorías sexuales, a las mujeres autónomas, a los practicantes de religiones afro.

El neopentecostalismo opera una «antropofagia» de las religiones afrobrasileñas: toma del candomblé la centralidad del trance, la posesión, la lucha entre el bien y el mal, pero invierte sus términos. Lo que en el candomblé es celebración de lo sagrado, en el neopentecostalismo es demonización del otro. El culto a los orixás se convierte en culto al diablo, y los negros que antes encontraban en el candomblé un espacio de resistencia, ahora deben abandonarlo para «volverse blancos» moralmente.

Este proceso de «blanqueamiento» es central para entender el voto evangélico en Bolsonaro. El negro pobre que se convierte al pentecostalismo no solo adquiere una nueva fe: adquiere una nueva identidad moral que le permite sentirse superior a otros negros —los «criminales», los «vagos», los «desviados». La oposición entre el «pobre honesto» y el «pobre delincuente» fractura la solidaridad de clase y raza, y convierte a los oprimidos en cómplices de su propia opresión.

EL VOTO COMO EXPRESIÓN DE RABIA

La conclusión del libro es una advertencia: el fenómeno Bolsonaro no fue un accidente ni una aberración pasajera. Expresa tendencias profundas de la sociedad brasileña —y, por extensión, latinoamericana— que no van a desaparecer con la derrota electoral de su líder.

El voto de los pobres de derecha es un voto de rabia. Es la expresión política de quienes han sido humillados durante décadas y no encuentran canales institucionales para procesar su sufrimiento. La izquierda, dice Souza, ha fracasado en comprender esta dimensión moral de la política. Sigue pensando en términos de intereses económicos, de clases sociales objetivas, de programas de gobierno. Pero la gente no vota solo por programas: vota por identidad, por reconocimiento, por pertenencia.

Bolsonaro ofreció eso. Les dijo a los blancos pobres: «ustedes son superiores a esos nordestinos vagos». Les dijo a los negros evangélicos: «ustedes son moralmente superiores a esos negros criminales». Les dijo a las clases medias: «ustedes son los defensores de la familia y la moral contra la corrupción del sistema». Todo eso era falso, pero funcionaba porque llenaba un vacío existencial.

La tarea de la izquierda, entonces, no es solo ofrecer mejores programas económicos. Es disputar el terreno del reconocimiento. Es mostrar que la dignidad no se construye contra los más débiles, sino con ellos. Es recuperar la idea de que la solidaridad no es una palabra vacía, sino la única forma de construir una sociedad donde nadie necesite sentirse superior para sentirse humano.

LA CONSTRUCCIÓN DEL OTRO COMO ENEMIGO

Desde una perspectiva antropológica, el libro muestra cómo las sociedades construyen figuras del «otro» para afirmar su propia identidad. En Brasil, ese otro ha sido históricamente el negro, el indígena, el nordestino. La función de estas figuras no es solo negativa: permiten a los grupos dominantes (y a los dominados que aspiran a ser reconocidos) definir quiénes son por oposición a quienes no son.

La operación del racismo «cultural» es precisamente esa: mantener la figura del otro como depositario de todos los males, pero sin nombrar la raza. El nordestino es «vago» (no porque sea negro, sino porque «su cultura» es diferente). El negro es «criminal» (no por su color, sino por su «falta de valores»). La mujer es «emocional» (no por el patriarcado, sino por «naturaleza»). Estas operaciones permiten que el racismo y el sexismo se reproduzcan sin ser nombrados, enmascarados bajo supuestas descripciones objetivas.

El bolsonarismo, en este sentido, no inventó nada: simplemente sacó a la superficie lo que estaba reprimido. Permitió que el racismo «cordial» brasileño se expresara sin vergüenza, bajo el ropaje de la «defensa de la familia» y la «lucha contra la corrupción».

FEBRERO DE 2026, DESDE ARGENTINA

Leer El pobre de derecha desde Argentina, en febrero de 2026, es un ejercicio de vértigo. Porque aunque el libro está centrado en Brasil, sus categorías iluminan fenómenos que también ocurren acá, aunque con otros nombres.

El mito del «crisol de razas» argentino —esa ficción de que somos un país blanco y europeo— cumple la misma función que el «excepcionalismo paulista» en Brasil: invisibilizar la presencia y el sufrimiento de las poblaciones indígenas, afrodescendientes y mestizas. El racismo acá también es «cordial», también se niega a sí mismo, también opera a través de máscaras culturales. El «negro villero» es nuestro equivalente del «nordestino vago». El «criminal» siempre tiene el mismo color de piel.

La división regional también opera: la «interiorización» del conflicto, el desprecio porteño hacia el «interior profundo», la construcción de un «nosotros» civilizado contra un «ellos» bárbaro. Todo eso está en el libro de Souza, aunque no lo mencione.

Y la pregunta que nos deja es la misma: ¿qué hacemos con la rabia?, ¿Cómo construimos política desde el reconocimiento y no desde la humillación?, ¿Cómo evitamos que el sufrimiento se convierta en voto de derecha?.

El libro no tiene respuestas fáciles, pero tiene algo quizás más valioso: las preguntas correctas. Y en tiempos de respuestas prefabricadas, eso ya es mucho.

El pobre de derecha: la venganza de los bastardos es un libro incómodo, necesario, profundo. Jessé Souza escribe con la pasión de quien sabe que las ideas no son juegos académicos, sino armas en la lucha por el sentido común. Sus páginas son un misil contra la hipocresía de las élites, la ceguera de la izquierda y las máscaras del racismo brasileño.

Leerlo es enfrentarse a preguntas que preferiríamos evitar. ¿Por qué los oprimidos votan a sus verdugos?, ¿Por qué el racismo sobrevive a todas las leyes que lo condenan?,¿Por qué la humillación es más fuerte que el hambre?.

No hay respuestas definitivas. Pero el libro nos deja una certeza: mientras no entendamos que la política es, ante todo, una lucha por el reconocimiento, seguiremos viendo cómo la rabia se convierte en voto de derecha. Y los bastardos —los humillados, los ofendidos, los que nunca fueron vistos— seguirán buscando venganza. Aunque sea contra sí mismos.

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    Melina Schweizer

    Melina Schweizer es periodista, escritora, compositora y poeta dominicana naturalizada argentina, fundadora y editora de infonegro.com. Coeditó y coordinó la antología Aquelarre de Negras (2021), actualmente en su primera edición impresa, y en 2022 recibió una mención especial en los Premios Lola Mora por su trabajo periodístico en defensa de los derechos de las mujeres. Es autora de la novela El mundo de Laurita: el secreto del museo antártico (2026).

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