Henri B. Kagan y Kenso Soai fueron distinguidos este miércoles con el Premio Nobel de Química 2026 por demostrar cómo una mínima asimetría molecular puede amplificarse hasta favorecer una sola orientación. Sus hallazgos ayudaron a resolver un misterio de más de un siglo sobre la química de la vida y aportaron herramientas fundamentales para la fabricación de medicamentos.
Mire sus manos. La derecha y la izquierda tienen los mismos componentes y parecen, a primera vista, idénticas. Pero si intenta colocar una exactamente sobre la otra descubrirá que no encajan: son imágenes especulares. Algo semejante ocurre con numerosas moléculas. Pueden existir en dos versiones químicamente relacionadas que se reflejan una a otra como nuestras manos y que, sin embargo, no son intercambiables.
Hasta ahí podría parecer una curiosidad reservada a los laboratorios. El problema comienza cuando interviene la vida.
Aunque la química permite esas dos orientaciones, los organismos vivos muestran una extraordinaria preferencia por determinadas configuraciones moleculares. Esa característica se conoce como homoquiralidad —“quiral” deriva del griego cheir, mano— y durante más de un siglo dejó abierta una de las grandes preguntas de la química: si las dos formas pueden existir, ¿cómo pudo surgir una preferencia tan marcada por una de ellas?.
Los trabajos que permitieron avanzar decisivamente sobre ese rompecabezas fueron reconocidos este miércoles 7 de octubre por la Real Academia Sueca de Ciencias con el Premio Nobel de Química 2026, concedido al francés Henri B. Kagan, de 95 años, y al japonés Kenso Soai, de 76. Ambos compartirán los 12 millones de coronas suecas correspondientes al galardón.
No descubrieron juntos una única reacción ni trabajaron necesariamente sobre el mismo experimento. Sus investigaciones, realizadas en momentos diferentes, revelaron dos mecanismos fundamentales mediante los cuales una pequeña desigualdad entre moléculas especulares puede dejar de ser pequeña y terminar dominando una reacción.
Y esa diferencia microscópica tiene consecuencias enormes.
Dos moléculas iguales que no son iguales
Para comprender el Nobel primero hay que detenerse en la quiralidad.
Una molécula es quiral cuando su estructura y su imagen reflejada no pueden superponerse perfectamente. Las dos formas reciben el nombre de enantiómeros. La analogía clásica son precisamente las manos: una derecha y una izquierda tienen dedos equivalentes y la misma organización general, pero ninguna rotación permite convertir perfectamente una en la otra.
La naturaleza está llena de estas estructuras. Y el problema se vuelve especialmente importante porque los organismos también están construidos con moléculas tridimensionales capaces de distinguir entre una orientación y otra.
Por eso dos versiones especulares de una sustancia pueden interactuar de manera diferente con el organismo. Una puede producir el efecto buscado mientras su enantiómero puede actuar de otra manera. Esa es una de las razones por las que controlar la orientación molecular resulta crucial en el diseño y fabricación de determinados medicamentos.
El interrogante es todavía más profundo cuando se observa la vida en conjunto. En principio, un proceso químico que produce moléculas quirales sin ninguna influencia asimétrica podría generar ambas orientaciones en proporciones semejantes. Sin embargo, los sistemas biológicos presentan una marcada homoquiralidad.
La pregunta inevitable fue entonces: ¿cómo se pasa de una pequeña diferencia inicial a un mundo molecular dominado por una orientación?
Kagan: cuando una diferencia diminuta deja de ser diminuta
Durante la década de 1980, Henri B. Kagan realizó experimentos que mostraron que la relación entre la composición quiral de un catalizador y la del producto obtenido no tenía necesariamente que comportarse de manera proporcional.
Descubrió lo que se conoce como efectos no lineales en catálisis asimétrica.
Dicho de una manera mucho menos intimidante: imaginemos una reacción en la que existen dos orientaciones posibles. Podría suponerse que una pequeña ventaja inicial de una de ellas produciría una ventaja igualmente pequeña en el resultado final.
