El 29 de enero, el presidente de la potencia más armada del planeta firmó un decreto donde declara a una isla caribeña sin ejército ni recursos estratégicos como «amenaza inusual y extraordinaria» para su seguridad. Detrás de la farsa: el objetivo de rendir por asfixia a la Revolución Cubana. Mientras el mundo mira, México, Rusia y una flotilla internacional desafían el cerco.
Hay que decirlo con todas las letras: lo que Donald Trump está haciendo contra Cuba no es política exterior. Es terrorismo de Estado con firma y sello.
El 29 de enero, el mandatario estadounidense firmó una orden ejecutiva donde califica a la pequeña isla caribeña como «amenaza inusual y extraordinaria» para la seguridad de Estados Unidos. La misma Casa Blanca que tiene 800 bases militares en el mundo, que gasta más que los siguientes diez países juntos en armamento, que tiene el historial de invasiones, golpes y asesinatos más extenso del continente, se siente «amenazada» por un país que no tiene portaaviones, ni misiles intercontinentales, ni ejército que pueda cruzar sus propias fronteras.
Si no fuera criminal, sería una broma de mal gusto. Pero no lo es. Detrás de ese papel firmado hay consecuencias concretas: hospitales que se quedan sin anestesia, escuelas que cierran por falta de luz, madres que no encuentran leche para sus hijos, ancianos que mueren por no tener medicamentos.
El objetivo del decreto es estrangular a Cuba. Cortarle el petróleo. Dejarla sin combustible para mover su economía, sin energía para sostener su vida cotidiana, sin insumos para mantener su sistema de salud. Todo con una lógica perversa: si no podemos derrotar a la Revolución por las armas —y vaya que lo intentaron 638 veces contra Fidel Castro—, la derrotaremos por hambre.
La nueva fase del matonismo imperial
Lo que estamos viendo no es una continuidad del bloqueo histórico. Es una escalada. Una decisión consciente de llevar la asfixia al límite. La Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU. lo dice sin vueltas: América Latina es su patio trasero, sus recursos son exclusivos, sus decisiones políticas no pueden contradecir a Washington. Y Cuba es el símbolo de que eso no es cierto. Cuba es la prueba viva de que se puede resistir, de que se puede tener soberanía, de que se puede ser digno a 90 millas de la primera potencia mundial.
El analista español Manolo Monereo lo explica sin eufemismos: «EE.UU. ha decretado para América Latina un estado de excepción. Quiere el uso exclusivo de nuestras riquezas, de nuestros recursos estratégicos, de nuestras decisiones políticas. Por eso quiere liquidar a Cuba. Porque Cuba es el ejemplo de que otro mundo es posible».
Y ese ejemplo no es abstracto. Las brigadas médicas cubanas estuvieron en África combatiendo el ébola cuando el mundo dio la espalda. El método «Yo sí puedo» alfabetizó a más de 10 millones de personas en el siglo XXI. Médicos cubanos formaron a generaciones enteras de profesionales en Brasil, en Venezuela, en decenas de países. Dilma Rousseff lo recordó esta semana: «Si Brasil hoy tiene atención primaria de salud, se lo debemos a Cuba».
Eso es lo que Trump quiere destruir. No un gobierno. Un ejemplo.
El cerco y los cómplices
El decreto del 29 de enero amenaza con aranceles a cualquier país que le venda petróleo a Cuba. El efecto fue inmediato: México, uno de los principales proveedores, tuvo que reconsiderar sus envíos. La población cubana ya sufre las consecuencias: apagones de hasta 20 horas diarias, vuelos internacionales suspendidos, hoteles cerrados en Varadero y los cayos, cadenas hoteleras españolas y canadienses paralizadas.
Mientras tanto, el gobierno argentino —obediente a los dictados de la Casa Blanca— mira para otro lado. No hay condena oficial, no hay gesto de solidaridad, no hay un barco con comida. Hay silencio. Y el silencio, en estos casos, tiene nombre: complicidad.
Pero no todos callan.
Los que rompen el cerco
México, con Claudia Sheinbaum al frente, ya envió dos buques con cientos de toneladas de leche, alimentos y artículos de primera necesidad. Rusia anunció que suministrará petróleo «en calidad de ayuda humanitaria». China, Venezuela, Brasil, la Liga Árabe, el G77, el ALBA-TCP y el Papa León XIV expresaron su solidaridad y rechazo a las medidas unilaterales.
Y está la Flotilla Nuestra América. Una coalición internacional de movimientos sociales, sindicatos y organizaciones humanitarias que zarpará en marzo hacia Cuba, imitando las misiones que intentaron romper el cerco sobre Gaza. Llevarán alimentos, medicinas, insumos esenciales. Y llevarán también un mensaje: la solidaridad cruza fronteras, aunque el imperio ponga balas en el medio.
Jeremy Corbyn, parlamentario británico, lo dijo claro: «El bloqueo estadounidense ha intentado durante seis décadas asfixiar el ejemplo de Cuba. Exigimos el derecho de cada nación a vivir, desarrollarse y decidir su propio destino, libre de intimidación».
Lo que viene
Trump necesita resultados. Enfrenta elecciones legislativas con pronóstico adverso, su base MAGA está fracturada, el tiempo se le acaba. La comunidad cubanoamericana en Florida es un voto clave y el odio a Cuba es moneda de cambio en esa plaza. Por eso aprieta. Por eso no da tregua.
Pero el escritor cubano Enrique Ubieta Gómez lo advierte: «Trump no busca excusas. Quiere que todos sepan que actúa según su moral. Rompe abiertamente con las reglas internacionales y con las instituciones que las representan. Cuba es un símbolo, y los símbolos, para el imperio, son peligrosos».
El problema es que los símbolos también resisten. Y Cuba lleva 66 años haciéndolo.
NO ES BLOQUEO: ES GUERRA ECONÓMICA CON RIESGO DE GENOCIDIO. NO ES POLÍTICA EXTERIOR: ES TERRORISMO DE ESTADO.
México envía barcos. Rusia promete petróleo. La Flotilla Nuestra América se prepara para zarpar. La comunidad internacional condena. Y Cuba resiste.
La pregunta es: ¿del lado de quién vas a estar cuando la historia pase factura?



























