Después de semanas de cruces, reproches y discursos que parecían preparar una interna con pochoclos, Máximo Kirchner aclaró que con Axel Kicillof “no estamos en veredas opuestas” y avisó que está dispuesto a conversar si lo convocan. El deshielo coincide con encuestas que ubican al gobernador como el opositor mejor posicionado frente a Milei. Una vez más, la unidad peronista encontró su mediador más eficaz: una planilla con porcentajes.
Las encuestas tienen propiedades curativas que la medicina todavía no consigue explicar. Bajan inflamaciones, cicatrizan heridas, restauran vínculos familiares y consiguen que dirigentes que llevaban meses intercambiándose cariño con una motosierra descubran, repentinamente, que nunca estuvieron realmente enfrentados. Máximo Kirchner acaba de experimentar el tratamiento: miró los números de Axel Kicillof y recordó que, después de todo, son compañeros.
“No estamos en veredas opuestas”, explicó el líder de La Cámpora, enterrando por unas horas una interna bonaerense que hasta la semana pasada necesitaba árbitro, ambulancia y separación de bienes. Hubo cruces por el liderazgo del peronismo, reproches por Cristina Kirchner, diferencias sobre la construcción electoral y un discurso particularmente duro de Máximo en Parque Lezama. Pero aparentemente todo aquello fue una pequeña confusión semántica. No era una pelea: eran compañeros gritándose desde veredas que, según acaba de aclararse, pertenecían a la misma cuadra.
La moderación apareció justo cuando Kicillof empezó a consolidarse en distintos sondeos como uno de los dirigentes opositores con mayor competitividad frente a Javier Milei. Según el trabajo de Casa Tres citado en la información original, el gobernador aparece además como principal referente opositor para el 36% de los consultados, frente al 23% de Cristina Kirchner. Son trece puntos capaces de producir más fraternidad que cincuenta congresos partidarios y trescientas marchas peronistas.
Máximo incluso desempolvó el álbum familiar. Recordó que Kicillof fue ministro de Economía de Cristina, que juntos enfrentaron a los fondos buitres y que compartieron batallas políticas. Faltó recordar alguna Navidad en Río Gallegos y proyectar diapositivas del cumpleaños de quince. Cuando las encuestas acompañan, hasta las viejas fotos recuperan resolución.
Pero la frase verdaderamente extraordinaria fue otra: “Todas las veces que me convocaron a dialogar y a charlar fui, pero no puedo entrar a lugares sin que me inviten”. Una joya de la diplomacia peronista. Máximo está dispuesto a reconciliarse, conversar, negociar y probablemente compartir la vereda, pero Axel primero tiene que tocar el timbre. La unidad nacional y popular quedó dependiendo de una invitación formal que aparentemente todavía no llegó por WhatsApp.
La imagen es preciosa: Máximo parado frente a la Gobernación con las manos en los bolsillos, mirando por la ventana mientras espera que alguien abra. Adentro, Kicillof revisando encuestas. Afuera, La Cámpora preguntando si tocaron bien el portero eléctrico. Y en el medio, medio peronismo explicando que jamás existió una interna sino un problema de acceso al edificio.
El detalle más delicioso es que Máximo agregó que él no es gobernador de Buenos Aires ni presidente del PJ bonaerense. Esta última aclaración resulta especialmente importante porque efectivamente dejó la presidencia partidaria, pero conserva un peso central dentro del dispositivo kirchnerista. El mensaje político, sin embargo, fue transparente: la iniciativa tiene que tomarla Kicillof. Máximo ofrece la paloma de la paz, pero el delivery lo paga Axel.
Mientras tanto surgió otro factor capaz de acelerar el milagro de la reconciliación: los intendentes del conurbano. Un grupo de jefes territoriales comenzó a advertir algo revolucionario para la política argentina: quizá atacar al dirigente propio que mejor mide no sea una estrategia electoral extraordinaria. Décadas de ciencia política finalmente dieron frutos.
Esos intendentes tampoco quieren construir una alternativa demonizando a Cristina. Pretenden conservar ambos mundos: Kicillof competitivo, Cristina contenida, Máximo conversando y todos tratando de llegar a 2027 sin apuñalarse delante de las cámaras. No parece demasiado ambicioso, salvo que estamos hablando del peronismo.
Hasta Aníbal Fernández colaboró involuntariamente con el clima. Después de visitar la Gobernación calificó de “pelotudez” la campaña de carteles de “Cristina Libre” y lanzó una frase directamente dirigida contra quienes, según él, llegan a “la lapicera” gracias a la madre. Era una pelota picando frente al arco para Máximo. Sin embargo, esta vez eligió no patearla. Cuando uno está intentando reconstruir un puente, conviene esperar al menos hasta cruzarlo para volver a prenderlo fuego.
Todo esto ocurre después de que Máximo endureciera su discurso, reclamara mayor compromiso con Cristina y dejara señales que muchos interpretaron como el comienzo de una candidatura propia. Ahora la música cambió. No porque hayan desaparecido mágicamente las diferencias, sino porque la aritmética electoral empezó a ordenar lo que la fraternidad partidaria no podía.
Es una vieja especialidad argentina. Primero se construye una interna ideológica monumental, con documentos, discursos, actos separados, operaciones y dirigentes explicando que está en juego el destino histórico del movimiento. Después aparece una encuesta y resulta que el destino histórico necesitaba únicamente una calculadora.
Kicillof tampoco tiene motivos para apurarse. Si efectivamente consigue sostener números competitivos, puede negociar desde una posición bastante distinta de la que tenía cuando algunos sectores del kirchnerismo discutían hasta dónde debía crecer su autonomía. El gobernador que debía explicar cada movimiento empieza a convertirse en el dirigente al que ahora esperan que mande invitaciones.
La reconciliación todavía no ocurrió y tampoco existe un acuerdo electoral cerrado. Máximo simplemente abrió públicamente la puerta al diálogo y dejó en manos de Kicillof la iniciativa. Pero después de meses de tensión, el cambio de tono es suficientemente notable como para entender que algo se movió.
La política suele decir que no hay enemigos permanentes, solamente intereses permanentes. El peronismo perfeccionó la fórmula: tampoco existen peleas permanentes cuando el adversario interno empieza a medir treinta y seis puntos.
Máximo ya avisó que está dispuesto a conversar. Ahora solamente falta que Axel lo invite. Porque en el peronismo nadie cruza de vereda por conveniencia: simplemente espera a que las encuestas pongan el semáforo en verde.


























