Tercera oferta salarial rechazada por la UEPC y paro docente de 72 horas en Córdoba desde el miércoles, con movilización incluida. La propuesta incluía subas, bonos, Fonid provincializado y cambios previsionales, pero no convenció a las bases. Con recaudación en caída (-11%) y conflicto estatal en expansión, la negociación entró en punto muerto, como CONAN.
Hay algo profundamente argentino en insistir tres veces con la misma lógica esperando un resultado distinto, como si la realidad fuera una app que se reinicia sola después del tercer intento, y Córdoba acaba de dar una clase magistral —sin docentes, claro— de cómo funciona ese mecanismo cuando se lo lleva al límite: el gobierno de Martín Llaryora presentó su tercera oferta salarial en lo que va del año, la envolvió con mejoras, bonos, promesas previsionales y cobertura de fondos caídos, la dejó reposar en la Casa de Gobierno con expectativa de aceptación, la trasladó a la conducción sindical con un primer gesto de optimismo medido, y en cuestión de horas el circuito real —escuelas, asambleas, base docente— hizo lo que el Excel no puede hacer: decir que no, pero no un no tímido ni negociable, un no en cadena que se transformó en paro de 72 horas con movilización incluida, tres días sin clases que no son una anécdota sino una señal de que la negociación dejó de ser un ida y vuelta y pasó a ser un loop.
Porque la oferta, en términos técnicos, no era menor, o al menos no era vacía: incluía la cobertura del Fonid que la Nación dejó de pagar en diciembre de 2023, con un incremento superior al 90% a lo largo del año, sumaba dos bonos remunerativos a partir de abril, prometía eliminar el diferimiento jubilatorio para casi el 80% de los pasivos docentes y corregía parcialmente uno de los puntos más sensibles al quitar la cláusula gatillo atada al IPC sujeto a recaudación, una condición que en la práctica convertía el salario en una variable dependiente de la caja provincial, es decir, si la recaudación caía —y viene cayendo— el aumento también, un mecanismo elegante para que el ajuste no se vea como ajuste sino como “restricción técnica”.
Sin embargo, cuando esa oferta salió del despacho y entró al aula, se encontró con otra lógica, la que no responde a porcentajes sino a experiencia acumulada, porque el docente no evalúa la propuesta como un funcionario sino como alguien que viene perdiendo contra la inflación hace años, que mide el salario en poder de compra y no en enunciados, y que sabe que un bono no reemplaza un aumento estructural ni una promesa previsional compensa el presente, entonces la ecuación que se arma en la base es mucho más simple y mucho más cruel que cualquier presentación oficial: Ingreso real esperado = aumento efectivo en blanco − inflación proyectada − pérdidas acumuladas − descuentos previos, y cuando ese resultado no da positivo, el rechazo no es ideológico, es aritmético.
Por eso el recorrido del rechazo no fue un accidente sino un proceso, primero en las escuelas donde la discusión no pasa por la narrativa sino por la heladera, después en las asambleas departamentales donde la bronca se organiza, y finalmente en la asamblea provincial donde la conducción no tiene más remedio que traducir lo que ya está definido abajo, y ahí se termina el margen para el optimismo sindical que algunos quisieron instalar después de la reunión en El Panal, porque cuando la base se mueve, la conducción acompaña o queda desbordada, no hay mucho misterio en eso aunque desde el poder lo quieran leer como un problema de liderazgo.
Del lado del gobierno, en cambio, la lectura parece otra, porque hay enojo con el secretario general de la UEPC, Roberto Cristalli, a quien le reprochan falta de conducción y manejo del conflicto, como si el problema fuera la capacidad de ordenar a los docentes y no la incapacidad de convencerlos, como si el conflicto fuera un error de intermediación y no una consecuencia directa de la propuesta, y en paralelo aparece la explicación política clásica, la influencia de los sectores más combativos —particularmente en la capital cordobesa donde la izquierda tiene peso— que habrían empujado el rechazo, una hipótesis cómoda porque permite trasladar la responsabilidad hacia la radicalización ajena y no hacia la insuficiencia propia.
Pero la realidad vuelve a imponerse con la terquedad de siempre, porque el conflicto docente no ocurre en el vacío sino en un contexto más amplio donde la recaudación provincial cayó un 11% producto de la recesión, donde los estatales ya están en la calle por la reforma jubilatoria y la situación de la Caja, y donde cada negociación salarial no es sólo un acuerdo puntual sino un mensaje para el resto del sector público, entonces lo que está en juego no es sólo cuánto se le paga a los docentes sino cómo se ordena un esquema salarial completo en un escenario de recursos a la baja, y ahí es donde la política empieza a caminar en círculos, porque necesita cerrar números sin abrir conflictos, pero cada intento de cerrar números abre un conflicto nuevo.
En ese marco, el paro de 72 horas no es un exceso sino una consecuencia lógica, una forma de forzar una negociación que en términos formales ya tuvo tres intentos fallidos, una manera de decir que la oferta no sólo no alcanza sino que no logra generar confianza, y la movilización en la primera jornada no es un gesto simbólico sino una demostración de fuerza que busca modificar la relación de poder en la discusión, porque cuando la mesa no alcanza, la calle aparece como extensión inevitable.
Y entonces Córdoba entra en ese estado tan conocido donde el sistema educativo se detiene mientras la política intenta explicarlo, donde los funcionarios hablan de esfuerzo fiscal y los docentes de salario real, donde el gobierno mide lo que ofrece y el gremio mide lo que falta, donde cada parte tiene su propia matemática y ninguna coincide con la otra, y en el medio quedan las escuelas vacías, los alumnos sin clases y una sociedad que asiste a otro capítulo de un conflicto que no es nuevo pero tampoco encuentra salida.
Porque al final del día, más allá de las internas, las conducciones, las influencias ideológicas y las explicaciones cruzadas, el problema sigue siendo el mismo de siempre, uno que no se resuelve con una tercera oferta ni con una cuarta si viene en la misma lógica, uno que no entra en el discurso oficial pero aparece en cada asamblea: cuando el salario no alcanza, no hay narrativa que lo sostenga, y cuando la realidad no cierra, la negociación tampoco.
Y ahí, en ese punto exacto donde el Excel del gobierno se encuentra con la cuenta del docente, es donde se entiende todo sin necesidad de demasiadas vueltas.




























