Karina Milei quiere a Martín Menem como jefe de Gabinete, pero el riojano resiste y mueve fichas para instalar a Luis Petri. El desgaste de Adorni aceleró la interna libertaria y abrió una pelea silenciosa por el control político del Gobierno. En la Casa Rosada ya nadie discute si habrá cambios: discuten quién sobrevive.
La crisis alrededor de Manuel Adorni ya dejó de ser un rumor incómodo en los pasillos de la Casa Rosada para transformarse en una disputa abierta por su sucesión. Y como suele pasar en los gobiernos que empiezan a perder estabilidad, el problema ya no es solamente quién cae, sino quién está dispuesto a ocupar el lugar del que cae.
En ese tablero apareció un dato que incomoda al círculo más cercano de Karina Milei: Martín Menem no quiere ser jefe de Gabinete.
No es una diferencia menor.

Porque mientras Karina lo imagina mudándose a Balcarce 50 para recuperar control político en un gobierno cada vez más expuesto, el riojano mira el cargo como una trampa. Una “picadora de carne”, según admiten en privado dirigentes libertarios que hablan con él. El razonamiento es brutal pero lógico: Adorni todavía no cayó y ya aparece políticamente destruido. ¿Por qué alguien con proyección propia querría ocupar ese lugar ahora?
La resistencia de Menem no es frontal.
Es más sofisticada.
No dice que no.
Pero empezó a mover piezas para que el elegido sea otro: Luis Petri.
El nombre del mendocino empezó a circular con fuerza dentro del oficialismo después de que el escándalo por las refacciones millonarias en la casa de Adorni terminara de deteriorar su situación interna. La declaración del contratista que habló de pagos por 245 mil dólares en efectivo no solo complicó judicialmente al jefe de Gabinete: rompió algo más delicado, la percepción de blindaje político.
Y ahí comenzó la danza de reemplazos.
Según trascendió, Karina Milei se trasladó personalmente a la Cámara de Diputados para sondear a Menem sobre un eventual desembarco en la Jefatura de Gabinete. El movimiento mostró dos cosas: primero, que el oficialismo ya trabaja sobre la hipótesis concreta de una salida de Adorni; segundo, que Karina quiere asegurarse el control político del cargo más sensible después de la Presidencia.
Pero el problema es que Menem no parece dispuesto a inmolarse.
De hecho, dentro de La Libertad Avanza interpretan que las entrevistas y apariciones públicas que empezó a multiplicar en los últimos días tienen un objetivo defensivo: fortalecer su perfil en Diputados y mostrar que su lugar natural sigue estando en el Congreso. Otros, más maliciosos, creen que también intentó despegarse preventivamente del derrumbe de Adorni.
En paralelo, el riojano empezó a instalar discretamente el nombre de Petri.
No por casualidad.
Petri tiene algo que hoy cotiza alto en el ecosistema Milei: buena relación personal con el Presidente. Durante su paso por el Ministerio de Defensa construyó un vínculo fluido con Javier Milei, que lo considera un dirigente más sólido políticamente que varios integrantes del núcleo libertario duro. En ese esquema, el Presidente vería con mejores ojos a Petri como eventual reemplazo.
Pero ahí aparece otra vez Karina.
Y el problema no es técnico.
Es de poder.
La secretaria general no termina de considerar a Petri como alguien “propio”, algo que en el universo libertario pesa tanto como cualquier capacidad de gestión. Karina entiende la política desde la lógica de control absoluto del círculo de confianza y prefiere resignar espacios institucionales antes que entregar poder real a dirigentes que no responden directamente a ella.
Por eso insiste con Menem.
Aunque Menem quiera escapar.
La tensión expone algo más profundo que una simple discusión de nombres. Expone la fractura silenciosa que atraviesa al oficialismo desde hace meses: Milei confía en dirigentes con mayor volumen político o técnico; Karina prioriza lealtad absoluta. Y cuando esas dos lógicas chocan, suele imponerse ella.
Ya pasó con el Ministerio de Justicia.
Y ahora vuelve a pasar con la Jefatura de Gabinete.
Mientras tanto, Adorni intenta sobrevivir políticamente. Milei volvió a mostrarse con él públicamente este martes, en un gesto clásico de respaldo presidencial que, en política argentina, muchas veces funciona más como certificado de fragilidad que como garantía de continuidad.
Porque en la Casa Rosada ya nadie discute si el Gobierno atraviesa una crisis.
La discusión real es otra.
Quién queda pegado cuando explote.
Y quién logra correrse antes.



























