La multinacional cerró su planta de vegetales deshidratados en Corralitos, Guaymallén. Los trabajadores recibieron indemnizaciones y sumas adicionales, pero Mendoza perdió una industria que procesaba unas 15.000 toneladas de hortalizas por año.
Unilever cerró la histórica planta de vegetales deshidratados que operaba en Corralitos, departamento mendocino de Guaymallén, y desvinculó a sus 60 trabajadores. La fábrica llevaba 62 años en funcionamiento y producía ingredientes destinados principalmente a sopas, caldos y purés de la marca Knorr.
La decisión fue comunicada durante la madrugada del lunes. Según explicó Oscar Aciar, secretario general del Sindicato de Trabajadores de la Industria de la Alimentación de Mendoza, los empleados comenzaron a recibir llamados alrededor de las cinco de la mañana para que no se presentaran en sus puestos.
La compañía no alegó una crisis financiera ni dificultades para pagar las indemnizaciones. Presentó el cierre como parte de una reorganización global destinada a reducir costos, modificar su esquema operativo y “fortalecer la competitividad”.
“La medida forma parte de la evolución del negocio de alimentos y de la transformación permanente del modelo operativo para adaptarse a los cambios que atraviesan los hábitos de consumo y la industria de alimentos a nivel global”, sostuvo Unilever en el comunicado difundido tras el cierre.
Detrás del lenguaje corporativo, el resultado es concreto: una multinacional continuará vendiendo Knorr en la Argentina, pero dejará de producir en Mendoza los vegetales deshidratados que durante décadas alimentaron esa cadena comercial.

Sesenta trabajadores quedaron afuera
Los empleados firmaron acuerdos de desvinculación que contemplan el pago completo de las indemnizaciones legales y una gratificación adicional. La existencia de esos acuerdos evitó un conflicto inmediato dentro de la fábrica, aunque no reduce el impacto laboral de perder 60 puestos industriales directos en una localidad como Corralitos.
“Es una prioridad acompañar con responsabilidad y respeto a las personas alcanzadas por esta decisión”, expresó Unilever. La empresa aseguró que cumplirá todas las obligaciones establecidas por la legislación vigente.
La planta había sido inaugurada en 1964 por Refinerías de Maíz S.A.C.I.F. y pasó a ser operada directamente por Unilever en 2005. Era una instalación singular dentro de la estructura internacional de la compañía y una referencia de la agroindustria mendocina.
Según datos históricos de la fábrica, procesaba doce variedades de hortalizas, entre ellas zanahoria, zapallo, cebolla, ajo, tomate y pimiento. Recibía alrededor de 15.000 toneladas anuales de vegetales frescos y las convertía, mediante siete hornos semicontinuos, en unas 3.200 toneladas de productos deshidratados.
Aproximadamente el 90% de esa producción abastecía al mercado argentino y el resto se exportaba a plantas de Unilever en Brasil, México y Alemania. La fábrica era considerada una de las principales deshidratadoras de vegetales del país.
Knorr sigue, la fábrica no
Unilever aclaró que el cierre no implica su salida de la Argentina ni la desaparición de Knorr de las góndolas.
“La decisión no afecta la continuidad de las operaciones de Unilever en Argentina ni de la marca Knorr, que seguirá desarrollando y comercializando sus productos en el país”, aseguró la multinacional.
La frase confirma la continuidad comercial, pero no explica dónde se producirán los ingredientes que hasta ahora salían de Mendoza. La empresa no informó oficialmente qué plantas reemplazarán a Corralitos ni confirmó que la totalidad de esos insumos vaya a importarse.
Fuentes del sector productivo sostienen que una parte considerable podría comenzar a llegar desde el exterior. La hipótesis resulta consistente con el cierre del único proceso local que los elaboraba, pero debe distinguirse de una confirmación empresarial: hasta el momento, Unilever no detalló públicamente el nuevo circuito de abastecimiento.
Por eso, no está probado que todos los productos Knorr vayan a ser importados ni que la empresa abandone por completo la elaboración nacional. Lo confirmado es que los vegetales deshidratados ya no se procesarán en la planta mendocina.
El golpe también alcanza a los productores
El cierre no afecta únicamente a quienes trabajaban dentro del establecimiento. Durante décadas, productores hortícolas de Mendoza y San Juan adaptaron cultivos, calendarios y prácticas agrícolas a las necesidades industriales de la fábrica.
Fuentes vinculadas con la operación aseguraron que Unilever pagó la totalidad de las cosechas ya comprometidas y que no quedaron contratos pendientes. Sin embargo, el cumplimiento de esas obligaciones resuelve el pasado inmediato, no el futuro de los agricultores que tenían en la planta a uno de sus principales compradores.
Sin la demanda de Corralitos, deberán conseguir nuevos mercados para variedades que fueron cultivadas específicamente para su procesamiento industrial. La empresa garantizó el pago de la producción contratada, pero no informó un esquema de continuidad para los proveedores.
Esta consecuencia expone la diferencia entre cerrar una línea dentro de una planilla corporativa y apagar una fábrica dentro de un territorio. Para una multinacional, la producción puede trasladarse a otra planta o sustituirse mediante proveedores externos. Para la economía local desaparecen salarios, compras de hortalizas, servicios, transporte y conocimientos acumulados durante seis décadas.
Una decisión tomada meses después de una venta global
El futuro de la planta ya había quedado bajo incertidumbre en abril, cuando Unilever acordó vender parte de su negocio internacional de alimentos a McCormick. La operación incluyó marcas como Knorr y alcanzó activos vinculados con esa división, entre ellos la fábrica mendocina, cuyo destino comenzó entonces a ser revisado.
El cierre se inscribe además en un escenario de retracción industrial, caída del consumo y mayor competencia de productos importados. La apertura comercial impulsada por el gobierno de Javier Milei facilita que las grandes empresas sustituyan procesos locales por bienes elaborados en otros mercados cuando consideran que esa opción reduce costos.
Eso no demuestra, por sí solo, que la política de importaciones haya sido la única causa de la decisión de Unilever. La compañía atribuye la medida a una transformación global de su modelo operativo. Pero el contexto argentino vuelve menos costoso cerrar capacidad productiva local y abastecer el mercado mediante una cadena internacional.
Una fábrica menos, la misma marca en la góndola
El cierre de Corralitos muestra una forma silenciosa de desindustrialización. La marca permanece, el producto continúa vendiéndose y la multinacional conserva el mercado. Lo que desaparece es el trabajo argentino necesario para fabricarlo.
Unilever lleva un siglo operando en el país y asegura que mantendrá su presencia. Sin embargo, en Mendoza esa continuidad ya no incluye a los 60 trabajadores desvinculados, a la planta abierta desde 1964 ni al entramado hortícola que creció alrededor de ella.
Knorr seguirá en las góndolas. La diferencia es que, detrás de sus envases, habrá una fábrica mendocina apagada y sesenta familias que dejaron de recibir un salario.


























