La Iglesia anglicana entronizó por primera vez a una mujer como máxima autoridad espiritual en Canterbury. El hecho ocurre en medio de tensiones internas y caída sostenida de la práctica religiosa en el Reino Unido.
En un hecho histórico para el cristianismo anglicano, Sarah Mullally fue entronizada como primada en la catedral de Canterbury, convirtiéndose en la primera mujer en ocupar este rol dentro de la Iglesia de Inglaterra, una institución con casi cinco siglos de historia.
La ceremonia se realizó en Canterbury, ciudad considerada el corazón espiritual del anglicanismo, donde en el siglo VI San Agustín inició la expansión del cristianismo en Inglaterra. El evento reunió a representantes de distintas religiones y contó con la presencia de figuras de la realeza británica, en un marco de fuerte simbolismo institucional.

Un cambio histórico en una iglesia en transformación
El nombramiento de Mullally, de 63 años, marca un punto de inflexión en una Iglesia que durante siglos excluyó a las mujeres de sus jerarquías más altas. Recién en las últimas décadas se habilitó su ordenación como sacerdotes, y en apenas doce años su presencia en roles de liderazgo ha crecido de manera significativa.
La ceremonia reflejó ese cambio: una fuerte presencia de dignatarias anglicanas contrastó con estructuras históricamente masculinizadas dentro de la institución.
Tensiones internas y riesgo de fractura
Sin embargo, el avance hacia una mayor inclusión no está exento de conflictos. La Iglesia anglicana atraviesa tensiones internas profundas, especialmente con sectores conservadores que rechazan reformas vinculadas al rol de las mujeres y otras discusiones contemporáneas.
Estas disputas alimentan el riesgo de un posible cisma dentro de la comunión anglicana, que reúne a unos 85 millones de fieles en todo el mundo, principalmente en África y Asia.
Una institución global con base debilitada
Aunque nació como una iglesia nacional inglesa tras su separación de Roma en 1534, el anglicanismo se expandió globalmente con el Imperio británico. Hoy, sin embargo, su base en el Reino Unido muestra signos de debilitamiento: apenas un millón de personas se consideran practicantes regulares, y solo la mitad asiste a misa los domingos.
En ese contexto, el nombramiento de Mullally aparece también como un intento de renovación institucional frente a la creciente secularización de la sociedad británica.
El acceso de una mujer al máximo liderazgo espiritual anglicano no solo reconfigura una tradición centenaria: también expone las tensiones entre cambio y resistencia en una institución que busca redefinir su lugar en el mundo contemporáneo.



























