El último informe de Zuban-Córdoba confirma el deterioro del oficialismo: 64,5% desaprueba la gestión y más del 70% pide un cambio. Kicillof lidera la intención de voto con 44% y es el dirigente con menor rechazo relativo. El problema del Gobierno ya no es solo económico: es político, social y estructural.
Los números no siempre marcan un quiebre, pero sí pueden señalar cuándo un proceso deja de ser reversible en el corto plazo. El último estudio nacional de Zuban-Córdoba no muestra un colapso repentino del gobierno de Javier Milei, pero sí algo más difícil de corregir: la consolidación de un desgaste que ya no parece coyuntural, sino estructural. Con un 64,5% de desaprobación frente a apenas un 34,3% de aprobación, la gestión libertaria se estabiliza en niveles que, en perspectiva histórica, ubican a la administración en una zona de debilidad política sostenida a mitad de mandato.
Lo más significativo del informe no es solo ese dato, sino la lectura que lo acompaña. Según el propio análisis del estudio, no se trata de una caída abrupta respecto de meses anteriores, sino de una tendencia que se consolida. Es decir: el problema no es un mal momento, sino una dificultad persistente para reconstruir legitimidad social.
Ese deterioro se vuelve más evidente cuando se observa el clima general. El 71,2% de los encuestados afirma que hace falta un cambio de gobierno en la Argentina, un número que en otros contextos políticos sería leído como el inicio de un recambio inevitable. Pero el dato tiene una complejidad adicional: esa demanda de cambio no está acompañada por una oferta política claramente consolidada, lo que genera un escenario de incertidumbre donde el rechazo al oficialismo no se traduce automáticamente en una alternativa dominante.
En ese terreno aparece Axel Kicillof como el dirigente mejor posicionado. Con un 44,1% de intención de voto, no solo lidera el escenario electoral, sino que lo hace con una característica clave: es quien presenta el menor nivel de rechazo entre los principales candidatos, lo que le permite ampliar su techo en un contexto donde la negatividad define más que la adhesión.
El resto del tablero político muestra más fragmentación que competencia clara. Sergio Massa se ubica en torno al 34,6%, mientras que figuras asociadas al oficialismo como Patricia Bullrich (32,4%) y Victoria Villarruel (31,7%) aparecen en una franja similar, pero con niveles de rechazo más altos, lo que limita su capacidad de crecimiento. En ese mismo pelotón, el propio Milei queda rezagado con 31,4% de intención de voto y un dato que sintetiza su problema político actual: un 57,2% asegura que no lo votaría bajo ninguna circunstancia.
Sin embargo, el informe permite ver algo más profundo que una simple foto electoral.
Uno de los datos más relevantes es la brecha de género. Mientras que entre los hombres la aprobación del gobierno ronda el 38,5%, entre las mujeres cae al 30,1%, con niveles de desaprobación que llegan al 69,5%. No se trata de una diferencia menor ni circunstancial, sino de una fractura estructural en uno de los segmentos más sensibles del electorado, que cualquier estrategia oficialista debería abordar si pretende recuperar competitividad.
A esto se suma otro indicador que empieza a encender alertas dentro del propio espacio libertario: el 40,1% de quienes votaron a Milei en el ballotage reconoce sentirse defraudado por su gestión. Ese dato no implica necesariamente una migración automática hacia otras fuerzas políticas, pero sí marca una pérdida de consistencia en la base electoral que sostuvo su llegada al poder.
El deterioro también alcanza al entorno político del Gobierno. Figuras como Manuel Adorni o Karina Milei presentan niveles de imagen negativa superiores al 65%, lo que indica que el desgaste no se limita a la figura presidencial, sino que atraviesa al conjunto del armado oficialista.
En paralelo, el estudio muestra que, en términos de intención de voto por espacio político, el peronismo (bajo distintas denominaciones) se ubica en torno al 28%, mientras que La Libertad Avanza cae al 22%, con un porcentaje significativo de indecisos que todavía no define su posición. Ese volumen de indecisión es clave: indica que el escenario sigue abierto, pero también que el oficialismo ya no domina la agenda ni el sentido político.
El diagnóstico que surge del informe es incómodo para el Gobierno.
No porque pierda una elección hipotética.
Sino porque empieza a perder algo más difícil de recuperar: la iniciativa.
El propio documento lo sintetiza con claridad: la Argentina actual es una sociedad que sabe con mucha más precisión lo que no quiere que lo que quiere. Y en ese vacío de representación, la política entra en una zona de transición donde nadie tiene garantizado el futuro, pero algunos empiezan a perder el presente.
Ahí está el punto crítico.
Porque cuando el malestar se vuelve mayoría, la discusión deja de ser económica.
Y pasa a ser política.
Y cuando eso ocurre, los números dejan de ser una advertencia.
Empiezan a ser un pronóstico.



























