Un libro de 471 páginas, 26 autoras y autores, tres coordinadoras incansables y un fantasma que ronda las páginas: el del profesor Paulo Vinicius Baptista da Silva, a quien el texto rinde homenaje. Publicado por CLACSO en 2025, este volumen no es un ladrillo académico más. Es un campo minado de ideas explosivas sobre etnoeducación, afrofeminismos y políticas públicas. Y sí, se puede leer con placer, con rabia y con ganas de salir a cambiar algo.
Hay libros que pesan. No me refiero al peso físico, aunque este tiene 471 páginas y podrían servir para sujetar una puerta en caso de temporal. Me refiero al otro peso. Al que se siente en las manos cuando uno sabe que lo que está a punto de leer no lo va a dejar igual. Perspectivas afrodiaspóricas en debate: etnoeducación, afrofeminismos y políticas públicas es uno de esos.
Lo editaron Rosa Campoalegre Septien, Anny Ocoró Loango y Paulo Vinicius Baptista da Silva. Ojo con ese «y». Porque Paulo, querido Paulo, profesor brasileño, militante incansable del antirracismo, miembro del Grupo de Trabajo Afrodescendencias de CLACSO, murió en 2024. Y el libro, que se publica en 2025, le dedica sus primeras páginas. El texto empieza con un homenaje escrito por Sergio Luis do Nascimento que se titula, con una belleza que duele, «Escribir es entretejer sueños». Ahí cuenta cómo Paulo fue de esos maestros que no solo enseñan, sino que transforman vidas. Uno de esos tipos que te hacen querer aprender a leer para después enseñar a tus camaradas.
El libro, entonces, viene con fantasma incluido. Y eso ya le da una densidad especial.

¿DE QUÉ SE TRATA ESTO?
Imaginá una conversación de cocina, pero en vez de estar en una cocina cualquiera, estás en una veintena de cocinas dispersas por América Latina, África y Europa. En cada una hay una olla hirviendo, y en cada olla se cocina un problema distinto pero conectado: el racismo en las escuelas, la invisibilización de las mujeres negras, las políticas públicas que prometen pero no cumplen, las infancias que aprenden a dibujarse con un lápiz «color piel» que no se parece en nada a ellas.
Eso es este libro. Una conversación gigante, coordinada por el Grupo de Trabajo Afrodescendencias y Propuestas Contrahegemónicas de CLACSO, donde 26 intelectuales-activistas de Angola, Argentina, Brasil, Colombia, Cuba, Ecuador, México, Italia y la diáspora africana en Europa se sientan a contar, desde sus lugares, cómo es la lucha.
Y no es una lucha abstracta. Es la lucha de una maestra en Cali que intenta explicar por qué sus alumnos negros se dibujan con el lápiz rosado. Es la lucha de las parteras de Buenaventura que resisten a que la medicina occidental les robe un saber ancestral. Es la lucha de las mujeres afroargentinas que, después de siglos de invisibilización, empiezan a pisar las universidades.
LOS RESULTADOS: UNA MIRADA RÁPIDA AL MAPA
El libro está dividido en tres partes, como tres grandes regiones de un continente en disputa.
Primera parte: Etnoeducación. Acá los autores y autoras se preguntan algo que parece obvio pero no lo es: ¿por qué el sistema educativo sigue siendo una máquina de producir racismo? Santiago Arboleda analiza el caso de Cali y llega a una conclusión que hiela la sangre: la educación en Colombia no está en crisis por accidente, está en crisis por diseño. Hay todo un andamiaje que garantiza que los niños negros sigan dibujándose con el color equivocado.
María Isabel Mena García hace algo que pocas veces se había hecho: se sienta con niñas negras de primaria en Quibdó, les da papel y lápices, y les pide que se dibujen. El resultado es un manifiesto silencioso sobre cómo la escuela enseña a no quererse. El «color piel», ese color rosado que viene en las cajas de doce, es una maquinita de producir ausencia. Porque ninguna de esas niñas es rosada.
Jorge Enrique García Rincón va más allá y conecta dos cosas que suelen tratarse por separado: la educación y el territorio. Propone algo que llama «afrobioconvivencia», una palabra larga para una idea simple: no se puede enseñar a querer la tierra si primero no se enseña a querer el propio cuerpo. Y no se puede querer el cuerpo si la escuela te dice que tu cuerpo está mal.
