Milei fue a ayudar a Bolsonaro y habría terminado haciéndole campaña a Lula

Javier Milei viajó a Brasil para respaldar al bolsonarismo, insultó a Lula da Silva en territorio brasileño y abrió una crisis diplomática que, según lecturas políticas recogidas tras contactos con Brasilia, podría terminar perjudicando a Flávio Bolsonaro entre los indecisos. La internacional libertaria inauguró así una modalidad novedosa de cooperación electoral: llegar para sumar y obligar al candidato amigo a calcular cuánto le costó la visita.

Javier Milei cruzó la frontera para darle una mano a Flávio Bolsonaro y habría conseguido esa proeza reservada a los grandes estrategas: que el beneficiario empiece a preguntarse dónde puede devolver el regalo. El Presidente argentino participó de un acto bolsonarista, atacó a Lula en su propio país y convirtió una actividad partidaria en un conflicto diplomático bilateral. Era un apoyo electoral; terminó pareciéndose a esos tíos que llegan al casamiento para colaborar y a los veinte minutos están discutiendo con el padre de la novia.

La preocupación que circula en ámbitos políticos regionales tiene una explicación bastante menos sofisticada que cualquier tratado de ciencia política. Brasil podrá estar dividido entre lulistas y bolsonaristas, pero sigue siendo Brasil, y existe una diferencia importante entre putear al presidente propio y que llegue el mandatario del país vecino a hacerlo en tu casa. El nacionalismo tiene esas mañas: uno puede querer echar al administrador del consorcio, pero si viene el vecino del edificio de enfrente a llamarlo ladrón en el ascensor, de repente hasta dan ganas de defenderlo.

Ese sería precisamente el problema para Flávio Bolsonaro. Milei no insultó a Lula desde Buenos Aires ni durante una entrevista perdida entre veinte declaraciones. Viajó a Brasil, participó de un acto del espacio que pretende derrotarlo y desde allí descargó los agravios. Para el votante convencido probablemente no cambie nada; el interrogante está entre los indecisos, esa fauna electoral que todos cortejan durante meses hasta que un invitado extranjero agarra el micrófono y decide facilitarles la reflexión.

La ayuda internacional tiene sus riesgos. Antes los candidatos pedían financiamiento, asesores, encuestadores o algún consultor especializado en redes. El bolsonarismo recibió a Milei. Es más económico que contratar una consultora, aunque posiblemente después haya que contratar dos consultoras para medir las consecuencias.

La situación se vuelve todavía más incómoda porque el Presidente argentino no llegó solo simbólicamente. Detrás del bolsonarismo también aparece Donald Trump, cuya imagen en Brasil enfrenta resistencias, especialmente después de sus conflictos comerciales y arancelarios con el país. Flávio empieza así a construir una candidatura fascinante: para defender la soberanía brasileña cuenta con el respaldo entusiasta de dos presidentes extranjeros.

Debe ser difícil explicar el concepto en un afiche.

La derecha brasileña quería discutir seguridad, economía, corrupción y desgaste del gobierno de Lula. Ahora también tiene que responder cuánto le gustan las opiniones de Milei sobre Brasil y hasta dónde comparte la agenda de Trump. Es el equivalente electoral a preparar durante meses un menú y descubrir que los invitados trajeron su propia comida, ocuparon la cocina y además están discutiendo con los mozos.

En sectores empresariales brasileños tampoco existiría demasiado entusiasmo con semejante espectáculo. Según la información que circula en contactos regionales, banqueros y hombres de negocios miran con preocupación tanto la polarización como la incapacidad de Flávio para dejar crecer otras alternativas de derecha consideradas más previsibles. El capital tiene profundas convicciones ideológicas hasta que alguien amenaza con hacerle perder plata; entonces desarrolla una repentina pasión por la moderación.

Ahí aparece otra de las grandes ironías de esta historia. Milei construyó buena parte de su identidad internacional defendiendo gobiernos y candidatos promercado, pero su participación podría incomodar precisamente a sectores del mercado que preferirían una derecha brasileña con menos adrenalina. Wall Street ama la libertad económica; lo que nunca terminó de disfrutar son los infartos.

Lula, mientras tanto, recibió un obsequio que ningún jefe de campaña habría podido comprar sin levantar sospechas. No necesitó organizar un acto nacionalista ni inventar un enemigo extranjero. El enemigo extranjero tomó un avión, cruzó la frontera y se presentó solo.

La campaña brasileña puede aprovechar ahora una imagen sencillísima: de un lado, el presidente brasileño atacado dentro de Brasil; del otro, sus adversarios compartiendo escenario político con quien lo atacó. Para un país con fuerte conciencia de su peso regional, la escena viene prácticamente editada para televisión. Al publicista solo le falta poner música.

Esto no significa que el episodio vaya a definir las elecciones de octubre ni que Flávio Bolsonaro esté condenado por una visita. Afirmarlo sería convertir una hipótesis política en resultado electoral antes de que voten los brasileños. Pero que dirigentes y actores económicos estén calculando si el apoyo externo puede transformarse en un problema ya demuestra que la operación de solidaridad ideológica no salió precisamente con manual de instrucciones.

La paradoja alcanza también a la política exterior argentina. Mientras Milei interviene discursivamente en la campaña brasileña, su propia Cancillería intenta impedir que la pelea con Lula afecte una relación económica fundamental para Argentina. Es una organización extraordinariamente eficiente: el Presidente exporta conflictos y los diplomáticos trabajan en sustitución de importaciones para que no vuelvan convertidos en pérdidas comerciales.

Flávio Bolsonaro deberá decidir ahora cuánto le conviene abrazar a sus aliados internacionales y cuánto espacio necesita para construir una identidad brasileña propia. Trump aporta potencia global, Milei aporta fervor regional y ambos traen algo que ningún candidato puede controlar completamente: sus propias bocas.

Lula, por su parte, puede limitarse a observar cómo sus adversarios hacen horas extras. Porque algunas campañas necesitan millones, estrategas, focus groups y meses de planificación; otras tienen la fortuna de que el rival invite a un amigo a ayudar y el amigo llegue con un bidón de nafta a apagarle el incendio.

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    CONCHITA PRETA

    Periodista negra, argentina, zurda y afrofeminista, la pluma más filosa de InfoNegro.com. Además, de atender BOLUDES de medio Tiempo.

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