Patricia Bullrich tenía lista una sesión por la ley de Biocombustibles, había tanteado aliados y salió a anunciar que el Senado sesionaría. Después aparecieron Toto Caputo, diez radicales y dos senadores de la propia LLA. Patricia aprendió una regla básica del automovilismo libertario: antes de poner primera conviene verificar que Economía no te haya vendido las ruedas.
Patricia Bullrich quiso arrancar el Senado.
Giró la llave.
Nada.
Volvió a intentar.
Nada.
Abrió el capot y encontró a Toto Caputo con una manguerita.
La jefa libertaria en el Senado pretendía llevar este jueves al recinto la nueva ley de Biocombustibles. El martes había hablado con los aliados y salió suficientemente confiada como para comunicar que habría sesión.
Error de principiante:
anunció antes de preguntarle al ministro de Economía si el Congreso seguía habilitado.
Desde el área de Energía que responde a Caputo objetaron cómo había quedado el dictamen, pese a que —según fuentes legislativas citadas por LPO— llevaba meses de trabajo. También habría existido un pedido desde Economía para frenar el tratamiento.
Meses negociando.
Comisiones.
Senadores.
Provincias.
Empresas.
Dictamen.
Y al final descubrieron que faltaba consultar a una institución bastante importante:
Toto.
Pero Caputo no estaba solo.
Los diez senadores de la UCR terminaron unificando su rechazo hasta que se modifique el capítulo referido al biodiésel.
Patricia empezó a contar.
Uno menos.
Dos menos.
Tres menos.
Cuando llegó a diez dejó de contar y empezó a buscar sesiones de coaching.
Entonces ocurrió lo mejor.
Dos senadores de La Libertad Avanza, Bartolomé Abdala e Ivanna Arrascaeta, también se rebelaron porque sostienen que el proyecto perjudica a las pymes del biodiésel instaladas en San Luis.
Bullrich había conseguido una hazaña parlamentaria:
armar la oposición adentro del oficialismo.
Ni Cristina con presupuesto.
Sin los radicales, conseguir quórum ya estaba complicado. Sin Abdala y Arrascaeta, el intento amenazaba directamente con convertirse en papelón. Bullrich terminó bajando la reunión de Labor Parlamentaria.
La sesión pasó de “confirmada” a “vemos”.
Estado civil:
es complicado.
Y detrás de toda esta comedia legislativa aparece un dato bastante menos gracioso.
Empresas medianas del sector advierten que el esquema podría provocar la pérdida de 10.000 puestos de trabajo directos e indirectos.
Diez mil empleos.
Economía tomó nota.
Todavía quedaban diez mil.
Las provincias productoras también jugaron fuerte. Alejandra Vigo, Beatriz Ávila, Flavia Royón y Carolina Moisés intentaron hasta último momento salvar la sesión por el peso que tiene el bioetanol en sus distritos.
No alcanzó.
El federalismo argentino volvió a funcionar perfectamente:
cada provincia defendió lo suyo y Buenos Aires suspendió la reunión.
Lo exquisito es que todo esto sucede dentro de un gobierno que llegó prometiendo terminar con la rosca política.
Y cumplió.
La rosca ahora incluye radicales, libertarios rebeldes, gobernadores, productores de biodiésel, agroexportadoras, Economía y Patricia Bullrich preguntando:
—¿Entonces sesionamos?
—No.
—¿Por qué?
—No están los votos.
—¿Quién los sacó?
—Nosotros.
—¿Quiénes somos nosotros?
—Excelente pregunta.
Bullrich había llegado al Senado con fama de orden.
En pocos meses descubrió una característica fascinante de la Cámara Alta:
los senadores tienen la desagradable costumbre de ser senadores.
Representan provincias.
Negocian.
Se plantan.
Y algunos incluso votan según intereses territoriales aunque compartan bloque con el Gobierno.
Una barbaridad.
Alguien debería desregular eso.
Ahora Patricia deberá renegociar el dictamen hasta conseguir que convivan las demandas de las provincias, las pymes del biodiésel, los radicales, los libertarios puntanos y el Ministerio de Economía.
Después podrá volver a convocar.
Pero esta vez seguramente tomará una precaución elemental.
Antes de anunciar la sesión:
mirar abajo del auto por si están las cuatro ruedas.
Porque el proyecto buscaba ordenar los biocombustibles.
El bioetanol quedó esperando.
El biodiésel quedó discutiéndose.
La sesión quedó suspendida.
Y después de meses de negociación, el único combustible cuya producción está funcionando a pleno es otro: la interna.

