Segunda parte: Afrofeminismos. Si la primera parte duele, esta parte quema. Anny Ocoró Loango entrevista a mujeres afroargentinas y afromigrantes que lograron llegar a la universidad. Sus testimonios son un viaje de ida al corazón del racismo «cordial» argentino, ese que dice que acá no hay negros mientras las mira como si fueran extraterrestres. «Siempre estás en evidencia porque sos distinta», cuenta una de ellas. «Tu color es distinto, tu piel es distinta, mi nariz es distinta. Todos saben que yo no soy de acá».
Giobanna Buenahora-Molina escribe sobre las mujeres afrodescendientes en Cartagena y el hambre. No el hambre abstracta de los informes, sino el hambre que se siente en el cuerpo, que se recuerda, que se transmite de madre a hija. «Recuerdo pasar mucha hambre, las dos veces que intenté suicidarme tenía mucha hambre», dice una entrevistada. Eso no sale en las estadísticas.
Sara Candela Montoya y Lois Nwadiaru Moreira escriben sobre el cabello. Y parece un tema menor hasta que una explica que en la Angola precolonial el cabello crespo era arte, era política, era espiritualidad, y la otra acuña un término, «lacionormatividad», para explicar por qué alisarse el pelo no es una cuestión estética, es una cuestión de supervivencia laboral. «Usar el cabello afro al natural no es solo una práctica de reafirmación identitaria», escribe Nwadiaru, «es un acto político de resistencia ante la estructura racista antinegra».
Tercera parte: Políticas públicas. Acá el libro se pone más técnico, pero no por eso menos furioso. Rosa Campoalegre abre con un artículo que se pregunta qué viene después del Primer Decenio Internacional de los Pueblos Afrodescendientes (2015-2024). Porque si algo dejó claro ese decenio es que no alcanza con declarar, hay que hacer.
María del Carmen Zabala analiza el caso cubano y muestra algo que en la isla se sabe pero no siempre se dice: que la revolución fue revolucionaria en muchas cosas, pero el racismo no desapareció por decreto. Las desigualdades por color de piel persisten, se transmiten de generación en generación, y requieren políticas específicas, no solo universales.
Elia Avendaño hace lo propio con México y cuenta una historia que parece de terror: hasta 2019, los pueblos afromexicanos no existían para la Constitución. Así, sin anestesia. Recién en 2019 se dignaron a meterlos en el artículo 2°. Pero, como ella misma señala, el reconocimiento constitucional no es más que un papel si no va acompañado de políticas públicas concretas. Y de esas, todavía estamos lejos.
¿Y ESTO QUÉ SIGNIFICA, MÁS ALLÁ DE LA ACADEMIA?
Vamos por partes, como diría Jack el Destripador, pero sin destripar a nadie, que bastante destripada está ya la historia.
A nivel social, este libro es un acto de justicia poética. Porque durante siglos, a las personas afrodescendientes se les permitió hablar siempre y cuando fuera en el lugar asignado: el folclore, la música, el deporte, la cocina. Pero hablar desde la academia, desde la teoría, desde la producción de conocimiento legítimo, eso era cosa de blancos. Este libro viene a decir: acá estamos, acá estuvimos siempre, y ahora además escribimos.
Las voces que aparecen no son «informantes», son autoras y autores con nombre y apellido. No vienen a dar testimonio, vienen a teorizar. Y eso, en un mundo donde el conocimiento sigue siendo un campo minado de exclusiones, es revolucionario.
A nivel político, el libro llega en un momento clave. 2025 marca el inicio del Segundo Decenio Internacional de los Pueblos Afrodescendientes. Y lo que este texto deja claro es que si el segundo decenio va a ser como el primero, mejor no haberlo tenido. Porque el primero sirvió para visibilizar, sí, pero la visibilidad sin políticas concretas es como ponerle una vela a un muerto: lo honrás, pero no lo resucitás.
Las autoras y autores insisten en algo que debería ser obvio pero no lo es: la reparación histórica no puede ser solo simbólica. No alcanza con poner una placa. Hay que redistribuir recursos, hay que cambiar las currículas, hay que garantizar que las mujeres negras no sigan muriendo en los partos, hay que hacer que el lápiz «color piel» venga en más de un tono.
A nivel económico, el libro es un alegato contra la división racial del trabajo. Porque cuando uno lee los capítulos sobre trabajo doméstico, sobre cuidados, sobre migración, se da cuenta de que el capitalismo no es ciego al color. Las mujeres negras están en la base de la pirámide laboral, haciendo los trabajos que nadie más quiere hacer, por los sueldos que nadie más aceptaría. Y eso no es casualidad: es herencia directa de la esclavitud.
