La muerte de Enerolisa Núñez, histórica guardiana de la salve y figura clave de la tradición de atabales en Villa Mella, República Dominicana, desató un profundo debate cultural: mientras comunidades y artistas despedían a la llamada Reina de la Salve como símbolo de la memoria afrodominicana, el Ayuntamiento de Santo Domingo Norte evitó declarar duelo municipal, dejando al descubierto la tensión entre la riqueza de la cultura popular y el reconocimiento —a menudo tardío o inexistente— de las instituciones.
No todas las muertes se miden por el ruido mediático que provocan; algunas se revelan en el silencio incómodo que dejan a su paso. La de Enerolisa Núñez, ocurrida a finales de febrero de 2026 en la República Dominicana, expuso precisamente esa grieta: mientras comunidades enteras despedían a la histórica guardiana de la salve y los atabales de Villa Mella como un pilar de la memoria afrodominicana, la reacción institucional del poder local fue, en el mejor de los casos, tibia, dejando al descubierto la distancia persistente entre la cultura popular y el reconocimiento oficial.
Enerolisa no fue una cantante más. Fue la Reina de la Salve, una de las voces más poderosas de los atabales de Villa Mella, tradición espiritual y musical profundamente vinculada a la memoria africana del Caribe. Durante décadas, su canto acompañó rituales religiosos, celebraciones comunitarias y manifestaciones culturales que sobrevivieron a siglos de racismo estructural, marginalización social y desprecio elitista hacia las expresiones culturales negras.
La salve —con sus tambores, cantos devocionales y raíces afrocaribeñas— no es una curiosidad folklórica para turistas. Es una práctica religiosa y musical que conecta a generaciones enteras con la memoria africana de la isla. Villa Mella, donde esta tradición se mantiene viva, ha sido reconocida internacionalmente por su riqueza cultural y por el valor histórico de los atabales como expresión viva del legado afrodominicano.
Por eso la reacción popular tras la muerte de Enerolisa fue inmediata. Comunidades enteras se movilizaron para despedirla con cantos, tambores y procesiones cargadas de espiritualidad. Fue un funeral que parecía más una ceremonia ancestral que una despedida convencional: la música que ella sostuvo durante décadas acompañando su último viaje.
Pero mientras el pueblo despedía a una de sus guardianas culturales, el Ayuntamiento de Santo Domingo Norte —municipio al que pertenece Villa Mella— permanecía en un silencio incómodo.
A varios días del sepelio, el gobierno municipal no había declarado tres días de duelo municipal, un gesto institucional habitual cuando mueren figuras consideradas relevantes para la historia cultural de una comunidad. La ausencia del homenaje generó críticas inmediatas entre artistas, activistas culturales y dirigentes comunitarios.
Entre quienes alzaron la voz estuvo Loren Girón Villa, expresidente del Concejo de Regidores, quien denunció la negativa de convocar una sesión de urgencia para rendir homenaje formal a la artista. Según explicó, el reclamo no era un simple formalismo administrativo, sino una discusión más profunda sobre qué expresiones culturales son realmente valoradas por el poder local.
Enerolisa —recordó Girón— no fue solo una intérprete: fue embajadora de una tradición afrodominicana que sobrevivió a siglos de invisibilización.
Y ahí aparece la grieta.
Porque la historia cultural latinoamericana está llena de contradicciones. Las culturas afrodescendientes suelen ser celebradas como espectáculo —en festivales, en turismo cultural, en discursos institucionales sobre diversidad— pero muchas veces permanecen marginadas cuando se trata de reconocimiento político real, inversión cultural o políticas de preservación.
La cultura afro se aplaude cuando llena plazas, pero incomoda cuando exige reconocimiento.
La escena de estos días en Santo Domingo Norte parece condensar esa paradoja. Mientras la comunidad despedía a Enerolisa con tambores que resonaban como un eco ancestral del Caribe africano, el aparato institucional parecía atrapado en una lógica burocrática donde el reconocimiento cultural se vuelve selectivo.
No se trata solamente de un duelo municipal que nunca llegó.
Se trata de algo más profundo: qué culturas el poder considera dignas de convertirse en memoria oficial.
La salve, los atabales y las tradiciones afrodominicanas han sido durante siglos parte esencial de la identidad del país, aunque esa centralidad rara vez se refleje en las estructuras de poder. En muchos casos, las comunidades afrodescendientes han tenido que preservar sus tradiciones sin apoyo institucional, sosteniendo prácticas culturales con esfuerzo comunitario mientras las instituciones miraban hacia otro lado.
Enerolisa Núñez dedicó su vida a sostener una de esas tradiciones.
No necesitaba un decreto municipal para convertirse en leyenda. Su voz ya pertenece a la memoria espiritual del Caribe.
Pero el silencio institucional que siguió a su muerte deja una pregunta incómoda flotando sobre la política cultural dominicana: si ni siquiera la muerte de la Reina de la Salve alcanza para romper la indiferencia del poder, entonces qué lugar ocupa realmente la cultura afrodominicana en la memoria oficial del país.



