Los experimentos de Kagan demostraron que no siempre funciona así.
Bajo determinadas condiciones, una diferencia inicialmente diminuta puede amplificarse. Una orientación molecular empieza con una pequeña ventaja y la propia dinámica química puede hacer que termine mucho más representada de lo que aquella diferencia inicial permitiría imaginar. Nature resume el aporte señalando que Kagan demostró experimentalmente durante los años ochenta cómo una pequeña asimetría podía amplificarse dentro de una reacción.
Era una pieza fundamental del rompecabezas.
Porque entonces comenzaba a resultar químicamente plausible imaginar que la enorme asimetría observada en la vida no necesitara haber empezado siendo enorme.
Podía haber comenzado siendo minúscula.
Soai y una reacción extraordinaria
Kenso Soai aportaría posteriormente otra pieza decisiva.
En 1995 presentó la que terminaría siendo conocida como reacción de Soai, considerada un ejemplo excepcional de autocatálisis asimétrica. En términos sencillos, el producto generado durante la reacción puede actuar a su vez como catalizador y favorecer la producción de más moléculas con su propia quiralidad.
Es una especie de efecto multiplicador molecular.
Supongamos que al comienzo existe una diferencia minúscula entre las dos orientaciones. Una posee apenas una ventaja sobre la otra. En la reacción de Soai, esa pequeña ventaja puede reforzarse porque el producto contribuye a producir más producto semejante a sí mismo.
El sistema amplifica así la asimetría.
La relevancia histórica del experimento radicó precisamente en demostrar que la autocatálisis asimétrica podía generar y amplificar un exceso de una de las formas moleculares. Investigaciones posteriores han convertido la reacción de Soai en un modelo fundamental para estudiar la ruptura espontánea de simetría y los posibles mecanismos químicos capaces de conducir hacia la homoquiralidad.
Si el aporte de Kagan había demostrado que una pequeña diferencia podía producir un resultado desproporcionadamente grande, Soai mostró experimentalmente un mecanismo mediante el cual una molécula podía participar en la reproducción de su propia preferencia quiral.
Las dos investigaciones terminaron convergiendo sobre una pregunta mucho mayor que cualquiera de sus matraces.
¿Cómo puede la química elegir un lado?
Un misterio que comenzó mucho antes del Nobel
La pregunta no nació en el siglo XXI. Sus raíces se remontan al trabajo de Louis Pasteur en el siglo XIX.
Estudiando ácido tartárico, Pasteur observó que determinadas sustancias podían existir en formas especulares y que los organismos eran capaces de diferenciarlas. Aquellos experimentos fueron fundamentales para establecer la relación entre estructura molecular, asimetría y procesos biológicos.
Pero reconocer que la vida distingue entre ambas orientaciones no resolvía el problema de fondo.
¿Por qué la vida terminó organizada de esa manera?
Más de un siglo después, el Nobel reconoce a Kagan y Soai porque sus trabajos proporcionaron mecanismos químicos concretos capaces de explicar cómo una asimetría inicialmente muy pequeña puede amplificarse hasta producir una fuerte preferencia molecular.
“Henri Kagan y Kenso Soai han proporcionado una solución a un misterio químico de más de un siglo: cómo la homoquiralidad puede surgir espontáneamente”, resumió Heiner Linke, presidente del Comité Nobel de Química.
Eso no significa que el Nobel haya establecido definitivamente cómo apareció la homoquiralidad en el origen de la vida en la Tierra. La cuestión del origen exacto de esa preferencia biológica continúa siendo objeto de investigación. Lo que los trabajos premiados proporcionaron fueron mecanismos experimentales poderosos que muestran cómo esa ruptura de simetría puede ocurrir y amplificarse.
La diferencia es importante: Kagan y Soai no encontraron una fotografía química del instante en que nació la vida. Ayudaron a demostrar que uno de sus rasgos más extraordinarios puede surgir mediante procesos químicos comprensibles.