El concepto de «feminización del hambre» que aparece en el texto de Buenahora-Molina es una patada en el estómago. Porque no es que las mujeres negras tengan menos hambre por ser mujeres. Es que el sistema está diseñado para que coman último, para que coman peor, para que su cuerpo sea el territorio donde la desigualdad se inscribe a fuego.
A nivel cultural, el libro es una celebración de la resistencia. Porque cuando uno lee sobre el cabello crespo como mapa de libertad, sobre las trenzas como estrategia de fuga, sobre las parteras que siguen pariendo a contrapelo del sistema médico, entiende que la cultura no es un adorno. Es un campo de batalla. Y en esa batalla, las mujeres afrodescendientes han estado siempre en la primera línea.
El capítulo sobre la partería en ASOPARUPA es conmovedor en ese sentido. Muestra cómo un saber ancestral, transmitido de abuela a nieta, se convierte en un acto de resistencia política. Porque cuando el hospital te dice que tu forma de parir no sirve, que tus hierbas no sirven, que tus manos no sirven, seguir pariendo como sabés es una forma de decir: existo, resisto, no me someto.
UNA LECTURA DIVERTIDA, ENTRETENIDA Y PROFUNDAMENTE ANTIRRACISTA
Suena raro decir que un libro académico de 471 páginas puede ser divertido. Pero lo es. Porque está escrito con pasión, con rabia, con humor a veces. Porque las autoras y autores no se toman tan en serio como para volverse aburridos, pero se toman lo suficientemente en serio como para no banalizar nada.
Hay momentos de una belleza desgarradora, como cuando Lois Nwadiaru Moreira escribe sobre su propia transición capilar y la compara con una cartografía emocional. Hay momentos de una lucidez feroz, como cuando Anny Ocoró Loango analiza las trayectorias educativas de mujeres afroargentinas y descubre que llegar a la universidad no es el final de la lucha, es el principio de otra. Hay momentos de una ternura infinita, como cuando las parteras de ASOPARUPA dibujan su propio cuerpo en una cartografía y ponen la palabra «ASOPARUPA» justo en el corazón.
Y hay, sobre todo, un hilo conductor que atraviesa todas las páginas: la certeza de que el conocimiento no es neutral. De que la academia ha sido durante siglos una máquina de producir ausencias. Y de que ha llegado el momento de desmontar esa máquina, pieza por pieza, con las mismas herramientas que ella nos dio, pero también con otras que nunca reconoció como válidas.
LO QUE QUEDA
Cuando uno cierra este libro, después de 471 páginas, después de 26 voces, después de recorrer Angola, Argentina, Brasil, Colombia, Cuba, Ecuador, México, Italia, la diáspora, lo que queda no es una sensación de agotamiento. Queda una certeza incómoda: que todo lo que creíamos saber sobre educación, sobre feminismo, sobre políticas públicas, está incompleto si no lo miramos desde una perspectiva afrodiaspórica.
Queda la imagen de Paulo Vinicius Baptista da Silva, ese maestro que enseñó a leer a sus camaradas y que ahora, desde la muerte, sigue siendo faro. Queda la voz de las parteras, de las trenzadoras, de las estudiantes, de las migrantes, de todas esas mujeres que no esperaron a que la academia las invitara para ponerse a hablar.
Y queda, sobre todo, una pregunta: ¿qué estamos haciendo nosotros, acá, desde esta Argentina que se cree blanca y europea, para desarmar nuestras propias máquinas de producir ausencias?
El libro no da respuestas. Da herramientas. Y a veces, con eso alcanza.
FICHA TÉCNICA
Título: Perspectivas afrodiaspóricas en debate: etnoeducación, afrofeminismos y políticas públicas
Coordinadoras: Rosa Campoalegre Septien, Anny Ocoró Loango, Paulo Vinicius Baptista da Silva
Editorial: CLACSO (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales)
Año: 2025
Páginas: 471
Países representados: Angola, Argentina, Brasil, Colombia, Cuba, Ecuador, México, Italia, diáspora africana en Europa
Ejes temáticos: Etnoeducación, afrofeminismos, políticas públicas, racismo estructural, interseccionalidad, migración, trabajo de cuidados, estética afro, territorialidad.
Dónde conseguirlo: Descarga gratuita en la página de CLACSO (www.clacso.org.ar/libreria-latinoamericana)




