Por qué esto importa para los medicamentos
El Nobel tampoco recompensa únicamente una respuesta elegante a una pregunta teórica.
Controlar qué versión de una molécula se obtiene puede resultar decisivo en química farmacéutica. Cuando una molécula interactúa con receptores, enzimas y otras estructuras biológicas tridimensionales, su orientación puede modificar esa interacción. Una forma puede generar el efecto deseado mientras otra puede comportarse de manera diferente.
Peter Somfai, integrante del Comité Nobel de Química, lo explicó al anunciar el premio: las versiones izquierda y derecha de una molécula pueden tener efectos diferentes y, por esa razón, los químicos necesitan métodos capaces de prepararlas selectivamente. Los descubrimientos reconocidos este año proporcionaron herramientas importantes para conseguirlo.
La síntesis asimétrica busca precisamente eso: favorecer la producción de la configuración molecular que se necesita en lugar de obtener indiscriminadamente ambas.
De allí que los trabajos de Kagan y Soai hayan trascendido el problema de la homoquiralidad y contribuido al desarrollo de estrategias utilizadas por los químicos para controlar reacciones destinadas, entre otras aplicaciones, a la producción farmacéutica.
La química deja entonces de ser una representación abstracta de bolitas y enlaces. La orientación espacial de una molécula puede determinar cómo interactúa con un cuerpo humano.
Dos científicos, décadas de distancia y un Nobel compartido
Kagan llega al Nobel a los 95 años, después de una trayectoria que llevaba décadas siendo considerada fundamental dentro de la síntesis asimétrica. Reuters recuerda incluso que su exclusión del Nobel de Química de 2001 —concedido a William Knowles, Ryoji Noyori y Barry Sharpless por trabajos sobre catálisis quiral— había provocado entonces cuestionamientos desde Francia. Veinticinco años después, la Academia Sueca reconoció específicamente sus investigaciones sobre los efectos no lineales.
Soai recibió la noticia a los 76 años mientras estaba de compras cerca de su casa. “Este es uno de los días más emocionantes de mi vida”, declaró por teléfono durante el anuncio del Nobel.
Los dos científicos recibirán formalmente el galardón el próximo 10 de diciembre en Estocolmo, aniversario de la muerte de Alfred Nobel, y compartirán los 12 millones de coronas suecas del premio.
Pero detrás de la ceremonia, la medalla y los millones queda una historia científica que comenzó mucho antes que ellos y probablemente continuará mucho después.
La vida frente al espejo
Volvamos entonces a las manos.
Derecha e izquierda. Dos estructuras prácticamente idénticas. Dos posibilidades igualmente concebibles frente a un espejo. Sin embargo, cuando la química se convierte en biología, esa simetría puede desaparecer.
Durante décadas, comprender cómo podía ocurrir semejante selección parecía exigir explicar de dónde había salido una enorme diferencia inicial. Los trabajos de Kagan y Soai ayudaron a cambiar la pregunta: quizás no hacía falta comenzar con una diferencia enorme.
Una desviación diminuta puede amplificarse. Un producto puede favorecer la formación de más moléculas con su misma orientación. La simetría puede romperse y, una vez rota, la química puede reforzar la diferencia.
Por eso el Nobel de Química 2026 no premia solamente dos técnicas sofisticadas de laboratorio. Reconoce dos descubrimientos que permitieron acercarse experimentalmente a una pregunta elemental y gigantesca a la vez: por qué, frente a dos imágenes posibles en el espejo molecular, la vida terminó construyéndose con una preferencia por una de ellas.
Kagan y Soai demostraron que la química posee mecanismos capaces de transformar una diferencia casi imperceptible en una asimetría dominante.
Y algunas veces, para comprender algo tan enorme como la arquitectura molecular de la vida, basta con empezar mirando nuestras propias manos.



























